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Bibi Marín: el éxito profesional y el costo de una paternidad a distancia

Bibi Marín: el éxito profesional y el costo de una paternidad a distancia

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Por: Bibi Marín

Me he dado cuenta, a lo largo de mis años de carrera, que el concepto de paternidad no necesariamente se conjuga bien con una carrera próspera y exitosa. También me he dado cuenta que nada es imposible, por mucho que así se sienta.

Mi familia y Reik (mi otra familia) nacieron casi al mismo tiempo. Tenía casi dos años girando intensamente y despegando un proyecto, que cada vez se veía más prometedor, cuando nació mi hija, Jazz. En chinga me di cuenta que me iba a perder de muchos tesoros que te da el ser padre: presenciar el primer paso que da tu hija, escuchar su primer palabra, celebrar sus cumpleaños, etc. Y de las cotidianidades que al final del día son también -si no es que más- cosas que se quedan grabadas en la memoria para siempre: llevarla a la escuela, ayudar con las tareas, leerle un libro en las noches, ayudarle a vestirse, conocer su estilo de vestir, intentar peinarla para ir a la escuela…

Foto: Daniel Jáuregui

Dicen que al ojo del amo engorda el caballo, y esa expresión aplica perfectamente para las relaciones también. No puedes pretender ser padre si nunca estás, y simplemente un día aparecerte y pensar que vas a participar en las actividades cotidianas con toda naturalidad. Incluso en cosas como la autoridad y la disciplina que se enseña a los hijos, no puedes llegar de la nada y empezar a dar órdenes y molestarte cuando no eres tomado en serio.
Hemos pasado, Kalinda y yo, cientos y cientos de horas al teléfono con la intención de hablar con y de mis hijos, y se me rompe el corazón cuando no funciona. A veces están dormidos, ocupados, de malas, o simplemente no es buen momento. Luego están las veces que los niños se enferman o se lastiman y entonces una angustia y una culpa empiezan a crecer dentro que terminan siendo del tamaño del mundo.

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Foto: Daniel Jáuregui

Ahora la parte positiva, por supuesto. El simple hecho de dedicarme a lo que me dedico les ha podido dar, a mi hija Jazz y a mi hijo Emil, experiencias únicas. Amo cuando de repente nos prendemos y nos organizamos una mini vacación alrededor de alguna gira o de algún show en algún lugar cool. Todos la pasamos cabrón. A veces incluso hemos hecho viajes para ir toda una bola de amigos a algún show de Reik en el Auditorio Nacional. Me pongo a pensar, qué tan cool o qué tan de oso sería ver a tu papá en el escenario cuando están tus amigos al lado. Luego hasta me da pena que me vean los niños tocar y cantar, pero luego se me quita cuando pienso que estas son el tipo de experiencias que no mucha gente puede presumir tener.

Foto: Daniel Jáuregui

Ahora, en tiempos de confinamiento, he vivido justo la vida que muchas veces decía que sería ideal vivir: estar siempre en casa y trabajar solo cuando sienta que lo necesito. Hasta ahorita no he sentido que lo necesito, jajajaja. Supongo que han sido demasiados años de no estar en casa y no sentirme del todo parte de mi propia familia. Mis hijos ahora tienen 13 y 9 años de edad, y no quiero perderme nada más. Algo para lo que definitivamente sirvió esta pandemia fue para reafirmar lo que ya sabía: no se me puede ir la vida trabajando, no quiero vivir para trabajar. Con todo y que amo con todo mi ser mi trabajo, amo más a mis hijos.

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