Hacer pasar por simple lo complejo y lo complejo por simple: El gran negocio de la moda
En el principio se trataba de ser: somos lo que vestimos, apuntando hacia la identidad expresada mediante la indumentaria. Género y clase, ocupación y posición, todo revelado al primer vistazo por el atuendo.

Hasta que las dinámicas sociales dieron un vuelco y cambió el verbo, de ser a tener: tenemos, luego somos, la lógica del capitalismo. Y ahí seguíamos, dopados en la acumulación materialista (más ropa, más zapatillas, más bolsos, más logos, sin sentir ni padecer), cuando nos alcanzó la perversa vuelta de tuerca que nos define hoy: parecer para ser.
En un momento en el que nuestras relaciones vienen mediatizadas como nunca antes por las imágenes, que es a lo que quedamos reducidos en las redes y el entorno digital, lo único que cuenta son las apariencias, lo que aparentamos ser. Y la realidad ya no es sino un conjunto de situaciones construidas a propósito, juego de máscaras y ficciones. La vida pasada por los filtros y efectos de TikTok e Instagram. El favorito de la moda, ahora mismo, es el filtro de la normalidad.

Bienvenidos a la era del nuevo normcore. Aquel presunto estilístico de principios de la segunda década de lo que llevamos de siglo, oda al vestirse sin otro propósito que el de cubrir el cuerpo por razones funcionales, sin significado en términos de moda, está de vuelta, también en las colecciones de prêt-à-porter más o menos exclusivo. ¿Es lo que toca tras la fantasía de infantilización Y2K? Podría considerarse así. ¿Tiene que ver con un contexto socioeconómico de precariedad, asustado por el fantasma de la inflación?
Una suerte de grunge digital espoleado por la nueva rabia de los Gen Z que prefería las tiendas de segunda mano a las boutiques exclusivas, a pesar del amplio calado centennial de la vulgarización chandalista/zapatillera de varias marcas.

Igual que ocurrió en su día contra el hipsterismo que dominó las redes sociales, la idea es recuperar la normalidad sin filtros de la existencia offline, pasando en el intento de todo aquello con significación de moda, o que venga impuesto por ella. Con lo que el analista parece no haber contando, es con la capacidad para el subterfugio del negocio del vestir, experto no solo en normalizar movimientos estético-sociales, sino además en practicar el arte de la posverdad.
Porque no hay mayor fake ahora mismo que la tal nueva normalidad indumentaria.
En efecto, es el precio el que define o expresa el valor de las prendas asociadas a la actual ficción en la que abundan diseñadores y marcas desde que la apariencia de la normalidad se instalara en la moda de lujo.

La jerga de los medios, siempre necesitados de etiquetas reduccionistas en favor de la comodidad de quien escribe, los ha calificado como lujo silencioso, cuando deberíamos decir lujo situacionista: una ficción de la realidad construida artificialmente para responder al beneficio propio, el de la industria de la moda de alta gama.
“Diseño atemporal y tejidos confortables se combinan en los nuevos básicos de fondo de armario”
Lo único normal de toda la pantomima del nuevo normcore es eso, su precio.




PUBLICAR UN COMENTARIO