Maison Margiela Fall 2025 Couture: El romanticismo oscuro que la moda necesita
El debut de Glenn Martens ha sido recibido con mucho entusiasmo y fervor. Ha pasado casi un año desde que John Galliano resurgió del abismo con su inolvidable colección bajo el Pont d’Alexandre III, que, más bien, fue su carta de despedida de Maison Margiela. Tras un periodo de incertidumbre y vacilación, la colección Artisanal vuelve a brotar como una flor en terreno infértil.
La mirada quedaba perturbada con las paredes sacadas de un manicomio o una fábrica industrial abandonada, cubiertas por láminas deterioradas unidas al azar. Inesperadamente, el set evocaba la crudeza del primer desfile de Martin en 1989. La rusticidad era inaudita y manifestaba el vanguardismo transgresor que tanto se anhelaba. Una explosión de originalidad.

Martens respeto y comprendió el lenguaje de la artesanía con una preciosidad que encaja con las necesidades del cliente Margiela. Desde que apareció un vestido etéreo de plástico transparente que reproducía una silueta anatómica fantasmal, se manifestó una peculiar sensibilidad belga, capaz de dialogar con un pasado histórico.
Continuar con un legado sagrado es todo un reto, pero la belleza asfixiante que se forjó, sirvió como base para crear una poesía llena de versos escalofriantes, inspirada en una atmósfera medieval. Aquel oscurantismo funcionó como fuente de renacimiento. Literalmente, la opulencia fue elevada a un nivel sombrío, misma que brillaba por el uso del reciclaje como cimiento.




La temática se iba impregnando con las alucinantes máscaras que cubrían los rostros, un sello característico de Margiela en un intento de poner la atención en las deterioradas texturas que igualmente cautivaron. Partiendo de collages y trampantojos del siglo XVII, se elaboraron maravillas deliberadas como aquel drapeado en forma de corazón que sostenía una falda de oro envejecido, tejido con hilos de metal; un rígido abrigo escultural de parches con motivos florales en tonos coñac; y un macintosh deconstruida repujada de cuero.
Mientras las figuras se envolvían en plástico y estampados de naturaleza muerta, la delicadeza de un vestido largo de crepe elástico, con alas tridimensionales evocó una ilusión romántica y seductora, gracias al encanto de sus siluetas veladas y sus ecos: encaje ondulante combinado con el ruido floral de la bisutería, elástico y tul.



Esta fastuosidad punk se diluía en una opulencia “trash”, pero ciertamente melancólica al sorprendernos con un vestido de novia de marfil aplastado lleno de incrustaciones de encaje. La decadencia de la ostentación se perfilaba en los fantasmales vestidos “Dune” de jersey que dejaba .
Sosteniendo su visión a partir del corsé “Semi-couture”, este cuento de hadas es un idílico manifiesto que se dispone a brillar más allá de lo cotidiano.
La belleza persiste en lo más ruin.



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