¿SIGUE SIENDO RENTABLE EL MENSWEAR?

¿Sigue siendo rentable el menswear?

Pese a que ha sido un año transformador y revolucionario para el menswear, tal panorama no es tan estable como aparenta. Los desfiles masculinos se han reducido gradualmente–– solo revisa cuantos hemos reseñado en junio––dejando las semanas de la moda más vacías de lo habitual. Este extraño período que se enfrenta, señala un fuerte declive en este sector que ya no parece ser tan rentable para los conglomerados de lujo. 

Si retrocedemos un poco, encontraremos que el verano pasado se canceló London Fashion Week de junio. El argumento principal fue la rentabilidad, optando por concentrar esfuerzos en las dos semanas de moda que coinciden con las grandes temporadas femeninas, en marzo y octubre.  Estas anomalías han incitado a muchas casas a diseñar colecciones co-ed para evadir dificultades presupuestarias que podrían afecten sus ingresos a gran escala.

La crisis de lujo ha relegado al menswear a un segundo plano, opacado por el resplandor económico que genera el womenswear. La caída del prêt-à-porter masculino constata que los trajes ya no se venden tan bien como se esperaba. Desde principios de 2024, Gucci, Celine, Fendi, Bottega Veneta, y Valentino se han inclinado por el formato mixto. La norma ha provocado que los desfiles sean más grandes, aunque reduciendo la visibilidad del menswear como prioridad comercial. Sin embargo, otros como Louis Vuitton, Dior, Hérmes, Saint Laurent, Zegna y Rick Owens se arriesgan por darle su lugar.

Organizar un desfile es caro: se gastan millones por un espectáculo de 10 minutos con el objetivo de viralizar el trabajo de meses y lamentablemente, las ganancias no compensan. Pese a que es arte y fantasía para una marca debe ser rentable para poder seguir produciendo tales sueños. En Kering, bajo el plan de estabilización de Luca De Meo, la moda masculina ha sido completamente excluida de los desfiles de McQueen. LVMH permite que se realicen, aunque las pre-colecciones sean lookbooks.

El hombre es difícil de complacer. Exigente, quisquilloso y contradictorio con su idea de novedad. Se le ofrece algo nuevo, más no lo acepta por ser “inadecuada” con sus valores y principios, optando por lo de siempre. Aunque viva en plena contemporaneidad, su perspectiva sobre la moda no cambia: busca prendas utilitarias que no le cueste tanto–––no hablemos de los exorbitantes precios que se manejan por un cinturón o unos zapatos Oxford––– y que duren mucho, priorizando la construcción funcional y los materiales excepcionales. No es fácil de convencer y siempre elegirá unos sneakers en 100 versiones diferentes, jeans rectos y una t-shirt blanca. Nunca abandonará lo básico.

Claro, hay quienes intentan ser diferentes y auténticos, pero esta visión no termina de convencer a los empresarios. Las propuestas existen, las ideas también, pero la clientela ama la monotonía, y difícilmente va a cambiar de parecer. La economía y la cultura hetero-machista han limitado la creatividad, lo cual resulta incoherente con lo que se presenta cada temporada.

La innovación tiende a estar ligada con la feminización. Pese a que se hace el esfuerzo por liberarse del clasicismo básico con toques de androginia––camisas halter, blusas de poeta, slutty shorts, transparencias–– ese enfoque igualitario sigue perteneciendo a un nicho. La realidad comercial siempre termina dominando a la novedad y el pasado es más atractivo.

El menswear se estanca en panorama nada idealista, con dificultades para florecer y con un presente que oscila entre lo formal y lo laboral, sin ofrecer algo realmente disruptivo––que no sea un copia “exacta” disfrazada de ideas rimbombantes––mientras el consumidor masculino sigue prefiriendo piezas seguras, atemporales y de bajo riesgo.





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