Tom Ford Spring 2027: erotismo, glamour y deseo en su máxima expresión
Desde que un sinuoso traje negro de rayas, conformado por un blazer cruzado y pantalones rectos flare, salió a escena recorriendo el pasillo de espejos, creías estar dentro de una fotografía de Helmut Newton o, mejor aún, entrando en la habitación de Michelle Stratton, quien esperaba a su amante Julian Kaye con un vestido rojo drapeado, corpiño bandeau y tirantes caídos; mientras que él caminaba con gallardía, con las llaves de su coche y un periódico en la mano.
Haider Ackermann incitó el deseo sexual y la pasión que esconde su tailoring relajado, con una clara inspiración en los años 70 que, sin embargo, se siente profundamente contemporánea. Un traje azul celeste destila tensión con un blazer alargado que, por debajo, lleva una camisa que deja por completo el torso descubierto, afinado por unos pantalones de silueta fluida y caída generosa. Pero eso sí: nada por debajo.
Ciertamente, el diseñador ha propuesto que la clientela de Tom Ford sea más altiva y juguetona, pero que mantenga una imagen sofisticada. “Buscaba cierta excentricidad, decadencia y libertad”, declaró. Su visión del glamour se hacía más explícita, pero contenida, sin caer en lo vulgar.
“Hay más desnudos que nunca”, añadía. Tanto mujeres como hombres mostraban su lado más carnal, mientras los gemidos y suspiros que retumbaban avivaban el apetito. Al principio, veías cómo los modelos estaban completamente cubiertos con abrigos y chaquetas, así como tops de cuero rematados con pantalones wide leg de tiro alto, siguiendo el mismo patrón, esta vez teñido de verde oliva. Y, en ocasiones, algunos hombres con vaqueros anchos y deshilachados mostraban cínicamente sus boxers, excitando a los presentes, que se quedaban sin aliento.




No fue hasta que un par de modelos con faldas pencil largas comenzaron a revelar sus bras de satén metálico y sus blazers en tonos tierra se escurrieron de sus hombros que una sensación de peligro y elegancia comenzó a atraer al cuerpo.
Esa intimidad se desvanecía a través de camisas de malla arremangadas, otras con bolsillos de parche y tank tops con un escote en V profundo. Y, para culminar la pasión entre los gigolos y amantes, una tanga rosa y los escotados trajes de baño negros con aberturas. “Disfrutemos y arriesguémonos más; eso nos hace sentir bien y vivos”, exclamaba Ackermann.
El cuerpo se revela sin ofrecerse necesariamente. El erotismo se medía tanto en los gestos y las pausas como en el aire juvenil que mantenían las camisas diáfanas y transparentes, y las lánguidas batas de Playboy con el monograma TF.
Lo aspiracional y lo candente se mezclan con el brillo, el control y el sexo, ahora refinados por la sofisticación erótica de Tom Ford, que convierte la lujuria y la frialdad sádica en una fantasía sartorial.
Para leer las reviews de moda femenina en 111 Magazine, da click aquí.



PUBLICAR UN COMENTARIO