Para ser DJ solo necesitas tener buen aspecto
El término underground alguna vez fue sinónimo de resistencia, de autenticidad y de búsquedas sonoras que se alejaban del circuito comercial. Fue la trinchera creativa donde se gestaron movimientos, sellos independientes y escenas locales que, con pocos recursos, levantaron universos sonoros capaces de transformar la cultura global. Hoy, para muchos veteranos de la electrónica, esa palabra se ha vaciado de sentido. Stefano Noferini, referente italiano del tech y DJ, lo resume sin rodeos: estamos viviendo la peor época para esta cultura.
La música ya no es el centro de la experiencia. Lo que pesa es el marketing, el diseño de la marca personal y la visibilidad digital. El DJ actual no necesita un bagaje musical sólido ni una narrativa estética propia; lo indispensable es proyectar una imagen seductora en la pantalla. Una gorra bien elegida, una camiseta de marca, un feed cuidadosamente curado: eso parece bastar para construir un nombre.
La paradoja es evidente. La democratización de la figura del DJ abre puertas a quienes antes estaban fuera del circuito, pero también genera un espejismo donde la superficie eclipsa la sustancia. Plataformas como Instagram o TikTok han convertido las cabinas en escenarios globales donde el aplauso digital vale tanto —o más— que el sudor de la pista de baile. En esta economía de la atención, lo underground ya no se mide en beats por minuto, sino en likes, shares y métricas de alcance.
Lo que antes se entendía como underground —la diferencia frente al mainstream, la búsqueda creativa, el riesgo sonoro— ahora se diluye en un ecosistema gobernado por la lógica del algoritmo. Las fiestas secretas que se anunciaban por flyers fotocopiados han sido reemplazadas por stories patrocinadas; el anonimato de un productor experimental cede frente al brillo de quienes saben manejar la cámara.
Y, sin embargo, reducir esta transformación a una simple pérdida sería simplificar demasiado. La escena electrónica siempre ha mutado: del vinilo al CDJ, de los clubes clandestinos a los festivales multitudinarios, de la oscuridad del sótano a las transmisiones en vivo. Lo que cambia es el lenguaje, los códigos y las plataformas. Quizás lo que hoy vemos no sea el final del espíritu underground, sino su adaptación a un terreno más hostil, más saturado, donde la autenticidad necesita otras estrategias para sobrevivir.
La pregunta es si esa resistencia sigue siendo posible en un mundo donde todo se ve, se archiva y se vende. ¿Puede un movimiento mantenerse underground cuando nacer en la sombra significa, tarde o temprano, ser absorbido por la luz del mercado digital?
La respuesta, como siempre en la cultura, probablemente se encuentre en ese terreno incómodo donde conviven la nostalgia, la crítica y la inevitable evolución. Quizás el futuro del underground no esté en replicar lo que fue, sino en inventar nuevas grietas: espacios efímeros, híbridos, donde la música vuelva a ser protagonista y no un accesorio de la estética. Porque si algo nos enseña la historia de la electrónica es que cada vez que la daban por muerta, resurgía con más fuerza desde algún sótano, alguna bodega o alguna pantalla que nadie esperaba.



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