Juan Perales, de Olympo a La Promesa: una nueva etapa como actor
Para Juan Perales, actuar parece tener menos que ver con encontrar una fórmula que con aprender a abandonarla. En los últimos años, su carrera lo ha llevado de la exigencia física de interpretar a un jugador de rugby en Olympo al lenguaje contenido de La Promesa, dos universos que difícilmente podrían parecerse menos. Entre ambos, sin embargo, existe una misma búsqueda: descubrir qué puede hacer un personaje cuando el actor deja de recurrir a lo que ya conoce.

En Olympo, Perales construyó a Sebas desde el cuerpo. El entrenamiento, el rugby y el desgaste de interpretar a un deportista de élite formaban parte de la preparación tanto como el guion. En La Promesa, el cuerpo funciona de otra manera. Ciro pertenece a un mundo en el que una postura, una pausa o una mirada pueden revelar más que un diálogo. El protocolo de la época impone límites, y dentro de ellos el actor encuentra un nuevo lenguaje.
El cambio también supone una ruptura con la imagen que el público pudo construir de él. Ciro no tiene interés en resultar simpático. Es un personaje con objetivos claros, capaz de moverse desde zonas moralmente incómodas. Perales, sin embargo, evita reducirlo a la categoría de villano. Su aproximación parte de una idea sencilla: para interpretar a alguien hay que intentar comprenderlo antes de juzgarlo.


Esa disposición a mirar desde otro lugar fue especialmente importante en Olympo. La historia de Sebas, un deportista que enfrenta su identidad dentro de un entorno competitivo, terminó adquiriendo una dimensión que Perales no podía medir durante el rodaje. Después del estreno llegaron mensajes de espectadores que reconocían en el personaje experiencias propias. Para el actor, esos encuentros hicieron evidente que la representación puede tener consecuencias que van mucho más allá de una producción exitosa.
Existe, además, una conversación inevitable alrededor de su físico. Antes de la actuación estuvo el modelaje, y la imagen continúa siendo una parte visible de su trabajo. Perales no pretende negar esa historia, pero tampoco quiere que se convierta en el límite de lo que puede hacer. Su respuesta es menos discursiva que práctica: seguir trabajando, asumir personajes diferentes y permitir que cada uno revele algo que el anterior no mostraba.
Quizá por eso sus referentes resultan coherentes con esta etapa. Paul Mescal, por su capacidad para construir personajes llenos de contradicciones sin necesidad de explicarlas, y Luca Guadagnino, por su manera de filmar el deseo, la intimidad y las relaciones humanas, aparecen como puntos de referencia para un actor interesado en personajes que no entregan todas sus respuestas de inmediato.

Perales habla de su próximo paso con una ambición que no parece estar ligada a un tipo específico de personaje. Lo que busca es algo más difícil de definir: un papel que le provoque incertidumbre, que lo obligue a preguntarse cómo hacerlo. Una biografía, una historia radicalmente distinta a la suya o un personaje cuya lógica tenga que descubrir desde cero.
En una carrera que comienza a adquirir mayor visibilidad, quizá su mayor apuesta sea precisamente no dejar que esa visibilidad lo vuelva predecible. El físico cambia. Las circunstancias también. Lo que permanece es la posibilidad de empezar de nuevo.
En entrevista con BADHOMBRE Heat.
De Olympo a La Promesa, ¿cómo fue cambiar el lenguaje físico de un jugador de rugby por el lenguaje más contenido de una serie de época?
JUAN PERALES: Fue un cambio bastante grande, pero precisamente por eso me apetecía muchísimo. Olympo fue un proyecto muy físico. Entrenábamos muchísimo, trabajamos con jugadores de rugby de verdad y hubo momentos en los que casi sentíamos que estábamos preparando una competición más que una serie. Con La Promesa de repente me encuentro en un sitio completamente distinto, donde la forma de caminar, de sentarte, de mirar o incluso de entrar en una habitación ya está contando cosas del personaje.
Y eso me ha encantado porque me ha obligado a quitarme recursos que tenía muy presentes con Sebas. Ciro no puede reaccionar de la misma manera que reaccionaría alguien hoy. Hay un protocolo, una educación y una época que le ponen límites, así que muchas veces tienes que contar lo que está pasando sin decirlo.
Además, yo soy bastante inquieto y me gusta observar mucho, así que descubrir otro lenguaje interpretativo ha sido como volver un poco al principio. Y me gusta esa sensación de no controlar algo del todo y tener que aprenderlo.
En Olympo tu personaje se mueve desde la vulnerabilidad y la empatía, mientras que en La Promesa exploras un lado con intenciones bastante más oscuras. ¿Qué tan divertido —o difícil— es interpretar a alguien que no busca caerle bien a nadie?
JUAN PERALES: Muy divertido. Creo que incluso demasiado.
Una de las cosas que más me gustan de actuar es poder entender a personas que probablemente no entendería de primeras en mi vida. Con Sebas había una coraza muy grande, pero detrás había muchísimo miedo y muchísima sensibilidad. Ciro juega desde otro sitio. Tiene unos objetivos bastante claros y no necesita necesariamente que todo el mundo le quiera para conseguirlos.
Pero tampoco me gusta pensar en él simplemente como “el malo”. Creo que cuando interpretas a alguien tienes que intentar no juzgarlo. Él tendrá sus razones, aunque desde fuera algunas sean cuestionables. Para mí lo divertido está precisamente ahí: encontrar la humanidad de alguien que está haciendo cosas con las que quizá Juan no estaría de acuerdo.
Y reconozco que interpretar esa parte más oscura tiene algo bastante liberador. Puedes hacer ciertas cosas y después dices: bueno, ha sido Ciro, yo no tengo nada que ver.
Llevar la realidad de los deportistas LGTBIQ+ a la pantalla implica una carga emocional fuerte. ¿Hubo algún testimonio o mensaje después del estreno de Olympo que te haya hecho dimensionar el impacto de haber contado esta historia?
JUAN PERALES: Sí. Y creo que esta ha sido probablemente una de las cosas más bonitas que me llevo de Olympo.
Mientras preparaba a Sebas hice bastante investigación y poco a poco fui entendiendo que no estaba contando solamente la historia de un personaje. Había gente que había vivido situaciones muy parecidas y ahí apareció una responsabilidad que al principio, cuando simplemente recibes un guion, quizá no eres capaz de dimensionar.
Después del estreno empezaron a llegarme mensajes de personas que me decían que se habían sentido identificadas, que habían conseguido hablar de algo que llevaban mucho tiempo guardándose o que ver a Sebas les había hecho sentirse un poquito más comprendidas.
Y recuerdo pensar: vale, ya está. Si esto ha servido para que una sola persona se sienta un poco más libre o menos sola, para mí ya tiene sentido todo el trabajo que hemos hecho.
Es muy bonito porque además te baja bastante a tierra. Podemos hablar de números, de que una serie funciona, de seguidores… pero cuando hay una persona al otro lado diciéndote algo así, todo eso deja de importar durante un momento.
Entre tu etapa en el modelaje y la exigencia visual de tus proyectos recientes, tu físico suele estar muy expuesto. ¿Cómo haces para que la industria te vea como el actor que eres y no te encasille solo en la parte estética?
JUAN PERALES: Creo que durante un tiempo esto sí me preocupaba más. Ahora intento no pelearme tanto con ello.
Evidentemente soy consciente de que empecé trabajando como modelo, de que las redes tienen una parte muy estética y de que además Olympo era una serie donde el físico formaba parte del personaje porque estábamos interpretando a deportistas de élite. Negarlo sería absurdo.
Pero también creo que mi trabajo es demostrar que detrás de eso hay bastante más. Y la única manera que conozco de hacerlo es trabajando. Preparándome, estudiando, escuchando, equivocándome y eligiendo personajes distintos que poco a poco permitan enseñar otras partes de mí.
De hecho, pasar de Sebas a Ciro me parece muy bonito precisamente por eso. Son dos universos completamente diferentes y a mí lo que me gustaría es seguir haciendo eso toda mi carrera: que cuando la gente piense que ya sabe dónde colocarme, aparezca un personaje que les haga dudar un poquito.
El físico cambia. Y además cambia muchísimo. Así que espero que mi carrera no dependa únicamente de eso.
Has comentado que admiras el trabajo de Paul Mescal y la visión de Luca Guadagnino. Si pudieras elegir el guion perfecto para tu próximo gran paso en el cine, ¿qué tipo de historia o personaje harías?
JUAN PERALES: Esta pregunta me cuesta porque quiero hacer demasiadas cosas.
Siempre he dicho que admiro muchísimo la carrera de Paul Mescal porque me gusta cómo se mete en personajes muy humanos, muy imperfectos, y consigue que haya muchísimas cosas ocurriendo aunque aparentemente no esté pasando nada. Y trabajar algún día con Luca Guadagnino sería un sueño porque me fascina cómo filma las relaciones humanas, el deseo, la incomodidad, el amor…
Pero si tuviese que imaginar ahora mismo un guion perfecto, creo que elegiría un personaje que me diese un poco de miedo. Algo que cuando terminase de leerlo pensara: “no tengo ni idea de cómo voy a hacer esto”.
Me atraen mucho los personajes con contradicciones, con capas, que al principio parecen una cosa y después descubres otra completamente distinta. También me encantaría hacer una biografía y poder estudiar durante meses a una persona real, transformarme y entrar en una vida que no tiene absolutamente nada que ver con la mía.
Al final creo que eso es lo que más me gusta de esta profesión: durante un tiempo te permite mirar el mundo desde los ojos de otra persona.
Con proyectos cada vez más grandes y más reflectores encima, ¿qué es lo que te ayuda a no perder la autenticidad y seguir siendo esa persona cercana de la que siempre hablan quienes han trabajado contigo?
JUAN PERALES: Mi gente. Sin duda.
Mi familia, mis amigos, las personas que estaban antes de que pasara absolutamente nada de todo esto. Ellos tienen una capacidad maravillosa de recordarme rápidamente quién soy.
Creo que también intento no pensar demasiado en “lo que está pasando”. Evidentemente estoy muy agradecido y hay momentos en los que paro y pienso: qué suerte poder estar viviendo esto. Porque hace unos años muchas de las cosas que estoy haciendo ahora me parecían lejísimas.
Pero sigo sintiendo que estoy empezando. Me queda muchísimo por aprender y muchísima gente de la que aprender. Y creo que tener eso presente ayuda bastante a que no se te vaya la cabeza.
Al final quiero que mi vida siga teniendo cosas que no tengan absolutamente nada que ver con ser actor. Estar con mi familia, ver a mis amigos, hacer deporte, dibujar, reírme de tonterías… Porque creo que cuanto más viva como Juan, más cosas voy a tener después para ofrecer cuando me toque ser otra persona delante de una cámara.
Y, sobre todo, intento disfrutarlo. Tengo ambición y quiero hacer muchas cosas, claro que sí, pero no quiero tener tanta prisa por llegar al siguiente sitio que se me olvide disfrutar del sitio en el que estoy ahora.



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