El archivo como memoria: Johnny de Pechuga Vintage sobre la moda que permanece
Para Johnny, fundador de Pechuga Vintage, el archivo es una manera de leer la moda a través del tiempo. Desde que comenzó a coleccionar alrededor de 2008 o 2009, ha reunido prendas, documentos y referencias que permiten reconstruir la historia detrás de cada objeto. En su espacio conviven piezas de Vivienne Westwood y Jean Paul Gaultier con facturas originales de Christian Dior de 2000 y 2002: documentos que revelan cuánto costaban entonces objetos cuyo significado —y precio— hoy es muy distinto.
En febrero, durante la venta de la coleccionista Mona Ayub en París, compró unos zapatos de Dior. Pensó en conservarlos como recuerdo del viaje, pero terminó vendiéndolos. Para él, desprenderse de una pieza no significa restarle importancia, sino permitir que continúe su recorrido.

Su abuela se lo recuerda desde niño: “Me voy a morir y no me voy a llevar nada”. La frase resume una filosofía que también aplica al coleccionismo. Una pieza puede pasar por tus manos, ser estudiada y cuidada sin tener que permanecer contigo para siempre. Por eso, al vender archivo, Johnny también piensa en quién lo recibirá y qué hará con él.
En un momento en que el vintage comienza a consumirse con la velocidad del fast fashion, esa distinción importa. La cantidad de ejemplares disponibles no determina necesariamente el valor de una prenda. Su historia, su construcción, el momento en que fue creada y las circunstancias que la rodearon también forman parte de ella.
Esa mirada resulta especialmente pertinente ante el renovado interés por la moda de los dosmiles. En México, Paulina Rubio se ha convertido nuevamente en una referencia para una generación que descubre sus looks, sus pareos de Roberto Cavalli y la relación entre la estrella pop y el diseñador. Pero una imagen no explica por sí sola una época. Entender qué significaba Cavalli en 2003, dónde estaba Paulina en su carrera o qué sucedía culturalmente alrededor de ambos permite leer esas prendas de otra manera. TikTok e Instagram han hecho posible acceder a colecciones, fotografías y desfiles que antes estaban reservados a revistas, libros o archivos especializados. La moda se volvió más accesible, pero también más rápida.

Para Johnny, la respuesta está en investigar antes de consumir.
Su manera de mirar una prenda parte de la curiosidad. Una bufanda de plumas puede llevarlo a investigar su material, su color, su construcción y las decisiones detrás de su diseño.
Esa aproximación viene, en parte, de su experiencia con Vivienne Westwood, con quien trabajó y de quien aprendió que la moda no puede separarse del arte, la política, la música o la cultura. Por eso también le interesa estudiar a los colaboradores y artistas que rodearon a cada diseñador.
Una factura puede contar tanto como una fotografía. En su archivo, una wallet de Dior que costaba 115 dólares en 2002 funciona como una pequeña cápsula económica y cultural: muestra cómo cambia el valor de un objeto cuando cambia el mundo que lo rodea.
Si pudiera entrar a cualquier archivo y llevarse una sola pieza, Johnny elegiría los zapatos Armadillo de Alexander McQueen, de Plato’s Atlantis, Spring/Summer 2010. La elección está ligada a una generación que descubrió la moda a través de Internet y de figuras como Lady Gaga. Para muchos, aquella colección fue una puerta hacia una idea más amplia de la moda: una disciplina donde podían encontrarse música, celebridad, tecnología y cultura popular.

La propia historia de Johnny refleja ese cruce. Antes de dedicarse a la moda estudió veterinaria, vivió en una granja en California, trabajó en el consulado salvadoreño y mexicano, hizo fotografía de eventos y daba tutorías. Un internship en Westwood terminó cambiando el rumbo.
Su consejo para quienes comienzan es directo: estudiar. Conocer una colección puede significar reconocer una pieza incluso cuando ya no tiene etiqueta. Johnny recuerda haber encontrado en una tienda de segunda mano unos lentes de 1988 diseñados para Elton John que nadie parecía identificar. El conocimiento permitió reconocer su verdadero valor.
Pero estudiar también implica aceptar los propios límites. Después de años en la industria, Johnny sigue considerándose un estudiante y entiende que siempre habrá alguien de quien aprender.
En una época en la que una imagen puede aparecer, volverse viral y desaparecer en cuestión de horas, el archivo propone lo contrario: detenerse. Mirar más allá de la prenda. Preguntar quién la hizo, cuándo, para quién y por qué.
Porque el valor de una pieza no siempre está en conservarla para siempre. A veces está en entenderla lo suficiente para saber cuándo dejarla ir y permitir que su historia continúe en otro lugar.
BH: Empecemos por lo más reciente. ¿Cómo estás? ¿Cómo va todo?
J: Muy bien. Justo acabamos de recibir la notificación de que hicimos nuestra primera venta de media a una compañía alemana. Me contactaron hace unas semanas porque están haciendo un documental sobre Nayib y John Galliano.
Todo comenzó durante la venta de Mona Ayub, la coleccionista de alta moda. Estuve en París este febrero y, como siempre, grabé todo. Me gusta documentar las cosas porque, de alguna manera, también es una forma de conservar la memoria.
En esa venta compré unos zapatos de Dior que pertenecían a su colección. Los compré como un recuerdo de París, pero después decidí venderlos porque, en realidad, para eso los había comprado: quería que eventualmente llegaran a un mejor lugar, con alguien que realmente los usara y los apreciara.
Publiqué el proceso en Instagram: cómo los adquirí, cómo se vendieron y todo lo que había detrás. Unos días después me contactó una compañía alemana. Me dijeron que me habían visto en la sala porque aparentemente había ahí un noticiero libanés y querían utilizar tres segundos de mi video para el documental.
Yo siempre leo los contratos con muchísimo cuidado. Aunque sean tres segundos, quiero saber qué van a hacer con mi nombre, dónde va a aparecer el material y qué uso le van a dar.
Finalmente pagaron. Y aunque pueda parecer algo pequeño, para mí fue importante. No tengo agente ni publicista; básicamente soy yo haciendo todo, acompañado por un equipo de dos personas. Entonces siempre existe ese pequeño nervio de pensar: “¿Lo estoy haciendo bien?”.
Pero finalmente salió bien y lo veo como un paso hacia algo más.
BADHOMBRE: Algo que me parece muy interesante es esa idea de dejar ir una pieza para que llegue a alguien que realmente pueda utilizarla. A mí todavía me cuesta. Apenas estoy empezando a coleccionar archivo y muchas veces sigo viendo las prendas desde una perspectiva muy personal: si me quedan, si las puedo usar o no.
En México apenas estamos viendo crecer esta cultura del archivo. Ahora mismo hay una fascinación enorme por personajes como Paulina Rubio, por ejemplo. De repente todo el mundo quiere los pareos de Cavalli y las piezas que ella utilizaba.
¿Cómo aprendiste a separar esa conexión personal de una pieza y entender que quizá puede tener una vida más allá de ti?
JOHNNY: Justo ayer estaba hablando de eso con un estilista que vino. Nosotros nos especializamos principalmente en ropa para mujer y yo llevo coleccionándola desde 2008 o 2009.
Al principio era, en parte, porque eran las cosas que me quedaban. Soy bastante pequeño, mido cinco siete. No fue hasta que viví en Europa que descubrí que los cortes de hombre me quedaban mejor, especialmente las jackets.
Pero incluso ahora sigo comprando con una idea muy particular: siempre me pregunto, “si yo fuera una mujer, ¿a dónde iría con esto?”.
Entonces sí, siempre hay algo mío en lo que compro. Es mi gusto, mis referencias, mis intereses, las cosas que he estudiado y las experiencias que me han inspirado a lo largo de los años.
Creo que algo importante para quienes trabajamos en moda es entender que podemos ser expertos en un tema sin olvidar que existe un mundo entero alrededor. La política, la naturaleza, los animales, el arte, la cultura… todo termina influyendo en la manera en la que vemos y coleccionamos la ropa.
No es simplemente: “Me gusta esta bufanda de plumas”. Es preguntarte cuál es su historia. ¿Por qué tiene ese color? ¿Qué tipo de plumas son? ¿Por qué fueron cortadas de esa manera?
Ahí comienza realmente la historia.
También creo que uno de los conflictos aparece cuando el vintage empieza a verse como fast fashion. Cuando alguien piensa: “Puedo encontrar muchos ejemplares de este mismo zapato, así que no debe ser tan especial”.
Ahí tengo mucho más cuidado con quién recibe determinadas piezas. Porque una vez que las vendes, ya están fuera de tus manos.
Hay cosas que me ha costado muchísimo soltar, pero eventualmente pienso: me voy a morir y no me voy a llevar nada. Mi abuela me lo recuerda constantemente. Desde que tenía siete años me dice exactamente lo mismo.


BH: Y esa idea de la memoria me parece muy interesante, sobre todo ahora que existe una nueva generación descubriendo la moda de los dosmiles a través de Internet. ¿Crees que toda esta fascinación por las artistas de esa época, por sus looks y por el archivo está ayudando a entender mejor la moda?
J: Yo no tengo control sobre lo que la gente va a aprender ni sobre lo que le va a gustar. Mi papel es poner las piezas frente a ellos y enseñar lo que a mí me interesa.
Si gracias a eso una nueva generación está descubriendo quién es Paulina Rubio, quién es Roberto Cavalli o quién fue Tom Ford durante Gucci, me parece increíble.
Sobre todo porque ahora vivimos en un momento en el que nuestra capacidad de atención es cada vez más corta. Los videos tienen que capturar la atención de alguien en tres segundos. Yo no sé cómo controlar eso.
Lo que espero es que, si están descubriendo estas cosas a través de Internet, también aprendan a cuidarlas y a entender cómo fueron hechas.
Eso es lo que corremos el riesgo de perder: el contexto.
¿Por qué se hizo este vestido en 2003? ¿Cuál era la inspiración? ¿En qué momento estaba Paulina en su carrera? ¿Por qué se relacionó con Roberto Cavalli? Todo eso también forma parte de la pieza.
BH: Creo que ahí también existe una cuestión generacional. Yo soy del 98 y muchas de esas cosas no me tocaron. Crecí en un pueblo muy pequeño de Sonora y las revistas llegaban tarde o simplemente no llegaban.
Lo que tenía para entender la moda era la televisión: Rubí, Teresa, las telenovelas de Televisa y su diseño de vestuario. Recuerdo ver a Rubí con bolsas de Louis Vuitton y, de cierta manera, eso era lo que teníamos para acercarnos a ese mundo.
Después llegó Internet y apareció otra posibilidad: investigar, buscar, descubrir cosas que no viví.
Ahora puedo encontrar colecciones de Alaïa, descubrir quiénes fueron ciertas figuras de la moda mexicana o entender el contexto detrás de prendas que nunca vi cuando salieron.
J: Creo que eso es precisamente lo que Internet, TikTok e Instagram hicieron: democratizar la moda.
Quizá no puedes ser dueño de unos Louboutin o de una bolsa de Louis Vuitton, pero ahora puedes saber de dónde vienen, cuándo fueron hechos y cuál era su inspiración.
Las redes sociales también son una espada de dos filos. A mí me han ayudado muchísimo porque me han permitido acceder a personas y comunidades a las que antes no habría tenido acceso.
Pero también me han perjudicado. Paso demasiado tiempo en el teléfono, a veces compro cosas que no necesito o me obsesiono demasiado con ciertos temas.
Aun así, esa es también la parte divertida: encontrar una comunidad.
Si tienes curiosidad por saber más sobre estos diseñadores y estás aprendiendo, tiene que existir alguien que te ayude a descubrirlos. Supongo que, en cierta forma, así fue como tú me encontraste.
BH: Más allá del valor económico o de la rareza, ¿qué hace que una pieza tenga alma para ti?
J: Yo siempre pienso en el diseñador. Me interesa saber en qué momento de su carrera estaba cuando concibió una pieza.
Al final, es el consumidor quien determina el precio y, en cierta medida, el valor económico. Yo puedo decirte: “Esto cuesta diez mil dólares porque está hecho de piel de ternera, porque lo usó determinada persona o porque apareció en determinada revista”.
Todo eso suma.
Pero a mí me interesa mucho más saber por qué se diseñó la pieza y en qué momento de la historia ocurrió.
Piensa en Vivienne Westwood. Ella no tuvo su primer desfile hasta los 41 años y ni siquiera estudió moda; había sido maestra. En 1976-77 se alió con Malcolm McLaren y juntos definieron buena parte de la estética punk.
Ahí comienza una historia.
A mí me interesa saber cuáles fueron las piezas que hizo entre 1976 y 1981, cuando presentó su primer desfile.
Porque si no intento formar parte de esa historia, entonces estoy comprando simplemente por comprar y coleccionando por coleccionar.
El consumo siempre va a existir. Si tienes el dinero y el acceso para hacerlo, perfecto. Pero si quieres construir algo que tenga sentido y que perdure, tienes que conocer la historia.
BH: Hablando de consumo y de valor, ¿qué piensas del mundo de las subastas? Desde fuera parece un universo muy emocionante, pero también debe haber mucho nervio detrás.
J: Mi clienta siempre me dice que las subastas son algo por lo que mis clientes me halagan y también me culpan.
Durante mucho tiempo, muchas personas dentro de la industria han mantenido estos recursos como secretos. Yo siempre me pregunto: ¿por qué?
Si alguien tiene el dinero y el interés para participar en una subasta, ¿por qué no compartir esa información?
Yo empecé a grabar mis participaciones porque quería conservar el recuerdo. En una de ellas me gané un vestido de Thierry Mugler y el video llegó a acumular alrededor de medio millón de vistas en TikTok.
Me dio mucha risa porque pensé: “Así como yo me emociono durante una subasta, la persona que está viendo el video también se está emocionando”.
Y ahora, en diciembre, vamos a mandar seis o siete prendas a subasta para que otras personas puedan participar.
Todo lo que hacemos tiene que servir para algo más grande. Las subastas, las redes sociales y el negocio son herramientas que me permiten seguir avanzando.
Tengo muchas ideas en la cabeza y son ideas enormes, pero para llegar a ellas hay una serie de pasos y detalles que tomar en cuenta. Y esos detalles nunca me han interesado demasiado.
Por eso necesito gente que me ayude.
Yo puedo decir: “Vamos a mandar seis prendas a subasta en diciembre”, pero después vienen todas las preguntas: ¿cómo van a llegar?, ¿cómo las vamos a empacar?, ¿qué vamos a escribir?, ¿cuáles serán los precios?, ¿quién las va a entregar?
Yo soy muy de: “Se va a hacer”. Y se va a hacer. Pero hay todo un proceso detrás.
BH: Creo que ahí también está una de las partes más interesantes de tu trabajo. Tu cuenta no solamente muestra lo que está sucediendo ahora en las pasarelas o en Fall/Winter; también ayuda a entender todo lo que existe detrás de la moda contemporánea.
Para mí, eso es lo más bonito del archivo: entender que una prenda puede ser parte de un momento cultural, de una época o incluso de una historia personal.
J: Mira, justamente te voy a mostrar algo. Tengo una pared dedicada a Vivienne.
Todo está catalogado: 1991, la temporada de hombre, quién hizo cada pieza, quién la utilizó, de dónde viene.
Y después tengo otra pared dedicada a Jean Paul Gaultier, con los reissues de 1991, los de 1995 y piezas inspiradas en su trabajo.
Cuando pienso cuánto ha cambiado todo desde que empecé este negocio, es increíble.
Tengo incluso las facturas originales de Christian Dior de 2000 y 2002. Puedes ver cuánto costaban originalmente determinadas piezas: una wallet costaba 115 dólares.
Nadie podía imaginar que veinte años después esos objetos tendrían un valor completamente distinto.
Y eso es justamente lo que me alegra: pensar que estamos preparando a una nueva generación para que cuide sus cosas y las aprecie.
Además, tenemos que entender el impacto que tiene todo lo que hacemos en el planeta. El calentamiento global, los océanos, el consumo… todo está conectado.
Yo me inspiro muchísimo en Vivienne. Trabajé para ella y me enseñó muchísimo.
Y no me considero alguien especial por haber tenido esas experiencias. Siempre le he dicho a la prensa que soy un nerd: alguien que simplemente ama el arte y que jamás va a dejar de hablar de estas cosas.
Me despierto pensando: ¿qué me voy a poner?, ¿qué voy a crear?, ¿qué voy a vender?
No es solamente trabajo. Es algo que me sustenta.

BH: Creo que esa es quizá una de las partes más bonitas de lo que haces: no solamente encontrar esa pieza que siempre imaginaste tener, sino saber que estás dejando algo en las personas.
J: Sí. Estoy muy agradecido por todo lo que este trabajo me ha dado.
A veces pienso: ¿cómo fue que la venta de unos zapatos terminó llevándome a formar parte de un documental en Alemania?
También me ha enseñado a ser mi propio gerente. Y he aprendido que gran parte del miedo es imaginario.
Claro que a veces temo que algo no se vaya a vender o que no tenga todas las respuestas. Tampoco voy a decir que me las sé todas. Estoy aprendiendo igual que tú.
Quizá la diferencia es que, en este momento, estamos en una especie de relación entre maestro y estudiante, pero yo también tengo maestros que siguen enseñándome.
Hay personas que llevan cuarenta años haciendo esto. ¿Cómo voy a llegar yo a decirles cómo tienen que hacer su negocio?
También tengo que saber medirme.
Y creo que el mismo gozo que tú sientes ahora descubriendo el archivo lo siento yo. Cuando deje de sentirlo, cuando ya no encuentre placer en esto o empiece a frustrarme demasiado, será momento de parar.
Es como si mi cuerpo me dijera que necesito descansar.
Porque también hay que saber cuándo detenerse. ¿Cuántos estampados de Jean Paul Gaultier puedes ver? ¿Cuántas bolsas de Hermès? ¿Cuántos corsés de Vivienne Westwood?
En algún momento necesitas hacer una pausa.
Y si estás aprendiendo sobre moda, archivo o cualquier tema que realmente te interese, yo te recomendaría ir más allá de los diseñadores mismos. Investiga a sus colaboradores, a los artistas que los inspiraron, a las personas que estuvieron alrededor.
Salvador Dalí, Schiaparelli, Coco Chanel, los vestuarios que hizo para el ballet, Galliano y las referencias que tomó de otros artistas.
Porque ahí es donde la historia realmente se vuelve interesante.
El archivo como memoria
BH: Por último, es una pregunta un poco cliché, pero creo que a todo mundo le interesa: si pudieras entrar por unas horas al archivo de cualquier diseñador de la historia y llevarte una sola pieza, sin importar su precio o disponibilidad, ¿a qué archivo entrarías y qué buscarías?
J: Es difícil. Y no creo que sea cliché, porque nadie me lo había preguntado.
Creo que me llevaría los zapatos Armadillo de Alexander McQueen, de la colección Spring/Summer 2010, Plato’s Atlantis.
La última vez que aparecieron en una subasta se vendieron por alrededor de 113 mil dólares. Una vez me pidieron esos zapatos y logré encontrarlos, pero el dueño me dijo: “No te los puedo vender”.
La gente piensa que tengo aquí un baúl de tesoros y que, si me piden algo, simplemente digo: “Sí, aquí está”. Pero no funciona así. Si alguien me dice “búscame algo”, yo lo busco y trato de encontrarlo. En este caso los encontré, pero el dueño no quiso venderlos.
Lady Gaga tiene alrededor de trece pares y Daphne Guinness tiene unos también. Pero yo quiero los míos.
BH: Es una pieza cultural enorme. Creo que para muchísima gente interesada en la moda, ese momento hizo algo en nuestra mente y despertó cierto fashion sense.
Recuerdo que apenas estaba aprendiendo a usar la computadora. Yo era muy Little Monster y encontré el desfile de McQueen en Internet. A partir de ahí me perdí completamente buscando qué usaba Lady Gaga, quién había diseñado cada cosa y qué había detrás de cada look.
J: Sí. Yo estaba por graduarme de la universidad. Recuerdo que acababa de regresar de París, en 2010, y ya empezaba a vestirme con Comme des Garçons, sacos y todo eso.
Yo me creía…
Estudié veterinaria en California y vivía en una granja. Imagínate: yo, después de regresar de París, vestido de marinero, pareciendo pirata y viviendo en una granja.
Me acuerdo perfectamente del día que salió ese video y pensé: “¿Qué es esto?”.
Pero todavía no tenía planes de trabajar en moda.
De alguna manera, mi camino hacia la moda tenía que darse. En ese momento trabajaba en el consulado salvadoreño y mexicano aquí en Los Ángeles porque esa era mi carrera, pero al mismo tiempo trabajaba como fotógrafo de eventos por las noches. También era tutor de matemáticas y de inglés.
Después vi un anuncio en un sitio web que se llamaba Internships.com. Decía que había un internship con una empresa en Westwood y pensé: “Okay, lo voy a intentar”.
And the rest is history.
BH: Para cerrar la entrevista, ¿qué consejo le darías a alguien que apenas está entrando al mundo del archivo o, simplemente, al mundo de la moda? ¿Qué enseñanza te gustaría compartir desde tu experiencia?
J: Para enseñarse uno mismo, uno tiene que estudiar.
Estudiar, estudiar, estudiar, estudiar.
Escojan una colección favorita de algún año y estúdienla.
Imagínate que estás en una tienda de segunda mano y encuentras algo de Chanel que no tiene la marca visible. Te lo están vendiendo en cinco dólares y lo dejas porque piensas que no vale mucho o porque no está etiquetado.
Pero si llegas con ese conocimiento, porque has estudiado y le has echado ganas, vas a reconocer esa pieza. ¿Y quién va a ser el que gana?
Te lo digo porque a mí me ha pasado.
He estado en tiendas de segunda mano y he encontrado, por ejemplo, anteojos de 1988 diseñados para Elton John. Estaban ahí. Yo decía: “Oh my God, ¿qué están haciendo estos lentes acá? ¿Por qué nadie sabe lo que son? ¿Por qué nadie los ha comprado?”.
Era un par de lentes que podía venderse por tres mil dólares y estaban ahí, prácticamente olvidados. Después, uno de esos pares terminó usándolo Beyoncé.
Entonces, invierte en ti mismo. Eso es lo que siempre le digo a la gente.
No mires lo que están haciendo los demás. Mantente en tu propio camino y aprende.
Y también aprende a pedir ayuda.
Una de las cosas más valiosas que puedo hacer en mi carrera es decir: “No sé cómo hacerlo”.
Eso es de lo más valiente que puede decir una persona: “No sé”.
BH: Creo que yo también tengo que aprender a quitarme ese sentimiento de querer quedarme todo para mí. Entender que puedo comprar una pieza, adoptarla, cuidarla y conservarla hasta que llegue la persona indicada para ella.
J: Sí. Acuérdate de que nada en la vida es permanente. Ni siquiera este momento es permanente.
Si te aferras a las cosas, vas a sufrir, porque vas a decir: “No, es que me gusta este vestido, no lo quiero dejar ir”. Pero no es tuyo. Nada es realmente tuyo.
También soy budista y eso me ha ayudado muchísimo en este negocio.
Y si algún día necesitas algo, tienes alguna pregunta o vienes a Los Ángeles, me dices. Salimos a pasear y te enseño unas cuantas cosas.
BH: Muchas gracias por la entrevista y también por la invitación. Cuando esté por Los Ángeles, sin duda te mando un mensaje.
JOHNNY: Perfecto.
BH: Muchas gracias, Johnny. Fue un gusto.
J: Gracias a ti. Bye, te cuidas.



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