‘Queer’ Review: Un Viaje Destructivo a las Profundidades de la Soledad
Esta apasionada fantasía guiada por el yagé (un alucinógeno bautizado como ayahuasca) que bien es un droga misteriosa que nos sucumbe en una historia llena de alucinaciones eróticas y borrachas en paisajes oxidados y decadentes. Pretendiendo adaptar con un apasionado libertinaje carnal, la novela literaria de William S. Burroughs, Luca Guadagnino crea una fascinante hermosura psíquica que es extremadamente hipnótica, al presentarnos las dificultades de ser ‘queer’ en un hombre tímido y solitario que vagamente luce estable en su estado de ebriedad continua.
Situando una narrativa complicada de realizar por su seriedad, confuso romanticismo y ardua épica simbología, nos transportan a los ‘50s, a una amarillenta y polvorienta Ciudad de México, donde habita el atolondrado refugiado norteamericano, William Lee, encarnado por la formidable actuación de Daniel Craig. Portando todo el tiempo su calibrada pistola, bajo un airoso y desfachatado traje beige de lino que cubre su aturdida tristeza, bajo un sombrero de fieltro y gafas transparentes, disociado e insatisfecho con la vida, se encuentra bajo un efecto de no señal televisiva, incitado por el tequila. En este sitio, disfruta ser homosexual, tras vivir con algo que consideraban una maldición en su tierra natal.
Con un constante bombardeo de alucinaciones y una fragilidad hartada por el consumo de opio, sexo y cigarros, es como Lee hostiliza a la soledad. Misma posición que es compartida por sus amigos como el ingenioso y dispéptico Frank, que frecuentan el bar Ship Ahoy, quejándose de su amarga miseria.

Yannis Drakoulidis
La trama nos sumerge en tres episodios, con desenlaces bastantes profundos y cargados con interrogantes que provocan un estado de reflexión sobre la dignidad y el apego. El film es un paraíso al servicio de la carnalidad y hermosura con personajes atractivos que sufren delirios fantasiosos que encubren la desdicha de alguien que lucha por ser querido, comprendido y el fracaso por afrontar un pasado doloroso. Sin embargo, Lee disfruta ser un hombre independiente, que se hunde entre la insolencia y las adicciones.
Teniendo una historia bastante laboriosa de plasmar, remarca una pauta que define el colosal talento de Greig como Drew Starkey, quien este último, interpreta al veterano e intelectual, Eugene Allerton. Un joven sumamente atractivo, cálido, misterioso y tímido, que se convierte en la obsesión romántica de Lee. El éxtasis del amor a primera vista, lo desespera y trata el modo de acercarse a él, conectan y ambos se rinden a una mordaz y estremecedora calentura, poseídos por una catarsis que los libera. La desnudez es fugaz, agresiva y la cámara con discreción, nos da vistas salvajemente explicitas.
Es penosa la situación que padece William, por la afectiva tibieza de Eugene. Su vínculo se fragmenta y disuelve por las vacilantes acciones y comportamientos que impacientan. Se manifiesta un cariño y atracción tenuemente forzados. Presientes que lucha por lo que realmente siente por Lee; algo que jamás llega a manifestar. Enfatiza con su dolor, pero se hostiga rápidamente con la idea de ser queer y masculino, al mismo tiempo. La contraparte amorosa es segura de lo quiere, a pesar de vivir angustiado con la incertidumbre de no ser compatible y querido — la dificultad de expresar libremente quién eres, es el obstáculo que rompe con frenesí a un espíritu libre y adelantado a su tiempo.
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El humor y gracia de las malas copeadas de William, relaja las penosas dolencias de su corazón. Su amargura es controlada por el amor. Embarcándose en una aventura con fines científicos (amorosos) a Sudamérica, entiendes que la insistencia de hallar y probar el alucinógeno yagé, es para descubrir lo que Allerton siente por él, mediante la supuesta telepatía y control que otorga la planta. Perdidos en la selva, son recibidos por una científica, la Dr. Cotter que vive aislada y resguarda con ferocidad su preciada investigación. Estas apariciones de chamanes, permiten arrojarnos a un lado que indaga la percepción vertiginosa en una brutal y cegada erotica involuntaria, que termina en una chasqueada, volátil y marchita despedida, tras enterarse que Eugene nunca se ha considero asimismo queer.

Yannis Drakoulidis
Las adorables maquetas, fondos sonoros convalecientes, más el sentimentalismo de los machos cabríos, afinan las psicodélicas escenas e impulsos sobrenaturales de Lee, que son fusionadas en momentos en el que desea acariciar sin temor a Eugene y sucumbir sus almas de forma extática. Un apasionado intenso que se resiste a perder un recuerdo que lo ha consumido hasta la vejez. Esa agonía es una poesía que dispone a Queer, como una conmovedora trágica fábula, de la que no quieres zafarte y te impulsa a gritar y corregir las acciones de los personajes, que son dolorosamente vergonzosas.
Tal ambiguo surrealismo pulido por Guadagnino evoca la culpa y la pérdida como ataduras que permanecen por siempre en la mente. Lo imaginado y anhelado, es diluido preciosamente en destellos que trascienden en una cinta que palpa la madurez y compromiso actoral de sus intérpretes. Quienes siendo unos badboys estereotipados por la heterosexualidad, definen su entusiasmo y habilidosa versatilidad por encarnar papeles más trascendentes, satisfaciendo la desafiante, fatídica narrativa autobiográfica de Burroughs. Es extrañamente magnífico admirar la desgarradora verdad que padecemos en alguna crisis existencial: huir y aceptar la realidad.



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