Rawayana: música para bailar… y entender de dónde vienes
Este viernes, Rawayana arranca su gira mundial en Bogotá, Colombia, marcando el inicio de una nueva etapa en su expansión global. La ruta incluye una parada clave en Ciudad de México, donde se presentarán en el Palacio de los Deportes, consolidando su conexión con uno de sus públicos más fieles fuera de Venezuela.
Hablar de Rawayana hoy es hablar de una banda que entendió algo antes que muchos: que la fiesta también puede ser un archivo emocional. Que bailar no es evadir, sino procesar. Y en el centro de esa visión está Alberto Montenegro, cuya voz —aparentemente ligera— se ha convertido en uno de los vehículos más sutiles para narrar la experiencia venezolana contemporánea.

Montenegro no es un frontman tradicional. No lidera desde la imposición, sino desde la observación. Su forma de escribir y cantar parece casual, casi improvisada, pero detrás hay una construcción precisa: capturar la contradicción. En su universo, lo festivo y lo político no compiten; coexisten. Y no como estrategia, sino como identidad.
Esa declaración no solo define el sonido de la banda, sino también su lugar dentro de la música latina actual. Desde sus inicios, Rawayana ha construido un lenguaje propio que mezcla reggae, funk, electrónica y ritmos caribeños en lo que ellos mismos llaman “trippy pop”. En discos recientes como ¿Dónde es el after?, ese universo se expande sin perder su raíz, consolidando una narrativa donde la música funciona como espacio de pertenencia, incluso cuando el territorio físico se vuelve incierto.
La controversia alrededor de “Veneka” marcó un punto de inflexión. Lo que comenzó como una exploración cultural escaló hacia un conflicto político que derivó en la cancelación de su gira en Venezuela. De pronto, la banda que había sido soundtrack de una generación se convirtió también en símbolo de tensión. Pero, lejos de endurecer su discurso, Montenegro eligió otra vía: procesar.


En conversación con BADHOMBRE, deja claro que ese equilibrio entre lo festivo y lo emocional no responde a una construcción estratégica, sino a algo profundamente orgánico:
“Las música latina y caribeña tiene mucho de eso: bailamos nuestras penas. Ese balance entre la fiesta y el mensaje no es algo forzado, es parte de nuestra identidad. Para nosotros no ha sido difícil encontrarlo, porque sucede de forma muy natural.”
Sobre el momento que atraviesan tras la polémica de “Veneka” y su relación con Venezuela desde la distancia, su respuesta se aleja del conflicto directo y se sitúa en un lugar más introspectivo:
“De alguna manera, estamos en un momento de mirar hacia adelante. Más allá del reto que implicó sentir que nos cerraban la puerta de nuestra casa momentáneamente, también hemos vivido lo opuesto: el mundo nos ha abierto muchas otras. Eso nos tiene muy agradecidos y motivados.”

Y frente a su crecimiento internacional, la conversación se desplaza hacia el significado de representar a su país desde fuera:
“Sentimos que representar a Venezuela es algo que venimos haciendo desde hace tiempo, pero ahora hay más oídos puestos en lo que hacemos. Eso nos emociona muchísimo. Creemos que todavía hay mucho por contar sobre nuestra cultura, sobre quiénes somos.”
Esa postura define gran parte de su relevancia actual. Alberto no necesita convertir su arte en consigna para que tenga peso político. Su aproximación es más emocional que ideológica, más íntima que declarativa. Habla desde la experiencia, no desde la trinchera. Y en ese gesto conecta con una generación que también vive en tránsito —geográfico, cultural, identitario—.

Hoy, con giras agotadas y una presencia cada vez más global, Rawayana se posiciona como una de las propuestas más sólidas de la música latina contemporánea. Pero Montenegro evita romantizar ese lugar. Su proyecto no es nostálgico: es expansivo. Porque si algo lo define es su negativa a quedarse en un solo lugar —ni musical ni emocionalmente—.
En una industria que exige claridad inmediata, branding definido y mensajes directos, él apuesta por lo contrario: ambigüedad, matices, preguntas abiertas. Rawayana puede sonar a celebración, pero en realidad es un ejercicio constante de reinterpretación cultural. Y Alberto, más que un frontman, es el traductor de esa experiencia: alguien que entiende que, a veces, la mejor forma de hablar de lo que duele… es hacer que también se pueda bailar.

BADHOMBRE: Con el lanzamiento de ¿Dónde es el after? y su éxito global, ¿cómo equilibran el carácter festivo de su música con el contexto político y social que sigue marcando su identidad como venezolanos?
Alberto Montenegro:
La música latina y caribeña tiene mucho de eso: bailamos nuestras penas. Ese balance entre la fiesta y el mensaje forma parte de nuestra identidad. No es algo que haya sido difícil de encontrar, más bien es algo muy natural en nosotros.
BADHOMBRE: Después de la controversia con “Veneka” y la cancelación de su gira en Venezuela, ¿cómo ha cambiado su relación emocional y creativa con el país desde la distancia?
Alberto Montenegro:
Siento que estamos en un momento de mirar hacia adelante. Más allá del reto que implicó sentir que nos cerraban la puerta de nuestra casa momentáneamente, también hemos vivido lo opuesto: el mundo nos ha abierto muchas otras. Estamos muy contentos con eso. De todo lo malo siempre hay cosas que aprender, y estamos en ese proceso.
BADHOMBRE: Su crecimiento internacional —con giras agotadas y una audiencia cada vez más diversa— los posiciona como una de las bandas latinoamericanas más relevantes del momento. ¿Qué significa para ustedes representar a Venezuela en este contexto?
Alberto Montenegro:
Sentimos que representar a Venezuela es algo que venimos haciendo desde hace tiempo, pero ahora hay más oídos puestos en lo que hacemos. Eso nos tiene muy contentos. Creemos que todavía hay mucho por contar sobre nuestra cultura y sobre quiénes somos.




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