Plumas, cuadros y drama: Vaccarello revive los demonios y la elegancia de Yves Saint Laurent
Los majestuosos candelabros que estaban desparramados con una luminosa suntuosidad que elevaba la tenuidad del recinto, enfatizaba gloriosamente con la aniquiladora, impecable y ensombrecida narrativa que combina sexo, haute couture y firmeza. El impacto cultural que ha tenido Yves Saint Laurent en la retorcida y prodigiosa mente de Anthony Vaccarello, ha despertado en él, una imaginativa más arriesgada y perversamente táctil que lo sucumba a divagar en historias como unir la brillantez y oscuridad de su predecesor y la de Robert Mapplethorpe, príncipe de los sex clubs en el Meatpacking District de Nueva York.



La turbulenta adictiva y destrozada vibra que confabulaba tal encanto material, detonó crear una vigorizante elegancia que une a estos dos titanes: un sombrío catálogo de una colección masculina producido en 1983, fotografiado por Mapplethorpe. Aquellos exhaustivos y refinados blazers cruzados, fabulosos trajes garbosos cuadrados ‘80s con una anchura normcore, retenían los demonios que hermosean tal obscena confeccionada sobriedad.



Con el avecindamiento de una estética rigurosa, oficinera y cautelosamente heterosexual, aliada a elevar el quiet luxury con mayor intensidad, este trabajo es solamente una fachada que aparente ser estricta, pero es astuta y rebelde. Su benigna primorosa estética es magnífica y juguetona, testaruda y repetitiva, al insertar con descaro, las botas de pescador de cuero más largas que quizás algún hombre ha llevado en su andar y la picadura de sus abrigos ‘Ryuk’ con sus cuellos emplumados. La virilidad era evidente al presentar una línea clásica sujetada a seductivas corbatas y delicadas camisas con estampados de rayas, arropadas a encogidos blusones de aviador de cuero desgastado.



Aunque su fabulosa deseabilidad tan funcional como orgásmica, era también una oda a la colección femenina presentada en septiembre. Esa fina atemporalidad de carácter andrógino, es peligrosamente grata. Su aparente monotonía libertina sartorial, consagra la belleza absoluta del negro, blanco y gris, ampliando su usuales matices al pigmentar sus suéteres alargados con una vivida coloración, adornando los gélidos cuadros escoceses. Fue tan agradable, ver más que un simple traje.



Su depravada y adinerada visión, esa aventurilla que cotorrea entre lo prohibido y la banalidad de las apariencias, es demostrable con la preciosidad confeccionada que desafía a la masculinidad y que de algún modo, nos sentimos identificado, utilizando sus propios códigos de vestimenta, que apresuradamente veremos en los desfrenados festines hechos por ‘The Rave’.



Resto de los looks:






















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