El juego de las sillas de la moda es un espectáculo denigrante
Es realmente insoportable, fastidioso y agobiante el estado de incertidumbre que vive la industria de la moda.
Con una nueva oleada de salidas de directores creativos —Sean McGirr, Veronica Leoni y Anthony Vaccarello—, otro juego de las sillas musicales ha comenzado. Esto se agrava con el hecho de que estos casos se suman a los rumores de que otros directores creativos, como Pierpaolo Piccioli, Alessandro Michele —incluso Demna—, también serán removidos de sus puestos en las distintas casas que dirigen.
A esto se suma el revuelo frenético que hay en internet, donde se desborda una crueldad innecesaria por parte de personas que se alegran de los despidos de quienes viven sometidos a una inmensa presión, mientras se les exigen casi milagros.
De alguna manera, el fracaso se ha vuelto entretenimiento.
La crítica en redes sociales hacia Leoni y, especialmente, hacia McGirr es vil y despiadada. Se nos olvida que la moda también es un negocio, y no solo una fantasía que podemos scrollear. Es agotador tener que remarcar que esos directores creativos viven abrumados por la exigencia de crear algo excepcional––y original–– que pueda satisfacer las expectativas financieras en menos de un año. Solo recordemos el caso de Dario Vitale, que se inspiró en los diseños ochenteros de Gianni Versace para su debut, y que la mayoría señalo que ¡no era Versace!
Si no cumplen las expectativas de esa supuesta “crítica experta”––seudónimos influencers con críticas varias basadas en lo que suponen que es lo “correcto” sin analizar como es debido––, conformada por millones de usuarios de Instagram, X y TikTok que no aceptan la supuesta mediocridad de los diseñadores actuales, la reacción es brutal. Es atroz saber que su trabajo sea considerado mediocre y que ya están buscando su reemplazo porque, aparentemente, no son los indicados. Y ese factor parece influenciar demasiado en los conglomerados que los obligan a dejar sus puestos, sin remordimiento.
La gente olvida a menudo lo que estas personas sienten y cómo otros han padecido al ser llevados al borde del precipicio, atrapados entre la ambición y la imagen que ya existe de una marca. Claro, quizás lo que hicieron durante sus estadías no estuvo a la altura de las expectativas, especialmente si dirigieron firmas de lujo con un archivo histórico que los fans reviven diariamente y con el que comparan el presente, a veces con sadismo.
No se puede pedirle a un diseñador que reconstruya su identidad en unos meses y luego juzgarlo como si hubiera tenido años para hacerlo.
Es aún más triste que no se les dé una oportunidad a nombres que podrían ofrecerle al público algo que ni siquiera sabía que quería. En lugar de apostar por nuevas perspectivas, se insiste en mirar hacia aquellas leyendas que vivieron su esplendor, su gloria e incluso sus caídas en su momento, y que actualmente desean trabajar de una forma más amena y a su propio ritmo.
Sobre todo, sería importante que las casas de moda mantuvieran a sus directores creativos durante un tiempo suficiente para que pudieran desarrollar su talento, algo que podría convertirse en un beneficio a largo plazo.
Al fin y al cabo, no está de más apoyarlos y ser tolerantes ante el riesgo y la novedad. No hacerlo sentir patéticos.




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