El remake del Conde de Montecristo es Inmoralmente Espectacular
El Conde de Montecristo son aquellas obras literarias clásicas que sucumben fervorosamente a un público contemporáneo e insatisfecho, en una envolvente historia llena de venganza, odio y pasión. El fatídico dramatismo de la obra de Alejandro Dumas, es sanguinariamente piadoso y ambicioso de ser representado en un film que abstrae una fidelidad y goce cinematográfico, impresionante por su sólida consistencia y precisión. Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, nos otorgan un trabajo respetable, en conjunto con la límpida y vulnerable actuación de Pierre Niney, como Edmond Dantés.
Esta epopeya se moderniza con una narrativa que te envuelve en la calamitosa desgracia que padece el joven marinero. Imagina que a tus 22 años (misma edad que tiene este colaborador) seas víctima de un fiasco y acusado de ser conspirador bonapartista, simplemente porqué tus allegados – tu disque mejor amigo Fernand (Bastien Bouillon) y un corrupto fiscal (Laurent Lafitte) – están celosos de tu posición sentimental y laboral. Aquellos momentos y sentimientos compartidos, no los detienen y tal clemencia firmada, te declara un ser moralmente condenado a vivir en prisión, eternamente.
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La cárcel se transforma en un lugar de supervivencia diaria. Edmond parece rendirse ante su irremediable destino, hasta que conoce al abate Faria (Pierfrancesco Favino), su compañero de aislamiento, cuyo primer encuentro fue al excavar vorazmente la pared que los separaba. Es humanamente rescatable y optimista que mostrarán un afectivo desarrollo, entre los dos. Desconcertantes adversidades lo posicionaron en un objetivo: huir del castillo. Me gusto que no todo fuera pesimista e ingeniárselas para encuadrar un humor esperanzador, provocando más revuelo en su escape, volátilmente cardiaco.

Siendo incapaz de abandonar de olvidar el ilusionante amor que lo contuvo sereno por más de 14 años en la insolación húmeda de If, demacrado y lastimado, busca a Mercédès con ilusión y tristemente, enterándose que ahora es la condesa de Morcerf. Ese golpe de realidad, hizo que la película fuera aún más alucinante e interesante de ver, ya que devuelve la esencia inquebrantable de Montecristo, vengarse y hacer lo que Dios, no pudo hacer. Es cruelmente vulnerable y maquiavélico, simplificando su humanidad en una inteligente adveración.
Teniendo la legendaria fortuna de los caballeros templarios a su disposición, al igual que la alianza de Haydée (Anamaria Vartolomei) y André (Julien de Saint Jean) – víctimas directas de sus adversarios y de él mismo – recalibra sus heridas, convirtiéndose en un mítico y poderoso aristócrata de Oriente, disfrazando su verdadera identidad bajo múltiples prototipos de máscaras, diseñadas para engañar y una psicología terminante que encanta por su seducción materialista, dividida en maniobreros capítulos. El resentimiento incentiva perdurabilidad y franqueza, ya que sus planes toman años en planificarlos. No es un impulsivo anti-héroe, estudia y comparte su corrosivo odio, al suprimir el amor. Sus aliados, voluntariamente, lo apoyan, al tributar una magnífica complicidad; incitando romances con los hijos de sus enemigos, vendiéndoles un flirteo y galanteo estimulador. El negro que recubría los atuendos de Montecristo, era seductivamente posesivo.

© Jérôme Prébois / Pathé Films
El plan es inteligente, pero ciertamente idílico. Mientras uno desea exterminar su pasado, Haydeé queda sucumbida al encanto de Albert – hijo de la condesa – cuya dualidad alternativa, es poética y quizás un camino que podría haber tomado el conde, al escabullirse de la isla. Estos jóvenes resisten la sed de vendetta, prefiriendo abandonar la falsa pomposidad y opulencia que los encadenaba, incluso enfrentar a Edmond en un absurdo duelo.
Otra genialidad proporcionalmente auténtica, fueron las maneras de exhibir a Gérard de Villefort y al Barón Danglars. Sus pequeñas e inocentemente brutas mentalidades, no percataron que sus estrategias de comercio y depravación, los hundieron. Políticamente incorrectos, recibieron incrédulas fatalidades bien ejecutadas por los directivos, quienes se arriesgaron en ampliar los mortíferos infortunios en escenas cómicas-trágicas. Es intrigante observar una complejidad justiciera, un galope rápido y lánguido por los brotes de valentía, elevada por su banda sonora y fantasiosas tomas de espléndidos y suntuosos chateaus, alisando la venganza con un refinado maximalismo lleno de radiantes fiestas y aniquiladoras cenas – jubilosamente sádicas. El dinero, constrata lo imposible de poseer.

Igualmente, la mera historia nos deja pensativos y reflexivos tras admirar por casi tres horas seguidas, el súbito poder de uno mismo. Esa temblorina autodeterminación de repudiar lo que alguna vez estimaste, es difícil de personificar y aludir que exista cierta veneración, por algo que te daño y oprimió hasta un quebradizo abismo, es hipócritamente acaramelado por la ilusionista promesa del mañana y lo arriesgado que puede ser una obsesión que dicte tus pensamientos y acciones. Particularmente, ejecutada con un tejimiento magistral e impactante, tal adaptación, es engañosamente increíble y carnalmente oscura. Depravada sueño de figurar, apoteósicamente.



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