Dior Men Spring 2027: Una fantasía rave
En pleno verano, una auténtica fiesta se organizó en una antigua gran residencia cerca del Parque Monceau. De repente, varios jóvenes rebeldes de Eton, al más puro estilo Saltburn, aparecían con resaca, pero luciendo exquisitamente chic. Un chico bajó corriendo las escaleras, irrumpió en la elegante sala de estar y conectó su teléfono, encendiendo nuevamente el rave a todo volumen.
La banda sonora de Fred Again todavía palpitaba en la mañana.
En Dior, Jonathan Anderson ha convertido la maison en un imán que atrae con mayor fuerza a hombres que realmente sueñan con divertirse con la moda. Ciertamente, sus desfiles se han convertido en auténticas fantasías cargadas de una narrativa llena de desenfreno y sofisticación contemporánea.




Y como dije hace poco, el romanticismo ha vuelto, pero no tan melancólico. Solo admiremos cómo los bailes de época de la Regencia inspiran a Anderson para que sus jóvenes fiesteros continúen disfrutando noches de pasión y lujuria. Las excentricidades de su carácter se han transformado en parte de un frenesí creativo que honra nuevamente el legado de sus predecesores.
“Hay un movimiento completamente nuevo en el que los jóvenes salen a raves. La cultura rave está comenzando de nuevo. Lo ves en los suburbios, lo ves más fuera de la ciudad. Lo veo en el Sena a las 7 de la mañana. Algo está cambiando, se están disfrazando. Están mezclando cosas”, dijo Anderson en backstage.
En cierto modo, al observar los vaqueros rotos y sucios rematados con blazers cruzados de tela seersucker reducidos a la transparencia sobre gasa (inspirados en una chaqueta vintage de Marc Bohan) —el efecto daba la sensación de que habían rasgado su estructura interna— y corbatas con cuentas de cristal anudadas como bufandas, ese caos de niño fiestero aristocrático podría relacionarse con la estética bad boy rockera de Hedi Slimane de los años 2000. No obstante, la ornamentación de Anderson es más intelectual, compleja y hasta rebelde, gracias a sus toques de alta costura.




Su informalidad “preppy” alcanzó un punto intermedio entre refinamiento y comodidad. Desestructurar el traje —uno de los códigos más rígidos— para convertirlo en una pieza jovial resulta inquietante. Asimismo, su narrativa basada en el cine y la literatura subvierte magníficamente los códigos de vestimenta. Chaquetas Bar deshilachadas, fracs convertidos en pijamas y blazers transformados en elegantes bombers de sarga de algodón eran combinados deliberadamente con pantalones de lentejuelas metalizadas y shorts de pitón que atenuaban su resplandor junto a botas de discoteca.
“Hay prendas que mi padre podría usar, que yo podría usar. Me divierte experimentar con ellas. La moda tiene que ser placentera. Tiene que ser divertida”, remarcó Anderson. Y, en efecto, su misión de atraer más hombres a Dior se sigue fermentando a través de una experimentación profundamente techno.



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