‘Babygirl’ Review: Una Fantasía Godín que Explora los Límites del Deseo y la Vulnerabilidad
Lo primero que se me vino a la mente al finalizar la película fue: — ¿Qué clase de amorío y desvergonzada fantasía erótica godín acabo de ver? ‘Babygirl’ es una historia situada en las vísperas de navidad y genuinamente se ansía mirar jugosa erótica y clandestinidad pasional, pero más bien, se trata de lujuria, masoquismo, la complejidad y tensión del deseo.
La trama expone sublimemente ese lado de la feminidad que se tiende a estigmatizar como una demencia. Aunque tal valerosidad por mostrarnos a Romy, una boss lady consumida y discretamente exhausta por el trabajo, que dirige una compañía de robótica es tratada con una ardiente sensibilidad. Los largos, tediosos y rimbombantes infocomerciales, presumían el automatizado modus operandi de su racionalizada existencia. Adora la perfección y el botox, que su hija adolescente tiende a burlarse. Es cero accesible y con una personalidad de hierro que disimula y finge con educación su disgusto. Sin escrúpulos, ella manifiesta su infelicidad. Ni su comprensible esposo (Antonio Banderas) que la adora, satisface su reprimida ansiedad, al grado de ocultarse plácidamente bajo una sábana y masturbarse en secreto, viendo pornografía.
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Te deja perplejo y atraído la libertina exposición y enfoque que se le da al orgasmo. Claro, esa fascinante vista es interrumpida por la oficinera vida de Romy: idiotizada por el celular, respondiendo mails y viendo que la bolsa de valores no colapse — refleja la negatividad del éxito corporativo. Notas en ella, un insaciable deseo por controlar cada aspecto de su familia y en el momento, que Samuel, uno de los nuevos pasantes de la empresa, controla y acaricia un perro rabioso, es ahí que comprendemos que su maquinal alma, es perturbada por un extraño veinteañero que vio en la calle. Este deliberado, arrogante, preguntón e insistente joven interpretado por Harris Dickinson, estresa su grosera brusquedad, pero sorprende por su agilidad e instinto por dominar, asustado de su propia chiflada oscuridad. Un badboy que realmente jamás llegamos a conocer del todo bien.
Es impresionante como la directora, Halina Reijin, predispuso toda clase de detalles que concretarán el embrollo sexual que desquicio a los tortolos. Desde como Romy se viene y sucumbe a una ilusoria fantasía de su amante al morder con pasión y desenfreno su corbata, hasta la manipulable tensión y autoritario sadismo que la aturde. Tanta obscenidad es entretenida y va pelando la vulnerabilidad de sus capas, destruidas por la voracidad carnal y transgresora que consigue a la mala. Su papel se torna desesperante al volverse la perrita de Samuel, quien un principio este se obsesiona y acosa por diversión. Ni uno ni el otro entiende lo que quiere a lo largo de los minutos. La sumisión luce humillante y ritualizada, aunque expresa una profunda honestidad sobre la adictiva necesidad y liberación de la vida cotidiana. Es incómodamente admirable ver a Kidman en secuencias bravamente masoquistas y rabiosas que se rebajan con humor.

Cortesía de A24
Bellamente, el romance del lobo y Caperucita roja, llega a un punto crítico con la agresividad tirana de Sam, que horroriza y excita a Romy. El mero adulterio es hostil y belicoso. Tal jueguito es hilarantemente confuso, pero tierno. Crees que se han enamorado y la falta de cariño, embriaga y sacude la mirada con los engatusadores bailes lentos de striper que son apetecibles de soñar con la prodigiosa banda sonora que le hace justicia. Never Tear Us Apart, Crush y Father Figure, realzan el pulsante y emocionante amorío, que congenia con la ridiculez cabal del placer sexual.
Llega un punto en el que se indignan, ofenden y electrizan por los disque inapropiada que ha convertido su torneada relación. Se percata de un disfrute y excitación de lo que más nos asusta: lo prohibido y Samuel se aprovecha del peligro de romper esa limitativa aura corporativa. La ambición y la moral se mezclan, estropeando la incomprendida locura que beneficia a terceros. Domesticar, amenazar y hostigar, es lo que da sentido a la trama. Su convencionalidad, libera la fiebre hormonal y ruptuosa de los involucrados, castigándolos de un modo que no se vean tan afectados por sus decisiones. La agonía confronta un mundo dominado por una visión empresarial machista.

Cortesía de A24
La crudeza existencial de Romy refleja la constante validación que la nutre, sin embargo, no nos dan respuestas sobre el como su traumatizante y caótica infancia vivida en una secta, se relaciona con sus inclinaciones. Esos borrosos flashbacks mimetizan su personalidad, en lugar de contarnos aquella desgarradora o violentada naturaleza que la consume. Dichas incongruencias escenifican perfectamente esa desesperación por rogarle a alguien, esa incomodidad de no comprender su silencio o la ruin necesidad de pedirle a alguien atención y que ese, se burle de ti. Es una vivencia en la que hemos sido ultrajados en algún punto de nuestra vidas, solamente que en el film, tal vil secretismo erotiza, y no deplora en gemidos.
Está traviesa aventurilla jefe-empleado expone los límites actorales de los protagonistas a un quiebre en donde la toxicidad, se ha convertido en una afrodisiaca inspiración, que pone al descubierto lo que no deberíamos compartir a luz y bobamente, no avergonzarnos de aquellos penetrantes caprichos humanos. Babygirl te invita con descaro a lamer y sorber la leche que dejamos bajo el árbol, en la espera de recibir obsequios muy tentadores de rasgar.



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