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¿Cómo influyen los mercados en cómo te vistes?

Cuando era adolescente, comencé a ponerle más atención a la moda. Aún recuerdo la primera revista de moda que compré en el supermercado cuando tenía catorce. En la portada sale Coco Rocha usando un vestido dorado de lentejuelas. La impresión que me quedó es que lo que había en esas páginas era, en todos los sentidos posibles, otro mundo. Uno al que yo no tenía acceso.

Como cualquier chico de clase trabajadora, después de zambullirme en la revista volvía a mi realidad decepcionado. Algunos de los pares de zapatos que se anunciaban costaban lo mismo que un carro. Sin embargo, conforme fui relajando mi postura, comencé a notar que estas tendencias en realidad no las tenía tan lejos. Primero en las tiendas de moda rápida. Luego, en la calle, en los tianguis y en el mercado.

Desarrollé un juego en el que cada que veía una prenda nueva, intentaba adivinar en qué pasarela había visto antes ese estampado, color o corte, y rastrear su origen hasta las tienditas de ropa del mercado de mi colonia. Rara vez me equivocaba.

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    Un argumento a favor de las revistas de moda es que no son una invitación a gastar cantidades salvajes, sino una propuesta de educación estética. Pero en mi experiencia, esta educación sucede principalmente en el contexto inmediato.

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    Foto: Mauricio Guerrero

    La periodista Mariana Velázquez cuenta que su primer contacto con la moda se dio al acompañar a su abuela a la tienda de ropa que tenía en un mercado. Su catálogo tenía ropa que variaba en los estampados y los colores, pero en las telas se mantenía casi siempre igual: materiales austeros como la lycra, la gabardina y el poliéster. En la parte más significativa describe la dinámica de compra y venta: de las clientas de tallas grandes a quienes se les conseguía la ropa por encargo, o de las clientas de confianza a quienes daban facilidades de pago por la relación cercana, uno a uno, que se da en el comercio local. Velázquez concluye: “Más que canjear unos billetes por ropa, habían dos personas ayudándose mutuamente a enfrentar el reto de sobrevivir.”

    De acuerdo con el arquitecto Felipe Leal, el primer mercado como tal en la Ciudad de México se trazó en la época de Moctezuma (siglo XVI) en lo que ahora es el Zócalo. Al volverse insuficiente, se extendió hacia Tlatelolco. En zonas relativamente cercanas había mercados especializados: el de la sal, en Atenatitlán; el de los perros para comer, en Acolman; y el de los esclavos, en Azcapotzalco.

    Durante la época colonial, los dos mercados más importantes fueron el de la Merced y el Parián. Según el curador Gustavo Prado, por un par de siglos la costumbre era comprar telas e insumos en el Parián — que estaba sobre la plancha del Zócalo— y luego buscar un modisto en la calle de Plateros (hoy Madero) para que confeccionara el vestido.

    Dos de las grandes innovaciones de El Palacio de Hierro, que abrió sus puertas en 1891, cuarenta y seis años después de la demolición del Parián, fueron la venta de ropa pre-hecha y los precios fijos. En sus primeros años hubo incluso letreros en los que se especificaba que el regateo estaba prohibido.

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    Foto: Mauricio Guerrero

    La leyenda dice que El Palacio de Hierro recibió ese nombre porque la gente, al ver los cimientos del edificio cuya construcción duró tres años, comenzó a difundir el rumor de que se estaba construyendo “un palacio de hierro”. Los comercios metálicos fueron comunes a lo largo del porfiriato (1876–1911). Desde sus primeros años se estableció un ambicioso proyecto de reconstrucción de distintos mercados, pues estos, al ser de madera, eran altamente inflamables. De todos los mercados remodelados en esa época, el único que conserva su estructura metálica porfiriana es el 2 de Abril.

    La autora Andrea Mejía reporta que durante la Revolución Mexicana (1910–1917), la falta de provisiones y lugares seguros obligó a distintos vendedores a establecerse en estanquillos o de plano vender sus mercancías en la calle. Esto significó que muchos tuvieran que ofrecer sus productos en espacios insalubres, o que sus mercancías se perdieran al no tener donde almacenarlas.

    El fotógrafo Juan Guzmán (cuyo nombre real era Hans Gutmann; era alemán) documentó la situación para la revista Hoy en una serie llamada El Zoco Capitalino, en la que se planteaba la importancia de que los comerciantes tuvieran lugares fijos y salubres.

    En la década de los cuarenta, el gobierno mexicano, inspirado en el auge de los supermercados estadounidenses, renovó los mercados existentes y construyó otros nuevos (como el Mercado de Jamaica), que hasta la fecha son puntos clave para el comercio en la Ciudad de México. Al día de hoy existen 329, declarados patrimonio cultural intangible.

    El crecimiento de la urbe llevó a la construcción de la Central de Abastos en Iztapalapa en 1982, para descentralizar el comercio. Antes de su apertura, el gran nodo era el Mercado de la Merced, provocando un tráfico insostenible en el centro. Desde hace décadas no se ha construido un nuevo mercado público.

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    Foto: Mauricio Guerrero

    Hace dos años, la youtuber cubana Erika Daniss emprendió una investigación sobre el mercado de Chiconcuac, el mercado de ropa más grande de México. Hay un patrón interesante: la mayoría de los comerciantes afirma que en un principio vendían ropa mexicana —de inspiración autóctona o elaboración artesanal— y que con los años han ido sustituyéndola con mercancía china.

    Esto tiene una explicación. Tras la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio en 1994, México se estableció como un país maquilero. Esto hizo crecer a la industria local, pero imposibilitó por años el desarrollo de una industria textil propia.

    En 2001, China entró a la Organización Mundial del Comercio y pronto desbancó a México al ofrecer mayor competitividad con precios ridículamente bajos. Muchas empresas trasladaron su producción a China, pues esto reducía los costos de producción.

    La eliminación del Acuerdo Multi Fibras en 2005 fue otro hecho determinante. El acuerdo, propuesto en 1974, imponía cuotas a los textiles de países en desarrollo para proteger las industrias textiles de los países ricos. Con su eliminación, China —que ya contaba con una industria sólida y podía producir desde el hilado hasta la confección— se convirtió en la maquila del mundo, acaparando el mercado.

    Algunos locales de ropa en los mercados distribuyen prendas de manufactura mexicana que compran en fábricas o con proveedores al mayoreo. Sin embargo, la oferta en la mayoría de estos locales proviene de China: regurgitaciones de tendencias más o menos actuales, hechas en calidad promedio. A partir de la liberación del mercado textil se dio el auge de la piratería. El volumen de producción hizo imposible que las aduanas revisaran toda la mercancía que entraba de Asia. El crecimiento de las fábricas chinas y la poca diferenciación técnica entre originales y copias provocó que muchas mercancías se produjeran sin tener un mercado que las absorbiera. Al quedarse estancadas, distintos distribuidores empezaron a “mover” los productos por mercados informales: el tianguis del Salado, Tepito, la San Felipe, filtrándose incluso en mercados de colonias populares.

    En 2013, el diseñador mexicano Sergio Alcalá presentó un último desfile en el Mercado San Juan, en la alcaldía Cuauhtémoc. Las prendas eran de inspiración “kitsch”, elaboradas a partir de ropa que había comprado en distintos tianguis y mercados, pero que ya terminadas no se asemejaban en nada a las prendas originales. Este es un rasgo común en las creaciones que suelen inspirarse en estos establecimientos: más que parecerse a las mercancías que distribuyen, toman inspiración de un imaginario que resulta de los elementos en conjunto de la locación.

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    Foto: Mauricio Guerrero

    Diseñadores como Steph Orozco o Armando Takeda han retomado elementos como los manteles de plástico que tienen las fondas en sus colecciones. Artistas más controvertidos, como Bárbara Sánchez Kane, han retomado sus elementos para incorporarlos en creaciones que pretenden transgredir los límites del cuerpo o del género.

    Hay incluso movimientos estéticos o culturales, como el “Meximalismo”, promovido por la diseñadora Dixi Rodríguez —quien habita en Montreal— que pretende reivindicar la cultura material de los espacios populares de México. El ejemplo, incluso el lugar común, es utilizar un mercado público como escenario para las sesiones de fotos con las que se suele promover el movimiento.

    Sería injusto no mencionar a los pioneros de este tipo de exploraciones: el fotógrafo Dorian Ulises López Macías y la estilista Nayeli de Alba, que llevaron esta exploración a su punto álgido en la campaña de 2018 H&M Loves Madero, en medio de las tensiones entre Donald Trump y López Obrador, luego de que este ganara las elecciones, en medio de una campaña fuertemente nacionalista.

    En sentido estricto, los mercados influyen en lo que usamos al ofrecernos prendas a las que ya estamos acostumbrados, que compramos a bajo precio para usar en nuestro día a día. Pero en tiempos recientes hemos redescubierto la belleza popular que crea la gente trabajadora mientras se gana la vida en estos espacios públicos. Espacios que han moldeado la historia de nuestro día a día y nuestra manera de entender la belleza, el color y la armonía.

    El paisaje urbano que nos regalan es resultado del trabajo diario, y de un ojo particular que se desarrolla localmente, resaltando una cualidad innombrable pero cotidiana que no hace falta nombrar del todo, pues ya la vivimos. 

    En la creación contemporánea solo aprovechamos el potencial de aquello que entre todos nos han dado.

    #yslblockparty #yslbeautymx

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