El galán de los 50s está de vuelta, y se llama Timothée Chalamet
Es complicado imaginarnos a deportistas en trajes exquisitos, sin vacilar el sudor y la victoria. Claramente, los usan en ocasiones muy formales y tienden a ser demasiado aburridos, uniformes y grises sus perspectivas. La imaginación tampoco nos guía a comprender o percibir a los tenistas en airosos blazers con un fit agudo, aunque Timothée Chalamet, demuestra que un jugador de Ping Pong, es tan refinadamente competitivo.
Marty Supreme, es un ficticio viaje biográfico producido por A24 y dirigido por Josh Safdie, que se ha inspirado en narrar la historia de Marty Reisman, un jugador de tenis de mesa. El relato será vagamente apegado a una trama convencional, inclinándose a contar algo inédito en un guión aún desconocido.

Reisman que nació y creció en un Manhattan lastimado por la gran depresión de 1929. Empezó a competir en el ping pong, vorazmente, antes de volverse campeón nacional individual con una impresionante racha en 1958 y 1960. Lo ruidoso no es solamente la historia, más bien, la ardiente y fluida sastrería que arropaba a Timothée Chalamet, al encarnar espectacularmente una colorida alucinación sartorial y de algún modo, sexy.
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De primera instancia, sus trajes cruzados ambientados a una estética 50s, persuaden por su moderna apariencia. No crees que sean vintage, ya que esa holgadura masculina y ese ajuste sostenido perfectamente en los hombros, reflejan esa reimaginada filosa, clásica opulencia que domina la jovialidad. La impecabilidad es fantástica y comparable con la andrógina tenacidad holgada desproporcionada de Saint Laurent, mismo patrón repetido en el casual modernismo oversized de Loewe, The Row o Bottega Veneta, que agregan una pigmentación animada a la seriedad con inéditos accesorios llenos de texturas divertidas y experimentales que avalan un lúcido tailoring. Los aguantes rojos enardecen la frialdad.

Sus corbatas retro por aquellos estampados lineales y severamente abstractos, al igual que la frescura abierta de sus camisas, se emparejaban con su peinado tan impecable y solicitado en las barberías. Podrías asumir su refinada pulcritud, como una maestría dandy a la Wall Street, seriamente enfocada a no perder sus inversiones con su bigote chocomilero-dirtbag.
Quizás, sea un vestuario temporal, aunque esa convencionalidad hollywoodiense, es frenética con el resurgimiento del grandpacore, renovado por sus nietos al liarse con chalecos tejidos a mano sobre camisas manga corta anchas. Siendo las nuevas generaciones, quienes han decidido recuperar tales estilos corporativos en sus andadas irrealistas, Chalamet es un impulsor alfa de una indulgente e impecable pretenciosidad XXL.




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