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Frankenstein Review: ¿quién es el verdadero monstruo aquí?

El adorable y poderoso Guillermo del Toro vuelve a desafiar el género del terror con su adaptación de la inmortal novela de Mary Shelley de 1818, Frankenstein. La rescata del olvido y la condena con una propuesta cargada de reflexión, martirio y tragedia.

Mientras la obra literaria seduce con sus alusiones poéticas, la fascinación del director por la historia de un monstruo torturado por la soledad y el abandono de su creador hace que la extraña belleza del relato sea emotiva, desgarradora y hermosa, bajo ese sello artístico tan suyo.

La película te invita a cuestionar sobre quién es realmente el monstruo en una avalancha de emociones que sienten los personajes en un mundo que rechaza lo diferente. La célebre imaginación visual del director pigmentada con una paleta de tonos ácidos que embellece a los marginados y románticos, vuelve a canalizar la reinterpretación teológica de Frankenstein.

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    Exuberante como arrolladora, la historia transcurre en una Inglaterra victoriana. Una serie de imágenes preciosas e intrincadas, adornadas con detalles de época, embellecen la trama: comienza en el Ártico, donde un capitán de mar danés (Lars Mikkelsen) supervisa los intentos de su tripulación de sacar su nave del hielo.Sus hombres divisan una explosión a lo lejos y luego a un hombre herido tendido en la superficie. Lo suben a bordo: se trata del Dr. Victor Frankenstein (Oscar Isaac), aparentemente al borde de la muerte.

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    Netflix

    El filme concede tanto la perspectiva de Victor como la de Frankenstein: un niño abrumado por el carácter frío y temperamental de su padre, que encontraba consuelo y amor en su madre —quien falleció al dar a luz a su hermano menor, William—. La oscuridad se apodera de su vida, motivándolo a vencer a la muerte a toda costa. Ya en su etapa adulta, esa misma búsqueda escandalizó al Real Colegio de Medicina y lo convirtió en un lunático. Por su parte, la abominación, descubre un mundo lleno de odio e intolerancia mientras se pregunta para qué fue creado.

    Quedas perplejo con la belleza repulsiva y grotesca de moldear a un ser con restos mutilados de soldados mutilados por la guerra: un experimento financiado por el señor Harlander (Christoph Waltz), un traficante de armas intrigado como para derrochar su fortuna con una doble intención: pasar su alma al humanoide. Este punto de quiebre nos presenta a un William comprometido con la hermosa sobrina de su mecenas, Elizabeth (Mia Goth). 

    La increíble actuación de Goth y Elordi queda plasmada en la química de sus personajes. Ambos quedan cautivados uno del otro, destellan una fuerza y libertad que hacen que los espléndidos vestidos crinolina, joyas de antaño y los etéreos velos de Elizabeth luzcan como símbolo de esperanza ante los harapos de piel y el crudo maquillaje que acarrea Frankenstein.

    Un contraste llamativo tan asombroso como el espeluznante y tétrico castillo que albergó el laboratorio de Victor:  una atmósfera iluminada por conductores de pararrayos plateados unidos a una torre externa, máquinas de vapor y enormes cilindros convectores verticales (nada de CGI). Los ojos oscuros y conmovedores de Elordi transmiten un  desconsuelo penetrante  jamás visto en este personaje.

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    Netflix

    Una grata sorpresa visual es la representación del mito: finalmente se dejó a un lado la imagen torpe para dar lugar a una criatura astuta e invencible, dotada de una fuerza divina concedida en una tormenta eléctrica. Aunque es desmayante observar su nacimiento con la crudeza palpitante de los órganos y sangre destilando por doquier, logras empatizar con él. Es desgarrador que Victor lo odie, celoso de un “bebé” que gana el cariño de Elizabeth, y que esa miseria lo consuma y lo tilde como una amenaza. Se le otorga un papel más interesante, hasta diría que erótico.

    Una de las partes más conmovedoras está en su relación con el sabio anciano ciego del bosque: un refugio de compasión que lo invita a descubrir el lado positivo de la humanidad y entender que la muerte lo seguirá por la eternidad. Una alegoría reflejada en la persecución que sufre Victor por parte de Frankenstein, negándole paz a su vida por culpa de su tormento y el rechazo a la idea de crearle una compañera. Sin embargo, entre la destrucción surge una sensibilidad que captura algo hermoso dentro de la crueldad y el miedo.

    Del Toro captura más que una aura divina con representaciones como la cruz en donde colocan al “nuevo Adam”. Esa imaginería nos invita a comprender con gentileza, la razón de la existir de Frankenstein. La devastación y el trauma imperan el mood, pero esta tragicomedia es tan compleja como desgarradora: una carta de amor a los indefensos que anhelan cariño y simpatía.








    Es un corresponsal enfocado a demostrar un apasionante gusto por la moda, entretenimiento y belleza. La semana de la moda es su aperitivo favorito por degustar. Contacto: Email: alberto@badhombre.com || Instagram: alberto.jimenezs

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