Gramo: tradición que se transforma en estilo atemporal

Gramo: tradición que se transforma en estilo atemporal

En un mundo donde la moda a menudo se percibe como efímera, existen marcas que trascienden las tendencias para convertirse en herencia: piezas que cuentan historias, transmiten identidad y construyen memoria. Ese es el caso de Gramo, la firma mexicana de lentes fundada por los hermanos Javier y Diego Graue, quienes supieron transformar más de un siglo de tradición familiar en visión médica y óptica en un proyecto contemporáneo que celebra tanto el diseño como la memoria.

La historia de Gramo no comienza en 2018, cuando oficialmente nació la marca, sino en 1898, cuando el bisabuelo de los Graue abrió su primer consultorio oftalmológico en el centro de la Ciudad de México. Desde entonces, generación tras generación, la familia ha hecho de la visión no solo una profesión, sino un compromiso con la precisión, la salud y la belleza de la mirada. Lo que inició como consulta médica evolucionó hacia un entendimiento profundo del valor estético y funcional de unos buenos lentes: aquellos que no solo corrigen la vista, sino que acompañan a las personas, se vuelven parte de su estilo y, con el tiempo, de su vida cotidiana.

Ese legado se convirtió en inspiración. Después de años de observar, escuchar y aprender de pacientes y clientes, los hermanos Graue decidieron dar un paso más: crear una marca que plasmara su visión particular. Una marca distinta, que uniera la rigurosidad médica con la sensibilidad estética. Así nació Gramo, diseñada en México y fabricada en Japón, con la precisión artesanal que solo la tradición nipona podía aportar. En cada armazón se combinan ligereza, durabilidad y una estética sobria pero contundente, donde cada detalle importa.

El nombre no es casualidad. Gramo surge como acrónimo de Graue Moreno, pero también hace referencia al peso: ese elemento esencial que define la esencia de un objeto. Un gramo puede parecer poco, pero es suficiente para inclinar la balanza, para marcar la diferencia entre lo imperceptible y lo significativo. Así, cada par de lentes de Gramo lleva consigo un peso propio, literal y simbólico, que conecta al usuario con la pieza y con la historia que la sustenta.

Lo fascinante de la propuesta es que Gramo no busca imponerse como una marca aspiracional en el sentido convencional, sino convertirse en un puente entre generaciones. Quien porta sus lentes lleva consigo no solo un objeto de diseño, sino también un eco de tradición familiar, de conocimiento médico y de búsqueda estética. Cada colección es una exploración de formas atemporales reinterpretadas con una mirada actual: diseños minimalistas que dialogan con la herencia clásica y que, al mismo tiempo, responden a las exigencias del presente.

Conversamos con los hermanos Graue para entender cómo se construyó este universo donde tradición y modernidad se encuentran; cómo una herencia centenaria se transforma en lenguaje contemporáneo; y cómo unos lentes, más allá de ser un accesorio, pueden convertirse en relato, en memoria y en símbolo de identidad.

Gramo: tradición que se transforma en estilo atemporal
foto: Eddy Espinoza

BH: Leí la historia de Gramo, cómo la fundaron y cómo proviene de una herencia familiar casi centenaria. Quiero saber: para ustedes, al abrir este proyecto, ¿fue una carga, una inspiración o simplemente una excusa para hacer algo que ya querían hacer?

Javier: Buena pregunta, muy psicoanalítica. Y justo eso viene bien, porque Javi es psicólogo, con una fuerte orientación psicoanalítica, así que seguramente él estaría mejor calificado para responder. Pero bueno, creo que tuvo un poco de todo. Sí fue una forma de regresar a la herencia familiar, de aceptarla y resignificarla, porque ese concepto es muy importante. Digamos que resignificamos nuestro papel familiar, pero desde otra postura, desde otro lugar. Como leíste, la herencia venía principalmente del ámbito médico, específicamente de la oftalmología. Nuestro “giro”, nuestra aportación dentro de este microespacio familiar, fue proponer algo nuevo: un enfoque creativo y de diseño en el universo de los lentes, un aspecto que nunca se había explorado en la familia. Entonces, de alguna manera, la sangre siempre nos llevó a la visión, pero desde una propuesta distinta.

Diego: Yo diría que también fue una manera de reclamar un legado. Como comenta Javi, históricamente los oftalmólogos han estado alejados de la parte estética: los armazones, el retail… eran ajenos a su labor. Nosotros, que siempre estuvimos más vinculados a las artes y la comunicación —y que seguimos haciéndolo—, nos asumimos un poco como los outcasts de la familia. Javi estudió psicología, yo también tomé otro camino, pero a través de los lentes encontramos un nuevo approach para reinsertarnos en ese legado familiar, aunque desde otra perspectiva.

BH: Entonces, ninguno de ustedes es oftalmólogo.

Javier: No, nosotros no. Pero mi hermano sí, y también tenemos primos, nuestro papá, mi tío, mi abuelo, mi bisabuelo… todos oftalmólogos. Lo “natural” hubiera sido seguir esa tradición. En cierto modo tuvimos un gesto de rebeldía al tomar otro camino. Y, sin embargo, con el tiempo nos reencontramos con ese legado familiar, pero desde un ángulo más estético, creativo y sensible.

BH: Me imagino que desde esa sensibilidad y creatividad viene su decisión de fabricar en Japón. ¿Qué los llevó a elegir esa manufactura y qué la hace especial?

Javier: Antes de Gramo tuvimos Scópica, una óptica en la Roma que funcionó por casi 15 años. Ese fue nuestro laboratorio: ahí entendimos la anatomía de un armazón, su producción, sus procesos. Con el tiempo descubrimos que Japón era el mejor lugar para fabricarlos, no solo por la calidad de la manufactura, sino por la mística que la rodea: la herencia transgeneracional de conocimiento, el rigor, el detalle… algo que no encontramos ni en Italia, ni en Francia, ni en China. Así que fue una decisión muy natural. Además, desde la primera vez que fuimos a Japón nos enamoramos del país.

Cuando eliges con quién trabajar, también piensas en si quieres admirar su cultura, su filosofía de trabajo. Y Japón lo tiene todo. En otros lugares puedes desencantarte rápido: la producción es más desalmada, con poca justicia social o conciencia ambiental. Japón, en cambio, comparte con México afinidades culturales inesperadas: la lucha libre, el amor por las jacarandas, ciertas pasiones muy particulares. Bajo lo que parecería una gran distancia cultural, descubrimos una afinidad que hizo que fabricar allá fuera lo correcto.

BH: Muchas marcas con las que trabajamos definen cada vez más el lujo en términos similares a los que ustedes mencionan: responsabilidad social, procesos respetuosos, productos con alma. ¿Consideran que Gramo es una marca de lujo? ¿Creen que ese concepto sigue siendo relevante hoy o está pasado de moda?

Javier: Creo que el lujo vuelve a ser importante, pero hay que redefinirlo. Para nosotros, lujo es poder estar cerca del proceso: trabajar directamente con la fábrica, ver cómo se hace cada pieza, involucrarnos desde el diseño hasta el resultado final. Eso es un lujo hoy en día: no delegarlo, sino vivirlo de cerca.

Diego: Yo añadiría algo: el lujo del silencio. Crecimos en los 80, cuando el lujo se entendía como algo ruidoso: marcas enormes, logotipos visibles, espectaculares en cada esquina. Hoy lo que nos interesa es otro tipo de lujo, más silencioso, más íntimo. Un lujo que se expresa en el detalle, en la calidad, en la autenticidad, no en el ruido.

foto: Eddy Espinoza

BH: Ok, me imagino que desarrollar la marca les llevó mucho tiempo de investigación y trabajo. ¿Es común que alguien se les acerque y les diga: “yo también quiero abrir mi propia marca de lentes”?

Diego: Sí… ¿qué opinas tú, Javi?

Javier: La verdad, no me ha tocado tanto escuchar a gente que quiera aventarse a algo así. Hoy en día sí hay muchas nuevas marcas en distintos sectores, quizá porque hay más facilidades para ciertos giros. Pero creo que las barreras que enfrenta una marca como Gramo son distintas: el idioma, la distancia, lograr abrir el campo en una fábrica tan pequeña y familiar en Japón… es realmente complicado. Mucha gente lo ve muy fácil al inicio, pero cuando investigas un poco más, te das cuenta de la dificultad real. De hecho, justo platicábamos Diego y yo el otro día que Gramo, en muchos sentidos, va a contracorriente: una marca mexicana, fabricando en Japón, con un price point alto… desde el principio muchos nos decían “no, no, no, imposible”, pero aquí estamos.

BH: Vi que algunos de los modelos llevan nombres de calles de la Ciudad de México. ¿Eso está relacionado con la arquitectura de esas zonas, con recuerdos de infancia… o ya si nos ponemos psicoanalíticos, con alguna “herida primaria” que terminaron reflejando en los lentes?

Diego: (ríe) No, lo que buscamos es más bien crear una especie de cartografía de la Ciudad de México. Con Gramo queremos rescatar lugares simbólicos, significativos, que nos despiertan recuerdos o que sentimos que merecen permanecer en la memoria colectiva.

Javier: Exacto. Y también hay algo que nos interesa mucho: el sentido de pertenencia que puede generar una marca. Lo hemos visto en otros casos, como Moscot en Nueva York: la gente se siente parte de ella porque refleja su ciudad, su cultura. Con Gramo nos ha pasado algo muy bonito: clientes que llegan y dicen “¡no inventes, este modelo se llama Industrial, yo crecí en la colonia Industrial, me lo tengo que llevar!”. Aunque a veces les quedaba mejor otro modelo, terminan eligiendo ese porque lo sienten suyo. Ese sentido de apropiación, de identidad, ha sido increíble de ver.

Diego: Y sí, además hay un componente nostálgico. Elegimos lugares que quizá no son los más modernos, sino sitios más antiguos de la Ciudad de México, con historia, con memoria. Eso nos encanta reflejarlo en los lentes.

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