Emiliano Zurita: autenticidad, memoria y rocanrol

Con una trayectoria que se ha consolidado a base de disciplina, sensibilidad y proyectos cada vez más ambiciosos, Emiliano Zurita ha demostrado ser uno de los talentos jóvenes más versátiles del cine y la televisión en México. Actor, guionista y productor, ha sabido moverse con naturalidad entre la comedia, el drama y ahora el cine histórico-musical, siempre aportando una mirada fresca y comprometida.

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Su nuevo proyecto, Autos, mota y rocanrol, dirigido por J.M. Cravioto, lo coloca en el centro de una historia que revive uno de los episodios más icónicos y, al mismo tiempo, más reprimidos de la cultura mexicana: el Festival de Avándaro de 1971. Con un estilo irreverente y en clave de falso documental, la película busca retratar no solo la música y el caos de ese momento, sino también el choque de identidades y la efervescencia social de un México en transformación.

Para Zurita, interpretar a Justino —un personaje inspirado en alguien real, con quien incluso pudo convivir durante la preparación— significó un reto muy especial. La oportunidad de dar vida a una figura que representa parte de la memoria colectiva del país le permitió explorar nuevas dimensiones como actor, apoyado por la visión de Cravioto y por un equipo creativo que reconstruyó con rigor y pasión la atmósfera de los años 70. Desde el vestuario hasta el uso de cámaras en Super 8 y 16 mm, cada detalle se convirtió en una pieza clave para transportar al público a una época que marcó un antes y un después en la historia cultural de México.

La película, que se mueve entre la nostalgia y la sátira, plantea preguntas sobre identidad, libertad y juventud, al tiempo que conecta con distintas generaciones: quienes vivieron Avándaro y quienes lo descubren por primera vez en la pantalla. Más que una recreación, es un viaje emocional que alterna la risa con la reflexión y que se atreve a cuestionar cómo un momento de comunión colectiva pudo transformarse en un símbolo reprimido por la política de su tiempo.

En palabras del propio Zurita, lo que más lo sedujo fue la oportunidad de contar una historia arriesgada, distinta y profundamente mexicana. Una película que, a través del humor y la irreverencia, consigue capturar la esencia de un país dividido, efervescente y lleno de contrastes. Y aunque Justino fue el vehículo, el verdadero desafío fue entrar en un universo que demandaba sensibilidad, honestidad y la capacidad de dejarse sorprender por un México que él mismo no había conocido, pero que hoy puede habitar desde la ficción.

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Hoy, Emiliano Zurita no solo confirma su madurez artística, sino también su capacidad de elegir proyectos que dialogan con la historia y con su propio tiempo. Entre guilty pleasures que van de autos clásicos a colecciones de tazos, y playlists que mezclan a Led Zeppelin con rock mexicano setentero, Zurita se muestra tan cercano como apasionado, tan sencillo como comprometido.

Más allá del cine, su estilo personal refleja esa misma filosofía: usar lo que le hace sentir cómodo, experimentar con piezas que le generan cierta incertidumbre y descubrir que, muchas veces, lo que más nervio da termina siendo lo más celebrado. Su manera de entender la moda, el rock y la libertad creativa lo conectan con una generación que busca autenticidad, pero también con una tradición cultural que nunca deja de reinventarse.

En esta conversación con BADHOMBRE, Emiliano Zurita comparte no solo cómo construyó a su personaje en Autos, mota y rocanrol, sino también cómo entiende el oficio de actuar, el peso de la memoria y la necesidad de arriesgarse para encontrar nuevas formas de contar historias. Al final, lo suyo no es solo interpretar personajes, sino abrir ventanas hacia universos que nos invitan a reconocernos, reírnos y, sobre todo, a recordar que la libertad siempre encuentra su escenario.

BH: Autos, mota y rocanrol suena como una fantasía adolescente definitiva. ¿Qué fue lo que más te sedujo para acceder este proyecto: el auto, la mota o el rock and roll?

EZ: Lo que me sedujo para ser parte de este proyecto fue, en realidad, una mezcla de tres elementos que, juntos, le dan esencia a lo que fue Avándaro y que además están anclados en una gran historia. Por un lado, está lo que sucedió verdaderamente: el festival mismo, que fui descubriendo poco a poco durante el proceso. Me pareció algo increíble, un acontecimiento icónico no solo para la historia de la música en México, sino también para la historia cultural del país en general. Por otro lado, está la visión de Cravioto. Él siempre ha dicho que el Festival de Avándaro se puede contar desde un millón de perspectivas, y todas serían válidas e interesantes. Lo que hizo tan emblemático a Avándaro es que logró reunir a los distintos universos que habitaban México en ese momento, demostrando que podían convivir de una manera hermosa, novedosa y muy especial. Lamentablemente, la situación política del país derivó en una fuerte represión hacia la música y hacia cualquier intento de cambio o búsqueda de identidad propia. Finalmente, me resultó fascinante descubrir que, desde la perspectiva de los organizadores, Avándaro nació de un lugar completamente distinto: originalmente se planeaba como una simple carrera de coches. Ese contraste entre la intención inicial y lo que terminó siendo —un festival histórico y revolucionario— me pareció un punto de partida muy atractivo.

Si tuviera que resumirlo, diría que lo que me atrajo del proyecto fue la posibilidad de contar una historia distinta, arriesgada, con una identidad muy particular que pocas veces vemos reflejada en el cine.

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BH: ¿Cómo construiste a tu personaje? ¿Lo pensaste más desde la psicología, desde la rebeldía… o desde el peinado y la chamarra de cuero?

EZ:  Para mí, construir al personaje de Justino fue un proceso muy interesante, sobre todo porque era la primera vez que interpretaba a alguien real. Y no solo a alguien real, sino a una persona con la que podía sentarme a comer, platicar y convivir. Eso le dio una dimensión única al trabajo.

Tuve la fortuna de que Justino fuera muy generoso al compartirme sus vivencias, en especial todo lo que significó para él el Festival, de la experiencia y, en general, su manera de ver la vida. Contar con ese “boceto vivo” del personaje fue un regalo, porque me permitió observarlo de cerca: cómo se expresaba, cómo se movía, cómo transmitía sus emociones. Eso me dio la base para construir a un Justino muy auténtico, pero al mismo tiempo con espacio para proyectar mis propias exploraciones y darle una vida propia dentro de la película. Ha sido una experiencia muy enriquecedora y sin duda tengo mucho que agradecerle a Justino, por abrirse de esa forma, y también a Cravioto, el director, por haberme presentado con él y confiar en mí para darle esa dimensión al personaje una vez que estábamos filmando.

BH: Tu generación ha redefinido lo que significa ser “masculino”. En esta película, ¿cómo dialoga tu personaje con los clichés del macho clásico?

EZ: Creo que lo interesante de esta película es cómo se adentra en los clichés de distintos grupos sociales de los años 70. No sé si diría que mi personaje representa al “macho clásico” como tal, pero sí es cierto que la historia utiliza esos estereotipos como vehículo para generar mucha comedia.

En el caso del festival, estaban por un lado los que iban a las carreras —los “popis” o “fresas”— y, por otro, los que asistían por la música, los llamados hippitecas. Eran universos muy distintos que coexistían en México, pero que realmente no convivían… hasta Avándaro, donde se encontraron por primera vez en esa escala. Algo muy curioso es que cada grupo tenía un lenguaje propio. Los fresas hablaban con un slang muy diferente al de los hippitecas, y eso ya de por sí prestaba material para la comedia: a veces ni siquiera se entendían entre ellos. Recuerdo que Cravioto nos dio libros para estudiar esas expresiones y poder integrarlas en la improvisación de manera auténtica, lo que resultó muy enriquecedor. Más allá de los clichés, la clave estaba en interpretarlos con honestidad para retratar lo que realmente era la sociedad mexicana de esa época: diversa, contrastante y en plena transformación. En cuanto a mi personaje, él era un tipo que trataba de resolver todo “muy al business”. Quizá no entendía del todo ese mundo, pero buscaba hacerlo para cumplir su trabajo de la mejor manera posible. Ahí radicaba lo interesante: ser fiel a la forma en que él se expresaría, pero también dejar espacio para improvisar y explorar cómo alguien como él intentaría comunicarse y adaptarse a un universo que le resultaba completamente ajeno.

BH: ¿En algún momento dijiste “este personaje me queda tan bien que debería quedarme a vivir en él”?

EZ: De todos los personajes que interpreto, siempre intento sentirme lo más cómodo posible dentro de ellos. Claro, cada uno implica un proceso distinto, pero lo esencial es entenderlos: de dónde vienen, qué quieren, cuáles son sus miedos, cuáles son sus virtudes. Al final, creo que lo más importante para un actor es hacer ese trabajo previo de comprensión, y sobre todo no juzgarlos. Más que juzgarlos, se trata de empatizar con ellos, para que cuando llegue el momento en el set puedas soltarlos y dejarlos vivir. En este proyecto en particular, el equipo de producción hizo maravillas recreando lo que fue Avándaro, y eso ayudó muchísimo. Cuando ya estás en vestuario, en la locación, rodeado de la atmósfera correcta, el trabajo del actor se convierte en un juego: se trata de dejar que el personaje respire y exista. Para mí fue una experiencia muy especial interpretar a Justino. Siempre he procurado, por mi paz mental, tener la disciplina de saber cómo salir de un personaje. En este caso no fue algo especialmente denso, pero considero fundamental mantener esa separación entre el personaje y uno mismo. Eso, a la vez, te permite disfrutar al 100% cuando estás dentro de él. Verlo después en pantalla resulta muy gratificante, porque no solo se trata de mi interpretación, sino también de lo que aportan mis compañeros. Es muy bonito ver cómo mi personaje interactúa con los demás dentro de esa realidad que todos construimos. Eso siempre me llena de felicidad.

BH: En términos de estilo, ¿qué tanto aportó el vestuario y la estética de la película a la manera en que interpretaste el papel?

EZ: Bueno, un poco ya lo contesté antes, pero justamente se trata de eso. Especialmente cuando estás en época, el gran trabajo de vestuario, de arte, de música y, en este caso, al ser un falso documental, también de dirección —cómo se usa la cámara, cómo se interactúa con ella— son decisiones previas que resultan totalmente invaluables. Para mí, como actor, después de preparar mi trabajo, lo único que queda es disfrutar y entrar en ese universo que ya está construido. El vestuario, el maquillaje, el peinado… todo te transforma y de pronto ya eres otra persona. Por eso creo que, sin un equipo tan talentoso detrás, mi labor actoral sería mil veces más difícil. Estoy profundamente agradecido con el esfuerzo de cada uno, porque gracias a ellos puedo entrar de lleno al personaje y divertirme en el proceso.

BH: ¿Dirías que la película es un espejo de lo que significaba crecer en México en esa época, o más bien un viaje escapista para perderse un rato?

EZ: Definitivamente, todo el equipo buscó —y creo que lo logró— recrear los años 70 de una manera muy fiel. Lo interesante es que Avándaro conecta con distintas generaciones: por un lado, quienes realmente vivieron el festival y pueden ver la película desde la nostalgia, recordando y diciendo “yo estuve ahí” o “así era”; y por otro, generaciones más jóvenes que no lo vivieron pero que encuentran fascinante ver esa época plasmada en pantalla, casi como asomarse a un mundo que parece ajeno pero que se siente cercano gracias a la historia. Esa nostalgia y esa autenticidad están muy bien retratadas, y fue posible gracias a un trabajo riguroso: tener acceso a material de archivo real de Avándaro y lograr que todo lo que filmamos aquí dialogara con esa energía. Desde la decisión de grabar en 16mm y Super 8, hasta la minuciosidad en vestuario, peinados y detalles visuales, todo se cuidó para que coincidiera con la época. Ese rigor es lo que permite que la película sea una experiencia de escapismo: para revivir si lo viviste o descubrirlo si no lo conocías. Además, Avándaro tiene un valor único porque fue de las pocas veces en que universos tan distintos de México coincidieron en un mismo lugar. Recrear esa diversidad fue un reto monumental, pero creo que el resultado lo logra por completo. Lo que más me gusta es que, en muchos momentos, uno ya no sabe distinguir qué imágenes son material real de archivo y cuáles son parte de la película, y eso me parece algo muy poderoso y muy bonito.

BH: Todos tenemos un guilty pleasure adolescente que no hemos superado. ¿Cuál es el tuyo: un coche tuneado, un póster de banda de rock, o algo más inconfesable?

EZ: No sé si llamarlo guilty pleasure, pero siempre he sido muy fan del Corvette Stingray. O, quizá, de un Aston Martin como el que usaba James Bond. El problema, claro, sería conseguirlo. Creo que esos coches son simplemente increíbles. Si alguien me quisiera regalar uno, sería maravilloso; si no, tendré que esperar unos años a ver si logro hacerme de uno. Y bueno, no es exactamente de la adolescencia, más bien de cuando era niño, pero si algún día pudiera recuperar mi colección de tazos y gel locos, créeme que también sería muy feliz.

BH: En tus propios términos, ¿cómo definirías el “rock and roll” en la vida de Emiliano Zurita?

EZ: El rock en mi vida lo he disfrutado en muchas facetas. Desde los 90, gracias a que tengo un hermano un poco mayor que siempre estuvo en bandas y tocaba la batería y la guitarra, pude acercarme a distintos sonidos y entender cómo el rock puede tener múltiples identidades para mí. Recuerdo cuando era muy chico escuchar a Linkin Park, después a Metallica, Mago de Oz, Nirvana, Foo Fighters… incluso Maná. Para mí, el rock siempre ha tenido muchas caras y me encanta ir explorándolas. Tengo playlists muy variadas: desde clásicos como Led Zeppelin hasta cosas más recientes. Hoy en día, además, he sumado a mi repertorio bandas como La Revolución de Emiliano Zapata, Los Dug Dug’s o Tinta Blanca, que me parecen increíbles y que me gustaría que más gente conociera. Justo gracias a la película de Avándaro descubrí muchas de estas agrupaciones, porque antes, más allá de El Tri, no tenía tan claro el panorama del rock mexicano. Me parece muy bonito darme cuenta de que, aunque el rock tal vez ya no ocupa el mismo lugar que tuvo en otras épocas, sigue teniendo muchísima vida. Para mí es un género que siempre voy a escuchar y que me emociona seguir ampliando en mis listas, sobre todo ahora que añadir música significa descubrir más propuestas de mi propio país.

BH: BADHOMBRE siempre pregunta: ¿cómo defines tu estilo personal cuando no estás en personaje?

EZ: Y por último, sobre mi estilo personal: la verdad es que me gusta usar lo que me haga sentir cómodo y que realmente me guste. Últimamente me he dado cuenta de que hay ciertas cosas que sí me llaman la atención, pero me da un poco de nervio usarlas. Siempre son esas prendas que piensas: “esto me encanta, pero está medio raro”. Y justo esas son las que terminan generando más comentarios positivos. Cuando me dicen: “¡ah, güey, se ve chido!”, me doy cuenta de que no estaba tan mal. Y aunque no recibas cumplidos, incluso si alguien te dice: “¿qué onda con eso?”, lo importante es que a ti te guste. Creo que la clave está en usar lo que te haga sentir bien, sin importar lo que digan. Yo soy muy difícil para comprar ropa porque, la neta, prefiero gastar en comida que en ropa. Pero sé que, cuando algo realmente me encanta, aunque salga de la tienda, termino regresando a comprarlo porque quiero usarlo sí o sí. No creo tener un estilo muy marcado ni considerarme fashion, pero disfruto ponerme lo que me llama la atención. A veces hasta busco la excusa de armar una comida o salir a algún lugar solo para usarlo. Al final, para mí mi estilo es eso: ponerme lo que me hace sentir bien y disfrutarlo.

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