‘Hamnet’ review: cuando el dolor se convierte en poesía
Seamos francos: Hamnet es absolutamente desgarradora. Tras apostar por el género de superhéroes con Eternals, Chloé Zhao regresa con una pieza de época sublime. La adaptación de la novela homónima de Maggie O’Farrell de 2020, impulsada por el romance y la poesía, cuenta la historia de los Shakespeare tras la pérdida de su hijo Hamlet.
Protagonizada por Jessie Buckley y Paul Mescal, el filme nos sumerge en un tormento lleno de angustia, belleza y un coraje rebosante. En un principio, todo es júbilo y regocijo. Conocemos a Agnes, testaruda y espiritualmente atrapada en un mundo que no lo comprende, refugiándose en la serenidad del bosque. Ve más allá de lo invisible, conectando con un entorno que moldea su identidad.
Las tomas de Agnes en el bosque resultan poéticas, y contrastan perfectamente con la inquietud y curiosidad de William: un joven profesor de latín que escribe con fervor a la luz de las velas, pero insatisfecho con su vida, anhelando ir más allá de lo establecido. “Un erudito de rostro pálido”, es así como lo define su hermano menor, Bartholomew (Joe Alwyn). Atraído por la energía de la “hechicera”, William encuentra una conexión sentimental que, lo libera momentáneamente, de su yugo.

El vínculo entre la pareja es magnético, rompiendo esquemas sociales y prejuicios que no les impiden formar rápidamente una adorable familia. Sin embargo, ese rumbo pronto se torna amargo y doloroso: nada es lo que parece. Cuando Agnes se convierte en madre––con escenas de parto intensas con un delirio físico que deja sin aliento ––,quedas abatido por la angustia que padece cuando William decide irse a Londres tras encontrarse nuevamente un limbo existencial y por la repentina muerte de Hamlet a causa de la peste.
La benevolencia inocente del pequeño (Jacobi Jupe) hacia su hermana es desgarradora: “Te doy mi vida … seré valiente”. Un diálogo que sacude y golpea directamente al corazón. Buckley ofrece una actuación magnífica y feroz, transmitiendo el dolor a través de lamentos que erizan tu piel. Un mar de agitaciones sacude la vida de la familia, alejándose perpetuamente en una brecha que evidencia una amargura interminable. Asimismo, quedas conmovido con Mescal, que canaliza la pérdida con un quebranto silencioso que solo logra expresar en versos.
Más que reconstruir la historia con fidelidad, Zhao pudo demostrar la realidad del sufrimiento tras una pérdida: lo difícil que es afrontar la verdad y convivir con ella. Las heridas son permanentes, la moral decae y el espíritu se vuelve frágil ante un futuro incierto–– como ese hueco oscuro que aparece entre los vastos árboles del decorado teatral–– hasta que algo los libera.
La alegría y el miedo se confabulan en Hamlet, la obra catártica de William que redime su dolor con una crudeza que grita en los diálogos. Poco a poco, la tragedia se refleja en el desvanecimiento del personaje (Noah Jupe), como un eco de la muerte del hijo perdido. La devastadora escena catapulta una resonancia más profunda: un vacío gris que, paradójicamente, abraza la esperanza como una caricia frente al agobio terrenal que nos define como humanos. ¿Ser o no ser?




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