‘Pillion’ review: la supremacia del introvertido
¿Por qué nunca una historia de amor gay puede tener un final digno? Es frustrante que los escritores y directores no consideren la posibilidad de otorgar un romance que no sea tan desmoralizador. Sin embargo, Pillion demuestra el lado más penoso y lascivo de la sumisión sin afecto, y lo duro que es ilusionarse.
Basada en la novela de 2020 “Box Hill” de Adam Mars-Jones, el director Harry Lighton nos sumerge en la historia de Colin y Ray (interpretados por Alexander Skarsgård y Harry Melling). Dos polos opuestos: un agente de tránsito retraído que canta en pubs y que vive con sus padres, Pete y Peggy (Douglas Hodge y Lesley Sharp) y un dios nórdico que lidera una banda de motociclistas, atraídos por un juego de control tan sofocante como magnético.
Al dúo lo conocemos en Nochebuena. La madre de Colin, desesperada por encontrarle novio, le organiza una cita. Sin imaginar que un galán envuelto en cuero se fijaría en él, consigue su atención y se reúnen al día siguiente en un callejón oscuro. Colin no puede creer su suerte y comparte la buena noticia con sus padres, quienes lo apoyan incondicionalmente; un detalle encantador que los convierte en sus mayores animadores dentro de una transformación bastante oscura.

El “encuentro casual” termina por seducir a un extasiado Colin, que no duda en lamer botas de goma tras quedar hipnotizado por el sonido del cierre. Ser dominado de una manera tan salvaje lo atrae, sin imaginar que su vida cambiará a un ritmo penetrante. Es tan adorable ver cómo Melling le da a su personaje una inocencia entrañable y curiosa que termina abrumando.
La inexperiencia sexual de Colin no impide que Ray lo maltrate; de hecho, lo invita a su casa. La frialdad del motociclista no es abiertamente sádica, aunque con el tiempo se vuelve denigrante. Colin impacta con lo temeroso y obediente que es al seguir instrucciones. No cuestiona que Ray lo trate como un sirviente, pero su relación se dulcifica. No hay besos ni abrazos, sino una escena de lucha libre agonizante que muestra que es una relación nada convencional.
Mientras todos saldrían corriendo, Colin parece fascinado por la atención que recibe de este hombre casi divino, que desafía el estereotipo del motero. Esa “aptitud para la devoción” le permite entrar al mundo de Ray, quien lo transforma a su imagen: su encantadora melena rizada es afeitada, y adopta el rol del Pillion, usando una cadena con candado y esperando desnudo sobre una mesa de picnic.
Y en efecto, el sadomasoquismo aturde, pero la jugada del director está en cómo logra profundizar en ambos personajes, dejando ver quién realmente domina y quién se somete. La dignidad de Colin es pisoteada, confinada a un entorno en el que es tratado como un objeto: duerme en la alfombra y vive bajo la extrema frialdad de Ray. La narrativa de Pillion, explícita y audaz, se equilibra con un humor incómodo que convence gracias a la presencia de Skarsgård.
La fuerza de Pillion radica en la fricción de su dinámica de poder. En algún punto, todo se quiebra y se exige más, dejando que el romance florezca… solo para desaparecer cuando Ray no logra aceptar lo que siente por Colin. Esa repentina mirada de pánico conmueve, aunque el dolor no impide que el protagonista resurja con fuerza.
Pese a que el fetichismo roza el abuso, la crudeza emocional del filme deja ver lo difícil que es admitir lo que uno quiere. Aun así, resulta grato ver que Colin madura y termina por tomar las riendas de su vida.



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