En defensa de los Birkenstock
Es bastante desafiante escoger el calzado ideal que me acompañara en mis tragedias. De manera irónica, realzo esta situación —que para muchos es una bobería— ya que no soy tan presuntuoso con mi guardarropa. ¿Quién diría que unas sandalias Birkenstock se convertirían en mis mejores amigas?
En cierto punto, mi estilo no puede trascender más allá de looks refrescantes. Viviendo en una ciudad donde el estilo boho es casi la normativa oficial, me resulta prudente adaptar el minimalismo hacia una perspectiva caribeña. No soy la clase de persona que ostenta tanta fanfarronería en la ropa, a menos que sean piezas versátiles y atemporales.
Los Birkenstock llegaron como una solución eficiente ante la dificultad de estresarme por lucir chic. Nunca imaginé que fueran lo único que calzara diariamente. Tal vez me pierda la diversión de escoger sneakers u otros zapatos que le den un toque entusiasta a mis looks, pero mi incesante despreocupación me hace elegir su lánguida sencillez.

No son relativamente caros (tomando en cuenta que otros modelos varían con precios elevados) los Birkenstock son una inversión prudente. Son discretos y milimétricamente atemporales. Claro, muchos los ven como algo repugnante e insípido, pero su apreciación es limitada. Son funcionales: combinan con todo al suavizar la rigidez de la elegancia. Solo observa cómo, en otoño, todos las empiezan a usar con calcetines.
Inesperadamente, son parte de mi esencia. Mientras una fiebre por las sandalias encabeza los titulares, este cambio de paradigma representa una oportunidad de experimentar con algo que indiscutiblemente usarás. Este delirio me hace pensar sobre si adquirir otro par, ya que mi perrito las mordió… pero aún siguen luciendo impecables.



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