Matías Meszaros: Entre el motor y la cerámica

Matías Meszaros: Entre el motor y la cerámica

En el tercer piso del Museo Carrillo Gil se presenta la muestra Manual Intuitivo: no soplar ni usar saliva sobre las piezas, curada por el colectivo PETRA. La exposición reúne 23 obras de artistas jóvenes y consolidados que dialogan a través de inquietudes conceptuales, emocionales y sociales. Es una propuesta fresca que impulsa el talento emergente dentro de un espacio institucional con historia y prestigio.

Hace siete años, a solo 1.8 kilómetros del museo, Matías Meszaros estudiaba Ciencia Política en el ITAM. En sus ratos libres visitaba las salas para descubrir nuevas propuestas culturales, sin imaginar que algún día volvería, no solo como visitante, sino como artista, con una instalación de veinte esculturas cerámicas en las mismas salas que lo inspiraron. Además de su obra, Matías dirige Rascarrabias, un espacio cerámico donde da clases, vocación que también nutre sus procesos creativos y le permite experimentar con técnicas, esmaltes y procesos de distintas tradiciones. Su trayectoria demuestra que la pasión, acompañada de constancia y dedicación, puede ir más allá de un pasatiempo.

Matías Meszaros: Entre el motor y la cerámica
Fotografía: Diego Rdz Flores / Styling: Bicho

Sus esculturas, con apariencia metálica, parecen situadas en un futuro distópico, como reliquias de un mundo lejano. Suspendidas, como si estuvieran flotando en el espacio, las sombras que las acompañan siguen sus contornos, multiplicando su presencia. 

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    Gracias al Museo Carrillo Gil y al INBAL, el artista nos concedió la exclusiva; en la entrevista que sigue, comparte su proceso, inspiraciones y reflexiones sobre la cerámica y el arte contemporáneo.

    Tu relación con la cerámica comenzó de forma casual en un taller en la Roma y hoy das clases y expones tu obra. ¿En qué momento sentiste que dejó de ser un hobby para convertirse en tu vocación?

    Fue bastante reciente que empecé a tomar la cerámica como un trabajo de tiempo completo. Hasta enero trabajaba en Canal 11 como editor y productor de un programa, y con el tiempo me enfoqué directamente en mi obra. Empecé a los 18 años, justo antes de entrar a la universidad, y desde ese verano me apasiona la cerámica y el arte en general. Intento mantener la misma emoción de cuando era un pasatiempo. Busco un equilibrio entre estabilidad económica y libertad creativa. Muchas veces inicio una pieza y la destruyo a la mitad para empezar otra; lo importante es seguir activo, reflexionando a través de la materia.

    Has mencionado que aprendiste de una tradición importante: el taller de mujeres alfareras de Tláhuac. ¿Qué enseñanzas de ellas siguen vivas en tu obra?
Mi conexión con ellas es indirecta, a través de mi maestra María Fermina Gerdes, quien se formó en ese taller. Estas mujeres iniciaron su proyecto después del sismo del 85 y mantuvieron viva la tradición hasta hace pocos años. María me enseñó sus técnicas, desde el amasado hasta el torneado. Así aprendí los procesos tradicionales y, con el tiempo, gané confianza para experimentar con otros métodos y materiales.

    ¿Qué tanto influye la política en tu trabajo?

    Estudié Ciencia Política en el ITAM. La escuela era exigente, pero en mis ratos libres encontraba refugio en el Museo Carrillo Gil. Nunca imaginé que, años después, mi obra estaría expuesta en las mismas salas que tanto me inspiraban.

    Creo que toda obra artística tiene tintes políticos, aunque no se proponga como tal. En mi caso, aparece como crítica al desarrollo infinito, al impulso de avanzar sin cuestionar hacia dónde vamos. En las series de Motores Obsoletos pienso en cómo seguimos reinventando cosas que ya existen, cómo la historia se repite. No me interesa la política partidista, sino reflexionar sobre un futuro donde todo lo que fabricamos puede volverse inútil.

    Tu obra me llamó la atención porque es cerámica, pero no parece cerámica. ¿Qué nos enseña este material sobre el tiempo y la paciencia?

    La cerámica es de los procesos más lentos y deliberados. Cada pieza requiere su tiempo de secado y todas cambian mientras se transforman. Enseña a respetar el proceso. Muchos llegan al taller esperando llevarse algo el mismo día y se sorprenden al descubrir que puede tomar un mes.

    Me fascina porque replicas procesos de la naturaleza: calor, presión, tiempo. Es recrear condiciones que a la Tierra le tomó millones de años, pero en un ambiente controlado. Siempre me recuerda a un viaje en el tiempo.

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    Ahora combinas técnicas mexicanas, japonesas y estadounidenses. ¿Cómo logras que convivan sin perder tu identidad?

    Todas me nutren. Cada cultura se comunica con la cerámica de forma distinta: posición de manos, materiales, enfoque. Hoy la globalización permite aprender de cualquier parte del mundo, y eso genera nuevas maneras de fusionar técnicas y crear obras modernas y experimentales. Yo preparo mis propios esmaltes, mezclo pastas y quemas, y pruebo fórmulas de amigos. Cada pieza es resultado de un proceso constante de investigación y experimentación; no se trata solo de esculpir, sino de probar hasta que algo funciona.

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    Fotografía: Diego Rdz Flores

    También das clases en “Rascarrabias”. ¿Qué aporta la enseñanza a tu proceso creativo?

    Dar clases me ha enseñado muchísimo. Ver cómo cada persona se acerca al material me renueva y me recuerda cómo fue aprender desde cero. Uno repite tanto los procesos que se vuelven automáticos, y enseñar obliga a estar presente.

    Cada alumno aporta una nueva perspectiva. Puedo aprender de un artista que trabaja con metal o hasta de un banquero que me habla de su trabajo y de su vida desde otro lugar. Esas experiencias tan diversas amplían mi panorama y me enriquecen como persona.

    Hablando de tu exposición actual, ¿cuál fue la inspiración y qué mensaje quieres transmitir?
La pieza surge de una conversación con los curadores. Queríamos expandir sobre la idea del Bocho de Damián Ortega y aplicarla a mis motores. Motores y turbinas obsoletas imagina un futuro donde la basura de la Tierra orbita en el espacio. Cada fragmento flota como una explosión suspendida en el espacio.

    El mensaje es reflexionar sobre lo que materializamos. Vivimos obsesionados con crear nuevas versiones de todo, olvidando los objetos que nos trajeron hasta aquí. Las piezas no son motores reales, sino imaginarios; mezclan partes reconocibles con formas inventadas, como un eco de nuestro propio exceso.

    ¿Qué aprendiste de esta experiencia?

    Fue la primera vez que instalé mis piezas suspendidas y en distintos ángulos. Aprendí que mi obra puede existir al revés o de lado; no todo tiene que estar sobre una base. El diálogo con los curadores, que también son artistas, fue clave: todo se pensó en conjunto con Manuel, Frisa y Eugenía. 

    Esto me abrió el panorama sobre cómo quiero presentar mi trabajo a futuro. Saber que una pieza puede verse mejor al revés cambió mi forma de pensar la cerámica.

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