Andy Medina: Entre el lenguaje y el origen
Antes de que exista una palabra, ya existe lo que nombra. Con el paso del tiempo hay lenguas que desaparecen, símbolos que se olvidan y culturas que se van diluyendo. Andy Medina creció en el centro de Oaxaca, a quince minutos de sitios arqueológicos zapotecos que llevan más de mil años en pie, en una ciudad donde la gente siempre supo que una pared puede decir lo que una voz no puede. Todo eso lo marcó. Y en lugar de dejarlo atrás, lo convirtió en el punto de partida de su obra, donde lo que el tiempo amenaza con diluir siempre termina siendo una pregunta abierta.
Artista, curador y gestor cultural, Medina ha construido una práctica que trasciende el estudio. Su obra ha circulado por el Museo Universitario del Chopo, Salón Silicón y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, entre otros espacios. En 2024 intervino el Museo Tamayo con su mural “Humano es la cuestión” y ese mismo año participó en la Triennial de Diseño del Cooper Hewitt en Nueva York. Pero quizás lo más revelador de su forma de entender el arte es lo que cofundó en casa: YOPE Projects Space, un colectivo y espacio independiente de arte contemporáneo que nació en 2017 en Oaxaca, donde artistas jóvenes trabajan juntos abriendo espacios de creación y exhibición. En 2021, durante Art Week en Ciudad de México, YOPE presentó “Loma Bonita” en Kurimanzutto.
Tuvimos la oportunidad de visitar YOPE en Oaxaca, donde Andy nos dio un recorrido por la ciudad y nos concedió esta exclusiva. La entrevista a continuación habla del lenguaje como acto político, de los símbolos que sostienen una identidad y de lo que significa nombrarse a uno mismo cuando las palabras aún no existen.

Creciste en el centro de Oaxaca, una ciudad culturalmente muy rica, cerca de vestigios zapotecos. ¿Cómo se convirtió todo eso en el material de tu obra?
Crecer en Oaxaca lo siento como un privilegio. Mi madre es conductora de radio desde que yo era pequeño, con un programa de radio cultural, entonces yo crecí escuchando música del mundo y también local. Eso, combinado con salir al centro, ver la arquitectura colonial y prehispánica, explorar los sitios zapotecos y mixtecos cercanos, Mitla, Yagul, Dainzú, marcó mucho mi memoria. Yo era muy vago de niño. Salía desde los once años a caminar, a meterme en los lugares, a ver qué había.
Pero creo que algo que definió un antes y un después fue el año 2006. El magisterio se rebeló, bloquearon la ciudad por más de seis meses, y lo que más se veía en las calles eran esténciles, graffiti, pósters, consignas. Eso definió mucho mi perspectiva de lo que es el arte y de lo que es Oaxaca. Todavía hoy caminas por la ciudad y ves protesta visual en la calle.
Las grecas de Mitla llevan más de mil años en pie, en los muros zapotecos, reutilizadas en la iglesia que los españoles construyeron encima, y ahora en tu pintura. ¿Qué significa usarlas hoy?
Sigo considerando Mitla un centro ceremonial vivo. A pesar de que ya no tiene la cultura originaria habitando sus edificaciones, el hecho de que siga en pie, que mantenga ese lugar geográfico, creo que conserva el origen para el cual fue creado, que tiene que ver con los rituales. Cuando vas, hay una energía contemplativa, armoniosa. No es una energía pesada. Es campo abierto, te relajas, hay una conexión contigo mismo.
Lo que me conecta conceptualmente es que la greca no tiene una traducción literal. Los arqueólogos se han dado cuenta de que no funciona lingüísticamente de manera directa. Es algo entre el símbolo y el pictograma. Lo que representa es la unión entre el Inframundo y el mundo que habitamos. Mitla literalmente es la ciudad de los muertos, un portal.
Para mí el lenguaje es el pilar de mi obra. El momento en que el humano tiene la capacidad de interpretar la realidad, de generar simbolismo, ese es el origen del arte. Y la greca es exactamente ese punto, donde encuentro la conexión más intelectual, estética y lingüística con mi origen. Estoy muy orgulloso de que ese patrimonio exista a pocos kilómetros de donde crecí. De alguna manera también prevalece en mi obra.

Tamayo y Toledo definieron lo que el mundo entiende por pintura oaxaqueña. Tú llegaste después, con internet, con referencias globales. ¿Cómo construiste un lenguaje propio desde ahí?
Cuando regresé a Oaxaca después de estudiar en La Esmeralda, me di cuenta de que no había muchos espacios para artistas de nueva generación. Venía empapado de colectivos independientes en Ciudad de México, con ganas de experimentar, de ser irreverente. Con otros artistas aquí abrimos YOPE en 2017, para dar cabida a propuestas que querían mostrarse, conectar con la comunidad, salirse del corral.
Algo que nos identifica como generación es que ya traíamos las referencias de internet. Nuestras influencias no se limitan al contexto local. Tenemos acceso a historia del arte, imagen y pintura de todo el mundo. En mi caso hay una fusión entre pintura norteamericana y la tradición visual de Oaxaca. Es un cuerpo híbrido, una búsqueda constante. Y creo que ser pintor es exactamente eso, ver cómo se integran todas las referencias, tanto visuales como vivenciales.

Tradujiste “¿Quién es el analfabeta ahora?” al sámi en Noruega, al guaraní en Brasil, a lenguas indígenas oaxaqueñas. ¿Qué te llevó ahí?
Nació de una nota de periódico sobre idiomas en riesgo de extinción. Me generó preocupación e inconformidad, una especie de protesta interna. Pensé ¿Qué pasaría si traduzco esa frase a un idioma amenazado? Porque existía y aún perdura la idea de que ir a los pueblos a alfabetizar era una obra altruista, cuando en realidad es la imposición de un sistema ideológico a través del idioma. Lo que hice fue subvertir esa lógica. Traduzco preguntas o palabras retadoras y las escribo en zapoteco, en mixteco, que de hecho cada lengua tiene su propia forma de referirse a sí misma. La gente se acercaba, no entendía, leía el pie de página y entonces hacía clic. Es una pieza muy sencilla, pero también muy irreverente e irónica. Eso me parece perfecto.
La erosión lingüística es una crisis humanitaria. Sucede en todo el mundo y Oaxaca es solo uno de los lugares que la vive. Yo, habiendo crecido rodeado con toda esa diversidad, con toda esa riqueza cultural, sentí que era muy orgánico poder abordar esa problemática desde el arte.
Dijiste que ser trans está íntimamente ligado al lenguaje, que usaste distintas palabras a lo largo de tu vida para nombrarte. Esa misma búsqueda aparece en tu obra. ¿Cómo dialoga ese proceso personal con el artístico?
Hasta que nombras algo, existe. Yo desde muy pequeño me percibía como un chico, pero no tenía las palabras para comunicarlo. Llegué a expresarlo en algún momento con compañeritos desde el kinder, pero no había un lenguaje disponible para sostenerlo. Fue hasta alrededor del 2015 cuando empieza a visibilizarse toda una ola de personas que lo hacen público, y cuando me identifico con la transexualidad, todo coincidió. Hubo un clic. Encontré una paz mental que no había tenido en mucho tiempo, y me sentí muy afortunado de ser testigo de esta generación, de poder decir que las luchas de personas que nos anteceden llegaron a este momento.

Mis pronombres son él, he, him. Y creo que hay una diversidad enorme de formas de identificarse. Las palabras también pueden ser limitantes. El lenguaje nos hace funcionales dentro de una sociedad, pero también es subjetivo, y esa ambigüedad es lo que lo hace tan interesante. Aquí en Oaxaca el tercer género existe desde hace mucho tiempo. En la India también hay palabras para eso. Depende mucho de los lugares y las culturas.
¿Cómo has navegado entre instituciones y espacios independientes sin perder la autenticidad en el proceso?
Sí he tenido muchos cuestionamientos sobre cómo posicionarme al respecto. Porque a veces la crítica hace entender que estar dentro del sistema te hace contrario, que dejas de ser un artista revolucionario. Y creo que es una visión muy sesgada. Una cosa es ser artista, otra cosa es ser crítico, otra cosa es ser curador, y el artista enfrenta situaciones y vivencias que no pueden ser traducidas en otros ámbitos de lo cultural.
En mi caso he generado una selección de espacios y de coleccionistas con los cuales trabajo, y otros con los cuales no me gustaría relacionarme. Tiene que ver con una ética que se ha ido construyendo desde mis valores. Me gusta entender el arte también como una especie de palanca. Muchos artistas atestiguamos contextos más sencillos, y el hecho de poder traducir toda esa vivencia, ese lenguaje, llevarlo a estratos con influencia e insertarlo ahí, me parece poderoso.
Me gustaría redirigir lo que genero con mi trabajo hacia la comunidad, habilitar proyectos que puedan apoyar a otros. YOPE es una manera de hacer eso, darle espacio al talento emergente. No solo en lo financiero, sino en lo simbólico. Un artista consciente entiende que el arte no termina en la obra, sino en lo que logra activar a su alrededor.





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