Manuel Pidal: Entre la devoción y la bestia
Siempre es complicado encontrar lógica en lo abstracto, y quizás ese sea precisamente el punto. Como señala la curadora Sandra Sánchez: “Trabajamos con la imaginación, no con un juicio lógico”. Desde ahí opera el universo de Manuel Pidal: artista, curador e historiador del arte que construye su práctica desde la etimología de las cosas, la ficcionalización de espacios y una invitación constante a cuestionar cualquier motivo de identidad fija.
Su pintura huye de la línea —esa herramienta que divide y limita— para refugiarse en la mancha. Lo que vemos no son formas contenidas sino el rastro de un cuerpo en movimiento, gestos amplios que habitan el lienzo antes de que la imagen decida qué quiere ser. No busca representar un objeto sino invocar una atmósfera. Sus negros ópticos, herederos del barroco, no son ausencia sino profundidad; la oscuridad como el territorio donde ciertas cosas se vuelven visibles para quienes saben mirar.
Además de su práctica pictórica, Pidal tiene una activa labor curatorial: junto al colectivo PETRA —que comparte con Eugenia y Frisa— produjo Manual Intuitivo en el Museo de Arte Carrillo Gil. Como artista, su obra ha circulado por espacios como ThirdBorn (CDMX, 2025), Consigna (Nueva York, 2025), Virreina (Bogotá, 2024) y Orma Arte (Roma, 2024). Su solo show más reciente, De lo camaleónico y otras bestias en Proyectos Multipropósito (CDMX, 2026), es el punto de llegada de una investigación que comenzó mucho antes que la obra misma.
Lo que sigue es una conversación sobre graffiti, serpientes, fe y la posibilidad de seguir siendo uno mismo en cualquier entorno.

Hablas de lo camaleónico como una forma de adaptación. ¿De dónde nace esa idea en tu vida?
Más que supervivencia u adaptación, lo camaleónico de forma personal tiene que ver con la pertenencia. Nací en el Distrito Federal: mi mamá es de Guerrero y mi papá de Asturias. La mitad de mi familia materna emigró a San Diego, y desde niño percaté formas de convivencia diferentes: un día visitaba a mis tíos deportados en Ecatepec y al siguiente estaba en un restaurante en Polanco con mi familia española.
Con el tiempo entendí que no pertenezco a ninguna de esas culturas en su totalidad, sino a lo que se desecha de ese punto medio. Lo camaleónico me interesa -además de ser estrategia de depredación y metodología pictórica- en la posibilidad de mutar del mismo animal, de seguir siendo él mismo. No se trata de camuflarse para desaparecer, sino de tratar de ser lo más yo posible en cualquier entorno.
¿Tu primer encuentro con el arte fue en la calle o en la academia?
Creo que ambas al mismo tiempo. Un día llegó uno de mis tíos de San Diego y estábamos viendo a un tipo haciendo beatbox en YouTube; mi tío pausó el video e hizo exactamente el mismo sonido. Me impresionó. De ahí pasé al graffiti, que me enseñó también mi tío Juan (él pintaba “John One”). Empecé a los doce años a sentir curiosidad por lo que veía en la calle: primero con marcadores y latas de aerosol, luego haciendo murales y eventualmente regresando a la pintura. Aunque ya no hago graffiti, ahora tengo un archivo de tags y bombas que documento con la intención de recuperar piezas que llevan más de diez años en la ciudad. Ese cruce entre el beatbox y el graffiti es lo que dió pie a mi formación como artista.

En tu exposición aparece la idea de dioses que se devoran entre sí. ¿Cómo llegaste a pensar la fe desde ese conflicto?
Mucho viene de mi trayecto diario al metro Nativitas. De mi casa a la entrada del metro, conviven una iglesia católica, otra cristiana, una mezquita musulmana y un altar a la Virgen de Guadalupe. Pienso la devoración desde la misma posibilidad de digestión. Pienso también que, antes de todo conflicto político o social, se encuentra el religioso. Veo mi trabajo con el objetivo de siempre regresar al pasado y por ende tratar de darle un sentido simbólico a lo que hago individual o colectivamente. De ahí por ejemplo surgió PETRA, el proyecto curatorial que comparto con Eugenia y Frisa. PETRA etimológicamente significa; “sobre esta piedra edificaré mi iglesia”.
Dentro de esa misma intención de otorgar un significado simbólico, encontré una relación formal y de choque entre el colmillo, el relámpago y la espina. Me motivan Mark Rothko, Hilma Af Klimt y Germán Venegas; pintores que llevan su práctica hacia una búsqueda personal. La exposición invita a cuestionar los paradigmas de la fe sin la idea de una verdad absoluta. Vengo de una familia cristiana y sé que la religión salva y asesina a la gente; me interesa cuestionar sus estructuras, pero también decolonizar la idea de que la bondad o ascensión sólo está en lo que entendemos por la luz.
Dices que esta capilla está más cerca del Apocalipsis que del Génesis. ¿Por qué?
En esta capilla no cae el Espíritu Santo; cae un rayo. La muestra es protagonizada por las serpientes (esas otras bestias). Me clavé viendo documentales sobre serpientes: cómo cazan de noche, cómo ven en infrarrojo. Pensaba en la idea de “ser serpiente para pintar serpientes”, y así devorarme a Cristo. Mis propios movimientos al pintar empezaron a parecerse a los de una bestia. Quería devenir serpiente, devenir colmillo.
Eso se reflejó en la práctica industrial de la pintura: usé escobas y objetos para bolear zapatos. No podía pintar con cuidado. Como bien observó Juni Aranda, yo no exploro el barroco desde la luz, sino desde la oscuridad, y esa reflexión me marcó mucho. Me siento en un punto intermedio entre Antoni Tàpies y Cristóbal de Villalpando: uno cuestionando la tradición desde el gesto y el otro como gran maestro del barroco novohispano. Me gusta pensar en mí como un pintor del siglo XVI viviendo en el siglo XXI.


¿Qué significa hoy “fagocitar la luz” en tu pintura?
Siento que Occidente se adueñó de la idea de la “luz”, cuestiono cómo decolonizarla, devorarla. Mi nuevo proyecto es cultivar grana cochinilla y pintar sobre ayate. La grana cochinilla es un parásito que devora; ya no es solo devoción, es parasitar la imagen. Quiero encontrar una pintura abstracta decolonial. La oscuridad no es el mal; las serpientes cazan de noche y ven lo que otros no.
¿Qué te gustaría que se llevará un espectador después de ver la obra?
Me interesa la idea de la “mancha incómoda”: algo que rompe un espacio estable. Que sientan que hay algo escondido detrás de la superficie, la posibilidad de generar una duda.
Eres parte de una comunidad de artistas. ¿Qué lugar ocupa la amistad en tu vida?
Es fundamental. Intento generar amistades que acompañen la idea de sostenerse mutuamente. Por ejemplo cuando conocí a Emilio Morales por Instagram, me había invitado a exponer en la Neotortilleria. Hoy en día llevamos 6 años de amistad y espero que sean más. El mundo del arte puede ser difícil, por eso es importante construir círculos de resistencia y apoyo donde uno pueda ser realmente uno mismo.

En tu pintura hay capas y veladuras que parecen proteger un secreto. ¿Qué estás resguardando?
Con Sergio de la Garza (museografía) y Sandra Sánchez (curadora) nos dimos cuenta que la exposición intenta ocultar cosas. Hay gente que no ve la cúpula o no descubre ciertos recorridos. Me gusta esa idea de saber qué hay detrás de un muro. Cada pintura tiene capas y decisiones que me permito encimar. Tampoco necesito mostrar literalmente mi archivo familiar; no necesito colgar fotos de mi papá o mi mamá para justificar lo que hago. El archivo está ahí, pero transformado, implícito para los que me conocen.
¿Qué consejo le darías a un artista emergente?
Que miren su escena local. Que copien mucho: copien al artista que más les guste mil veces para entender por qué les interesa. Que sean honestos. Que generan amistades genuinas, porque todo eso es lo que realmente sostiene una carrera y una vida con el tiempo.




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