El machismo como herencia ¿tus padres te enseñaron a ser machista?

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Hace poco me encontraba racionalizando las acciones machistas de unos hombres que me topé en la calle. Mientras me gritaban y chiflaban, mi instinto de protegerme me llevó a los adentros de mi cabeza para tratar de sacarle una solución, o mínimo una razón de ser, a estas actitudes. ¿Quién les dijo a estas personas que esos chiflidos me llevarían a ellos? ¿Habrá siquiera alguien que les dijo eso? Porque, año tras año, generación tras generación, las mujeres han sido las receptoras de esos ruidos tan molestos en las calles que nos paran de punta los pelos.

Y mientras más me alejaba de ellos, el ruido se iba desvaneciendo y mi enojo disminuyendo, dije para mis adentros: “hasta parece hereditario”. Como si se prendiera una luz en un cuarto oscuro, la respuesta llegó a mí: el machismo viene siendo una herencia familiar. Claro está que no estoy hablando de algo hereditario como rasgos físicos entre parientes, pero sí de esas tradiciones que se pasan de padres a hijos y que poco a poco se van haciendo personales, pero siempre influenciadas por las lecciones que recibimos de pequeños. Todo esto para llegar justo al momento incómodo de recibir chiflidos en la calle y saber, muy en el fondo, que para quitar esas “tradiciones” el proceso será eterno. 

Como mujer he pasado por un proceso de deconstrucción larguísimo en el que me he topado con la situación incómoda de admitir que yo solita, en algún momento de mi vida, propague esas ideas machistas y abrí paso para que mis compañeros hicieran de nosotras lo que querían. Era un poco la discusión de “son niños, déjalos” combinado con un sentimiento de miedo a ser rechazada por alzar la voz sobre lo que me hacía sentir incómoda.

Pero justo ese pensamiento de que ser niños venía con una actitud asegurada de machismo es lo que en el presente no nos permite avanzar. Entiendo que es algo que se pasa de generación en generación y que depende de los padres iniciar el cambio en casa, pero hasta qué grado podemos justificarlo como algo hereditario, y hasta cuándo podremos admitir que es algo que necesitamos desaparecer.

Fotografía: Juan Ale.

Hemos superado tantos estigmas como sociedad que se me dificulta entender el por qué batallamos tanto cuando del machismo se trata. Inclusive yo, una feminista declarada, me encuentro en situaciones en las que mi yo machista sale a la luz y me enojo cuando no me pagan la cuenta en una cena, por ejemplo. Pareciera ser algo de costumbre esas reacciones, como si estuviera escrito en nuestras cabezas, algo que no acostumbramos a detenernos y cuestionar. 

Un ejemplo claro de tradiciones que no nos detenemos a cuestionar son las bodas, o bien, las relaciones amorosas en general, que evidentemente nos demuestran que se usa la excusa del romance para esconder el hecho de que son costumbres repletas de machismo. El tema de la propiedad de la mujer detrás de ciertas acciones en las bodas son cosas que, como sociedad, debimos haber dejado atrás hace unos años.

Por ejemplo, el hecho de que el hombre “debe” pedir la mano del padre de la novia para que la responsabilidad de cuidarla pase de un hombre a otro me da una vibra de venta de vacas por mujeres en los tiempos de antaño. ¿Por qué no mejor le preguntamos directamente a la mujer adulta con voluntad propia si ella desea el matrimonio? Debemos entender que ese “caballerismo”, esa sensación de pertenencia de una persona sobre otra, no es romántico sino es solo machismo enmascarado. Porque detrás de esas acciones “románticas” hay pensamientos, tal vez inconscientes, de lo que una mujer representa y cómo ésta es percibida.

Pero no solo eso, también existe cierta percepción del hombre, terriblemente dañina por cierto, dentro del machismo. La idea inconsciente, o tal vez consciente, de que naturalmente el hombre es peligroso, un animal sexual y alguien en quien no fiar está en nuestras cabezas desde que nos adentramos en la sociedad. Aprovechando el ejemplo del romance, están los famosísimos celos. Un verdadero macho desconfía de otros hombres con su pareja por el simple hecho de conocerse a sí mismo. Es como si existiera cierto respeto entre hombres que no existe hacia las mujeres, pero que viene con un gancho de desconfianza extremo. El mensaje de que el hombre no es humano, sino animal, es la base de los problemas que el feminismo desea arreglar. No somos animales, y no hay un ser superior al otro; pero sí es real que existe un desbalance social que es necesario arreglar. 

Entonces, así como muchas mujeres salieron de su crianza machista y se independizaron de las creencias patriarcales, necesitamos que también los hombres lo hagan. Ese desbalance creado por una herencia patriarcal nos está separando más que nunca como sociedad y esto es algo tan dañino para mujeres como para los hombres también.

Apoyarnos en el feminismo, el cual viene a reivindicarnos y eso siempre implica sacudir estructuras patriarcales, el cambio se vuelve cada vez más tangible. Son cada vez más comunes las familias inclusivas que enseñan a sus niños sobre estos temas porque, la verdad, esto es un tema que ya no se puede evitar ni esconder. Y es hablando sobre ello que las influencias parentales dentro de las familias estarán llenas de cambio y no de ideas anticuadas para ir abriendo camino a una nueva sociedad balanceada y pacífica.

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