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El mercado siempre fue un acto de belleza

Investigación realizada por Gustavo Prado de Trendo.mx para BADHOMBRE Mag.

Hay una pregunta que raramente nos hacemos cuando recorremos los pasillos del Mercado Juárez un sábado por la mañana: ¿desde cuándo somos así? ¿Desde cuándo la rutina de mercar —oler, elegir, regatear, cargar— forma parte de cómo nos construimos como personas, como cuerpos, como imagen? 

La respuesta es que siempre fue así. Que el mercado —mucho antes de ser mercado como lo conocemos hoy— era ya el primer espejo en el que los mexicanos nos veíamos y nos construíamos. 

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    La ciudad que no siempre fue ciudad Durante el siglo XIX, cuando la ciudad tenía apenas 113,000 habitantes, la lógica del comercio era radicalmente distinta. No ibas al mercado. El mercado venía a ti. Un ejército de vendedores ambulantes, buhoneros y pregoneros recorría las calles desde el amanecer. La dueña de casa se asomaba por la ventana, regateaba y bajaba la canasta con una cuerda. Era, literalmente, el Rappi virreinal. 

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    Foto: Mauricio Guerrero

    El verdadero núcleo de la belleza no estaba en un edificio: estaba en los puestos de herbolaria, con las sabias y curanderas que vendían sus productos al borde del camino. La cocina era el laboratorio de belleza. La grana cochinilla, ese insecto escarlata vendido seco en el mercado, se molía en mortero, se mezclaba con cera de abejas y aceite de almendras, y producía un labial rojo carmín —brillante, duradero, hecho en casa— vigente hasta el siglo XIX.

    La Plaza del Volador y la primera rue de la moda chilanga Si en el siglo XIX querías vestirte bien, comprabas materiales —pieles, cabritilla, abalorios, botones, encajes, listones— en la Plaza del Volador, junto al Zócalo. Luego los llevabas a la Calle de Plateros (hoy Madero), donde los sastres y patronistas te armaban el look completo. La inspiración venía de las revistas de moda europeas; las confeccionistas la aterrizaban en tela local. Esa influencia no era una imposición: era una negociación. Las mujeres tomaban los grabados franceses, los filtraban a través de lo que podían comprar localmente, y producían algo ya mestizo, ya urbano, ya chilango.

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    Foto: Mauricio Guerrero

    “Lo mexicano” es más joven de lo que creemos La idea de “lo mexicano” como identidad consolidada es un invento del siglo XX. El primer concurso de belleza en México —la India Bonita, 1921— fue un shock: el jurado eligió a Bibiana Uribe, una joven de 15 años de rasgos indígenas. México tenía una población de 90% mestiza o morena que tenía que ser convencida activamente de que su propia belleza era posible. Lo que hoy se siente como tradición inmemorial fue, en muchos casos, una construcción deliberada y reciente.

    La Condesa no nació elegante. Nació vacía. En 1903, lo que hoy llamamos la Condesa eran unos llanos despoblados a las afueras de la ciudad. La Roma fue el primer barrio planificado, construido por el cirquero británico Edward Walter Orrin. La lógica era clara: si quieres atraer gente hacia zonas alejadas del centro, tienes que darles servicios. Y el primer servicio que necesita un barrio nuevo es un mercado. 

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    Foto: Mauricio Guerrero

    Así nació el Mercado Juárez, exactamente en el cruce de las calles Juárez y Roma. En el pasillo comercial de la Calle de la Alberca Pane —hoy Abraham González — los negocios vendían tela por metro: percal, terciopelo, listones, hilos. 

    El mercado no fue una consecuencia del barrio. 

    Fue su causa. La cochinilla y el polvo de arroz Durante el Porfiriato, el polvo de arroz era el cosmético universal: arroz del mercado, lavado, tostado levemente y molido hasta lograr una textura impalpable. El mercado proveía los ingredientes. La cocina era el laboratorio. Las mujeres eran las formuladoras. Hacia 1880–1910, El Palacio de Hierro y las farmacias comenzaron a vender productos importados de Francia, Alemania y Estados Unidos. La cosmética se movió de la cocina a la tienda departamental.

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    Foto: Mauricio Guerrero

    La Revolución como maquillista Las décadas de 1910 y 1920 aceleraron un cambio que nadie había predicho: el mercado cosmético se democratizó. Los cosméticos dejaron de ser exclusivos de las ricas. Las flappers llegaron a México a través del cine y las revistas: pelo corto, labios en forma de corazón, ojos ahumados, cejas finas y arqueadas. Lupe Vélez encarnó este nuevo ideal.

    Pero la Ciudad de México de los años veinte no era solo una flapper. Era también el Estadio Nacional — inaugurado en la Roma en 1922, obra cumbre del Art Decó—, que promovía el cuerpo ágil y deportivo. Era los primeros edificios de departamentos, donde la intimidad se inventó como concepto urbano. Era las telegrafistas y mecanógrafas que ya no dependían del hombre.

    La cronista Cube Bonifant describió a la nueva mujer chilanga así: tacones altos, falda corta, un rostro que parece un patrón de colores —labios rojos, mejillas rosadas, párpados azules, pestañas negras, cejas marrones— cabello rizado, un mechón que le cubre la mitad del rostro. No era señorita de sociedad. No era campesina. Era la colonia Roma-Condesa hecha persona.

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    Foto: Mauricio Guerrero

    El Mercado Michoacán y las changuitas En los años cuarenta, la Condesa necesitaba un mercado a la altura de su nueva identidad: clase media emergente, moderna, práctica, urbana. El Mercado Michoacán surgió en un triángulo irregular de bodegas abandonadas. Funcionalismo mexicano: volúmenes limpios, concreto aparente, sin floritura. La belleza ya no estaba en el decorado. Estaba en la eficiencia.

    Sus clientas eran las changuitas: la joven urbana de la posrevolución, hija de obreros o empleados, alegre, práctica, coqueta y moderna. Imagina a una changuita de 1948 caminando por Tamaulipas un martes por la mañana. Lleva el peinado “victoria” que dictaba el cine, labios rojo cereza, un vestido de algodón estampado. Bolsa de malla en mano. Entra al mercado, el aire huele a jabón de lavanda y café de olla, se detiene en el puesto de cosméticos a probar el lápiz labial que vio en la revista Cinelandia. Regatea el pollo con la misma sonrisa coqueta que usaría para pedirle un autógrafo a Jorge Negrete.

    El mercado era parte del ritual de belleza. No un lugar donde abastecerse, sino donde actualizarse.

    María Victoria —que empezó en las carpas y se convirtió en ícono del Cine de Oro con su silueta curvilínea y su voz que mezclaba bolero y comedia— era la encarnación de eso. Moderna sin perder lo mexicano. Sensual sin ser vulgar. Práctica para la vida diaria.

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    Foto: Mauricio Guerrero

    La tradición más joven del mundo En 1951, Olga Costa pintó La vendedora de frutas: una mujer frente a su puesto lleno de piñas, mangos y papayas. La ropa y la disposición del cuadro no son las de un tianguis rural. Son las de un mercado moderno, urbano. Funcionalista. Chilango.

    Los mercados mexicanos no son una tradición inmemorial caída del cielo. Son una construcción moderna que fue evolucionando conforme la ciudad crecía, conforme las colonias se trazaban, conforme las identidades se negociaban entre un puesto de herbolaria y una portada de revista francesa.

    Cada vez que la ciudad construyó otro kilómetro, otro barrio, otra colonia, lo hizo alrededor de un mercado. Y cada mercado nuevo fue una nueva oportunidad para que los mexicanos nos miráramos en el espejo, eligiéramos una tela, probáramos un afeite, y decidiéramos —una vez más— quiénes queríamos ser.

    Ese son sigue tocando. En los mercados de hoy, en las colonias de hoy, en los chilangos de hoy.

    #yslblockparty #yslbeautymx

    Me gusta la cultura pop y Mariah Carey

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