El metrosexual ha vuelto (aunque jamás se fue)

El metrosexual ha vuelto (aunque jamás se fue)

La moda es tan … profética. Este año ha sido una pesadilla social: el insumergible conservadurismo de Donald Trump, que ahora se diluye incluso en cantantes de pop, ha desencadenado un limbo estilístico mezclado entre fantasías nostálgicas y pensamientos retrógradas. Sin embargo, la obsesión por una perfección tonificada por Ozempic y proteínas veganas ha reactivado una estética sensual y minimalista que dialoga con el resurgimiento del hombre metrosexual.

Hace poco, el crítico de moda Eduardo Diaz relacionó este fenómeno con la última colección lanzada por Demna para Gucci: pantalones flare de tiro bajo y chaquetas ajustadas, rematadas con botas puntiagudas lustradas. Un adulador guiño a la era de Tom Ford que se intersecta con ese deseo de volver al pasado. “Una sensualidad hipermasculina”, recalcaba.

Los estereotipos dosmileros resurgen con esta ola que idolatra una masculinidad apretada:bíceps marcados por camisetas con cuello en V, tank tops y uno que otro valor derechista que le impide aceptar la era woke. Este término que fue acuñado a mediados de los 90 por el periodista británico Mark Simpson para “satirizar lo que él veía como el precio del consumismo a la masculinidad tradicional”, nunca murió; más bien, se estancó como el menswear … o cambió de nombre.

Estos dandies que invertían tiempo y dinero a su apariencia personal––sin “que esté ligado a su orientación sexual”––representaban una apropiación cultural disfrazada que hoy se ha normalizado como un rasgo dominante en la personalidad masculina. Este gusto por el autocuidado y la sofisticación fue, paradójicamente, una forma tonta de discriminar a los gays. Esta supuesta ruptura que adoptó las costumbres “vanidosas” de este grupo, terminó por convertirse en una tendencia que hoy abraza lo femenino sin vergüenza alguna. El hombre se refugia entonces en ese estilo tan normalizado que llamamos “androginia”: un intermedio cómodo que le permite moverse con libertad entre pasillos y etiquetas. ¿Aún sea podrá distinguir un metrosexual pese a la cantidad de blogs que detallaban rigurosamente sus comportamientos?



David Beckham y Cristiano Ronaldo —figuras de la heterosexualidad contemporánea adicta a los goles— vuelven a ser estandartes para los hombres atraídos (no tan secretamente) por esta revolución estilística. “Quien se pintaba las uñas, se trenzaba el pelo y posaba para revistas gay, todo ello manteniendo un perfil masculino en el campo”, escribió Warren St. John en Styles al describir a Beckham. Una frase que hoy encaja con la fascinación por los jeans ajustados, las cremas y las lociones “que no ofendan la hombría” de la última década.

¿Un narcisismo performativo?

La proliferación de metrosexuales  reaparece también en la nueva generación de actores hollywoodenses. El mes pasado, la estrella de Stranger Things, Joe Keery, asistió al estreno de la quinta temporada de la serie con un deliberado look: un chaqueta súper ceñida de cuero, una T-shirt de corte extra ajustada y unos vaqueros negros rectos … una silueta entallada que resume este fenómeno con un enfoque (hasta ahora) únicamente por la moda y no tanto por la belleza. Los hombres se preocupan cada vez más por su apariencia.

Claro, estos son cambios sutiles, pues aún persiste una preferencia colectiva por la silueta holgada ochentera. En una sociedad más diversa y abierta, el metrosexual renacido adopta un estilo más desenfadado, pero sensual. La orientación sexual se vuelve irrelevante, aunque esta ola de giros políticos amenaza el concepto original con el retro-metrosexual: el amante del traje corporativo y la barbería pulcra.

Getty

Mientras algunos lo ven como una oportunidad para demoler tabúes reciclados, esta tendencia abre direcciones que incomodan la realidad. ¿Por qué a los hombres debería darles temor admitir que usan cremas hidratantes o sueros antiedad? ¿O confesar que aman a cierto diseñador por sus pantalones skinny? No todo placer existe para gustarle a una chica o a un partido político: también existe el amor propio y sus implicaciones. Las normas que rigen a los hombres son construcciones sociales. ¡Existe el libre albedrío!

Claro, si el metrosexual pretende refugiarse de nuevo en piezas eróticas––y no tanto el rockero bohemio de Hedi Slimane––, no debería ser un problema… salvo que implique una cuestión política. Una omisión que difícilmente podremos separar, incluso con toda la pasión que sentimos por la nostalgia.


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