McQueen Spring 2027: Sean McGirr contra el fantasma de Alexander
Sean McGirr no es Alexander McQueen. Hemos juzgado severamente a un diseñador que hace lo que puede con lo que tiene. En el poco tiempo que ha estado dirigiendo la firma, sus intentos por recapturar la genuina fricción y la energía transgresora de sus predecesores han sido moderados y poco convincentes para una clientela acostumbrada a una oscuridad cargada de romance y vulnerabilidad.
Regresar a Londres fue un movimiento sensato e inteligente. Ciertamente, el diseñador necesitaba la furia y el arrebato de la ciudad que una vez inspiró a un joven McQueen y en la que, más que nunca, McGirr necesitaba empaparse. “Londres es un estímulo constante. Me encanta ese toque discordante en la forma de vestir de la gente aquí”, declaraba el irlandés sobre cómo el espíritu lúdico de la metrópolis lo inspiró.
Bajo las arcadas de la capilla de Lincoln’s Inn, la cavernosa estructura de piedra y la bóveda de crucería resultaban apropiadas para este retorno que generó entusiasmo, incomodidad y rechazo. La tensión es palpable, más aún al cargar con uno de los legados más elogiados y mitificados de la industria, mientras su trabajo se encuentra en un limbo existencial.
Es realmente penosa la situación que vive McGirr, pero tanto repudio no parece desvanecer ni titubear su mente; quizás eso lo impulsa a ser más incorrecto y “original”.




Su colección, que era una mezcla entre lo neoclásico y la cultura rave, tuvo interpretaciones demasiado profanas, como la obra El bautismo de Cristo de Piero della Francesca, aunque la sastrería era impecable.
Además de sus fabulosos vestidos góticos, a menudo transparentes —en especial, uno en tono hueso con un bodiceenvuelto en gasa y tul, uno negro strapless con corset floreado y otro de calaveras metálicas entrelazadas y bordadas a mano—, había otros futuristas, como uno azul y blanco de un solo hombro con múltiples volantes y capas de encaje, que resultaba en un intento fallido de experimentar con siluetas ondulantes. Los trajes con hombros cerrados que evocaban alas de ángel plegadas eran looks que la mismísima Daphne Guinness usaría.
Con los alocados peinados con gel al estilo mohicano, con forma de cuernos demoníacos, y lo profundamente llamativos que resultaban los grandilocuentes blazers elaborados por Huntsman —colaborador de McQueen—, estos fueron lo mejor de la noche. Nótese cómo un modelo plateado con incrustaciones de hojas y flores metálicas, otro blanco de rayas diplomáticas y uno psicodélico en verde, la divina y beatificada colisión de colores difusos, evocaban el efecto de distorsión de la retina quemada en una noche de luces como el azul con nubes.
Y lo que hacía más genial el tailoring eran los pantalones sastre de pierna recta —algunos con cortes en la rodilla—, ligeramente holgados, pero relativamente sádicos con los arcenes incorporados, resultando familiar su dureza y tenue ferocidad.
McGirr poco a poco está logrando que ese estado de paranoia y perfección que lo atormenta tanto se vuelva cada vez más una oportunidad de progreso y cambio, pero a medias.



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