¿Vestirse mal es un lujo… y un privilegio?

¿Vestirse mal es un lujo… y un privilegio?

En varias ocasiones he leído y escuchado cómo la gente rica se viste mal a propósito. La fiebre del estilo old money es interesante si la relacionamos con esta observación. De repente, los jóvenes comenzaron a usar beige y kaki de manera obsesiva. El minimalismo se convirtió en un fenómeno cultural que exhibía dos caras: una apreciación más sensible al detalle y un enfoque al utilitarismo. La sociedad decidió rechazar la ‘vulgaridad’ de la logomanía y optar por una elegancia discreta. Supuestamente, así es como la clase alta logra diferenciarse del resto, pero …  ¿qué tan cierto puede ser esto? 

¿Han visto cómo lucen Elon Musk y Donald Trump? Mientras discuten como adolescentes en la Casa Blanca, ambos se presentan con trajes horrendos y desaliñados, camisetas demasiado ajustadas y vaqueros desgastados. Al parecer, su forma de vestir les importa un bledo … siempre y cuando no afecten sus intereses. Entonces, aquí viene otra pregunta: ¿por qué seguimos relacionando la elegancia con la riqueza? 

A los grupos dominantes nunca les ha importado demasiado la estética. En cambio, a los nuevos ricos sí. Retrocediendo con el tiempo, la opulencia de la nobleza y el clero representaba algo inalcanzable. Lo material se prometía como recompensa divina, aunque esas falacias terminaron siendo en un detonante: las clases bajas se hartaron de sostener a la élite gobernante y decidieron actuar … con revoluciones. 

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    JD Vance / Getty

    Esta grieta económica forzó un cambio en los adinerados: su supervivencia empezó a depender de aparentar cierta precariedad en su imagen. Esa austeridad influenció también en su moral: la creencia de que el trabajo duro garantiza riqueza.

    Aunque bueno, esa mentira resultó el pretexto clave para incentivar a las masas a aceptar en jornadas laborales abusivas ¿Te suena familiar el “sueño americano”? Este mito, aunque difícil de sostener con el tiempo, persiste en nosotros. Seguimos relacionando la prosperidad con la burocracia y, aunque lo negamos, la ropa juega un papel importante en cómo nos definimos. Más allá de un contexto personal, el éxito se vuelve algo turbio. Si te das cuenta, los ricos se envuelven en una ilusión: aparentar una igualdad sutil, pero estratégicamente calculada. El estatus ya no se definía por una collar de perlas, más bien, la universidad donde estudiaste y el barrio donde vives lo puntualizan.

    ¡Observa a los CEO del siglo XXI! 

    Las nuevas generaciones creen que el lujo se manifiesta con la simplicidad. Qué ironía. Aunque claro, este apetito tampoco se sacia con mármol; el exceso sigue presente. Es un  contraste agudo que lucra con el buen gusto de la oligarquía capitalista, misma que ellos venden. 

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    Steve Jobs / Getty

    Aclaro: la moda no es algo banal. La aprecio, porque ha sido un refugio para mi infelicidad. Pero también reconozco su lado más cruel: la forma en que margina a ciertos sectores y perpetúa estigmas. Nadie debería sentir que necesita validar su estatus con una simple hoodie. Cuando eso sucede, la moda pierde su esencia artística y emocional.

    Sería bueno ejercer el libre albedrío, liberarnos de esa jaula y vestirnos para nosotros mismos, no para un sistema.

    Es un corresponsal enfocado a demostrar un apasionante gusto por la moda, entretenimiento y belleza. La semana de la moda es su aperitivo favorito por degustar. Contacto: Email: alberto@badhombre.com || Instagram: alberto.jimenezs

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