Cómo el vestuario de Little House on the Prairie devolvió la vida al oeste americano
La serie de libros de Laura Ingalls Wilder, Little House on the Prairie, fue adaptada nuevamente como una de las historias más bonitas y conmovedoras que Netflix ha creado en la última década.
La serie, creada por Rebecca Sonnenshine y basada también en el programa de televisión de los años setenta protagonizado por Michael Landon, nos ofrece un sentimentalismo envuelto en un realismo histórico tan idílico que sus escenas en la naturaleza capturan la belleza salvaje del oeste americano.
La trama nos transporta al Kansas de 1869, donde Charles y Caroline Ingalls (interpretados por Luke Bracey y Crosby Fitzgerald), junto con sus hijas Laura y Mary (Alice Halsey y Skywalker Hughes), emprenden la búsqueda de prosperidad y bienestar en un territorio desconocido, marcado por el miedo y la codicia. Personajes soñadores que desafían barreras, desde los roles de género hasta las diferencias raciales, en una época que el costume designer Mitchell Travers tuvo que recrear con rigor y fidelidad.
Un proyecto de tal magnitud requirió una atención meticulosa a los detalles: desde el desgaste propio de la intemperie, recreado mediante métodos de lavado del siglo XIX, hasta gorros tejidos con cestas.
La autenticidad era la prioridad. Increíblemente, todo el vestuario fue confeccionado a mano, permitiendo a Travers comprender mejor la vida de aquellos pioneros que buscaban un futuro mejor. El resultado mimetiza con sutileza una paleta de colores inspirada en los pastizales y los atardeceres, reflejando la resiliencia y los altibajos que atraviesan sus personajes.
En cierto modo, la ropa se convierte en un testimonio.
Incluso, la representación de la comunidad osage implicó la colaboración con artesanos indígenas —peleteros, herreros, fabricantes de mocasines y creadores de sombreros de piel de puercoespín—, quienes confeccionaron con sensibilidad y lucidez prendas tradicionales que reflejan una herencia mestiza. Bellamente compleja, pero también profundamente respetuosa.
Little House on the Prairie no solo habla de supervivencia; es una serie donde cada elemento ayuda a comprender mejor a sus personajes, al ritmo del violín de Pa y la banda sonora de Dan Romer.
Platicamos con Mitchell Travers sobre cómo su trabajo fue el verdadero encanto de la serie.
Alberto Jiménez: Quisiera empezar con Charles. Pese a que es un drama de época, sentí que muchos looks de él resultaban modernos. Por ejemplo: en el primer episodio al llegar al pueblo, llevaba puesto una barn jacket sobre una camisa de franela verde. ¿En quienes te basaste o tomaste como referencia para su guardarropa?
Mitchell Travers: Trabajamos a partir de fotografías históricas, estudiamos prendas originales y revisamos incluso las listas de equipaje de las personas que emprendían su viaje hacia el oeste.
Me parece interesante que el vestuario transmita una sensación contemporánea, porque creo que la moda masculina siempre ha mirado mucho hacia el pasado. Esa es una de sus características: no suele reinventarse de manera radical. Muchas de las prendas básicas del workwear y sus elementos esenciales se han mantenido prácticamente intactos con el paso del tiempo.
Por eso es posible encontrar una continuidad entre la forma en que se vestía entonces y cómo se usa y se combina la ropa masculina en la actualidad. Me gusta que Charles tenga un aire casi contemporáneo, porque eso permite que el público conecte más fácilmente con él. Sin embargo, todo proviene de referencias históricas.
Quizá el cambio más evidente esté en la altura de la cintura. En aquella época los pantalones se llevaban mucho más arriba de lo que estamos acostumbrados hoy.
Otro aspecto importante es que la historia transcurre antes de que la mezclilla se popularizara. Así que muchos de los cortes y elementos característicos del workwear ya estaban presentes, solo que todavía no se confeccionaban en denim. Esa es, en realidad, la gran diferencia.

La serie es más que una aventura en las praderas. Realmente noto la dedicación de evocar en la ropa aquel paisajismo natural y esplendor del oeste americano con la paleta de colores de la familia Ingalls. ¿De qué manera esa atmósfera les ayudó a sentar las bases del vestuario?
Fue tan importante que, incluso para las fotografías de prueba de vestuario, decidí cambiar por completo la manera en que las hacíamos. Normalmente, en el taller de vestuario las tomamos frente a un fondo blanco o un ciclorama, pero me di cuenta de que, en esta serie, el verdadero telón de fondo siempre iba a ser el cielo y el paisaje.
Por eso empecé a hacer todas las fotos de las pruebas con el cielo azul y el pasto verde como fondo, porque esa es precisamente la estética visual que define a toda la producción.
La naturaleza fue una de mis principales fuentes de inspiración. Desde el principio pensé en cómo los vestuarios iban a integrarse a ese entorno salvaje y completamente natural. Por eso utilicé los tonos azules y verdes como si fueran mis colores neutros, la base sobre la que construiría toda la paleta de vestuario.


Leí que muchas prendas fueron confeccionadas a mano utilizando técnicas del siglo XIX. En el caso del guardarropa masculino, ¿qué tan laborioso fue recrear esa autenticidad?
Es un proceso muy desafiante. Para una serie como esta necesitas confeccionar múltiples versiones de cada prenda, y trabajar con técnicas de la época requiere mucho más tiempo.
Eso se refleja incluso en los detalles más pequeños. Por ejemplo, hoy en día sería muy fácil utilizar una máquina overlock para terminar rápidamente las costuras de 10 camisas, pero ese tipo de maquinaria simplemente no existía en el periodo en el que transcurre la historia. Así que constantemente debemos preguntarnos dónde vale la pena aplicar las técnicas históricas y dónde tendrán un mayor impacto en pantalla.
Si un personaje se remanga la camisa, queremos que el interior de la manga también esté confeccionado con los acabados propios de la época. Al final, se trata de elegir nuestras batallas: decidir qué detalles aparecerán frente a la cámara y cuáles son los más importantes. Un buen ejemplo son los ojales cercanos al cuello o al rostro, porque ahí el público puede apreciar mucho mejor la técnica artesanal.
Además, siempre estamos luchando contra el tiempo. Así funciona la televisión: todo sucede muy rápido. Tenemos alrededor de 10 días de preparación, otros 10 días de rodaje y, en apenas cuatro meses, debemos completar todo el trabajo.
Es una carrera constante contra el reloj, pero hay aspectos en los que realmente vale la pena invertir ese esfuerzo. Por ejemplo, yo quería que el bordado transmitiera la huella de las manos que lo hicieron. No buscaba un bordado hecho a máquina; quería que pareciera elaborado por una persona, quizá dentro de una carreta en movimiento. Esa ligera imperfección aporta autenticidad y refleja una época anterior a los avances tecnológicos que hoy permiten fabricar prendas con una precisión casi perfecta.

¿Hubo algún personaje en particular que disfrutarás especialmente vestir? En lo personal, me gusto mucho la ropa que usa el Dr. George y el joven Adam.
Disfruté muchísimo trabajar en el vestuario de Good Eagle porque, incluso durante mi investigación, hubo algo que me sorprendió profundamente. Encontré fotografías de niñas indígenas vistiendo vestidos victorianos, pero conservando elementos tradicionales heredados de sus familias. Me pareció una imagen muy poderosa.
Todo esto ocurre en un periodo muy oscuro de la historia de Estados Unidos, cuando muchos niños indígenas eran enviados a internados con el objetivo de despojarlos por completo de su cultura. Sin embargo, en medio de ese contexto surgió una mezcla cultural muy particular. Era común ver a estas niñas y niños usando prendas tradicionales combinadas con botas u otras piezas que provenían de los colonos. Se creó una especie de híbrido entre dos mundos.
Encontrar el equilibrio adecuado para reflejar eso en Good Eagle fue uno de los mayores retos del diseño de vestuario. Constantemente nos preguntábamos en qué momentos debían predominar los elementos propios de la cultura osage y cuándo debían aparecer influencias occidentales o caucásicas. Era una línea muy delicada.
Para lograrlo no solo me apoyé en fotografías de la época, sino también en la guía de nuestra consultora osage, Julie O’Keefe. Su participación fue fundamental para asegurarnos de que estábamos contando la historia de la manera correcta y con el respeto que merecía la comunidad.


Percibí también que la serie busca romper varios estigmas sobre la cultura osage, permitiendo conocer con mayor profundidad e incluso mostrando cómo su vestimenta fue transformándose con la expansión estadounidense. Creo que William es un gran ejemplo: viste como un vaquero, pero conserva elementos de su identidad nativa. Podrías hablar un poco sobre la colaboración con los artesanos osage.
Tuvimos que producir una cantidad enorme de vestuario para los personajes osage, tanto para los protagonistas como para los extras. Su presencia era una parte fundamental de la historia que queríamos contar, y eso fue algo que realmente me alegró. Creo que la serie entendió muy bien que no se puede hablar del Viejo Oeste estadounidense mostrando solo una parte de la historia.
Desde que leí los guiones me dio gusto ver que se buscaba ofrecer una visión mucho más equilibrada. A partir de ahí surgió el primer gran reto: ¿cómo íbamos a producir tal cantidad de vestuario en el tiempo que teníamos?
Crear el vestuario de un solo personaje osage requiere el trabajo de muchísimos artesanos. Se necesita una persona para elaborar los roaches (los tocados tradicionales), otra para fabricar los brazaletes metálicos, otra para los sujetadores de pañuelos, otra para el trabajo de cintas decorativas en las polainas, otra para los hair pipe breastplates y así sucesivamente. Cada uno de esos elementos es realizado por especialistas distintos.
A diferencia de un vestido de la familia Ingalls, que muchas veces puede ser confeccionado casi por completo por una sola persona, el vestuario de un personaje osage implicaba la colaboración de numerosos artesanos. En algunos casos, entre 10 y 15 personas participaban en la creación de todas las piezas que, juntas, daban vida al atuendo completo.


Desde el punto de vista logístico fue un desafío enorme, porque no existía una sola persona capaz de realizar todo el proceso.
La buena noticia es que la investigación histórica estaba ahí para quien quisiera profundizar en ella. Trabajamos muy de cerca con el Museo Osage para reunir la mayor cantidad posible de fotografías de la época. También leí todos los diarios de Lewis y Clark sobre sus primeros encuentros con el pueblo osage, ya que contienen descripciones increíblemente detalladas. Además, recurrimos a las pinturas de George Catlin, algunas de las primeras representaciones visuales de los osage, que también ofrecen un nivel de detalle extraordinario.
Contar con toda esa documentación nos permitió construir un retrato mucho más fiel. Y fue muy emocionante pensar que, gracias a Netflix, esa historia llegaría a millones de hogares en todo el mundo.
Lo más valioso fue hacerlo en colaboración con la propia comunidad osage y con su apoyo. Fueron increíblemente generosos durante todo el proyecto. No solo compartieron sus técnicas artesanales, sino también sus historias, su memoria familiar y el legado de su pueblo. Todo ello se convirtió en una fuente inagotable de inspiración para nuestro trabajo.

¿Hay algún detalle del vestuario que te encante y que probablemente la mayoría del público no haya notado?
Tengo que decir que creo que nuestra audiencia es bastante conocedora. En general, son personas que incluso saben hacer este tipo de prendas o que tienen muy buen ojo para apreciar detalles como los tejidos de punto, el crochet o las distintas técnicas de manipulación de telas que utilizamos. Es un público muy informado, algo poco común, y por eso siento que muy pocos detalles pasan desapercibidos para ellos.
Además, están muy atentos al vestuario de la serie, y eso es algo que agradezco muchísimo.
Si hay un aspecto del que me entusiasma hablar, es del trabajo de tejido. Hay muchísimas piezas de punto en la serie porque, en aquella época, esa era una de las principales formas de protegerse del frío cuando caía el sol. Todas esas prendas debían elaborarse a mano, y para mí representaban otra oportunidad de incorporar el toque humano al vestuario tanto como fuera posible.
Por ejemplo, los gorros tejidos que usan Caroline y Mary, los guantes que reciben como regalo de Navidad o la enagua de punto que confeccionamos para el episodio navideño. Son piezas de una belleza extraordinaria.
Lo que más me gusta es que todo nace de algo muy humilde. Al final, solo se trata de fibras que una persona va trabajando con sus propias manos, puntada tras puntada, hasta transformarlas en algo hermoso.
Me hacía mucha ilusión que esos detalles auténticos de la época pudieran verse en pantalla, porque con frecuencia terminan eliminándose por cuestiones de tiempo o presupuesto. Afortunadamente, en este proyecto contamos con el tiempo suficiente y con los recursos necesarios para mostrar esos pequeños detalles históricos que, para mí, hacen toda la diferencia.


Cuando trabajas en una producción basada en un clásico tan querido, ¿qué esperas que el público recuerde del vestuario cuando piense en esta nueva versión?
Espero que el público se quede con ese sentido de comunidad que transmite la serie.
Vestimos a cientos y cientos de personas para construir un lugar que se sintiera vivo, donde cualquiera pudiera acudir a un vecino en busca de ayuda, incluso si ese vecino no se parecía a él. Eso era muy importante para nosotros, porque la historia reúne a personas con orígenes muy distintos.
En la serie conviven diferentes experiencias: la de la comunidad afroamericana, la de los colonos que llegaron desde las ciudades de la costa y la del pueblo osage. Todas esas influencias se entrelazan y, para mí, eso representa una de las facetas más auténticas de Estados Unidos.
Es un lugar donde personas de muy diversos orígenes llegan con la intención de construir una nueva vida. Por eso espero que, a través del vestuario, la audiencia también pueda percibir esa diversidad que, en mi opinión, siempre ha formado parte de la identidad estadounidense.

Little House on the Prairie se encuentra disponible en Netflix.




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