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Alberto Guerra y las herencias que le dejará a sus hijos

Alberto Guerra y las herencias que le dejará a sus hijos

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Por: Alberto Guerra

Miedos, obsesión, histeria, machismo, sumisión, depresión y en mi caso, adicciones… en fin, la lista es larga y apabullante cuando se trata de patrones de comportamiento que seguramente le heredarás a tus hijos.

Pero empiezo por el principio. Yo tengo tres hijos (18, 3 y 1 año) y a cada uno le ha tocado conocer a un “padre distinto”. Penélope (18), creció con la versión que aún no sabía qué pedo en la vida, que apenas se andaba buscando a los 19 años y que estaba lejos de encontrarse. Ese famoso cliché de “un niño criando a otro” fue lo que nos tocó vivir y no es un juego, da miedo pero sobre todo pones en riesgo la estabilidad emocional de una persona, tu propio hijo (de eso me daría cuenta mucho después en la vida). Luego de muchos años llegó Lua (3) y para ese entonces su padre tendría la “vida resuelta”, económica y emocionalmente al menos, pero ¿cómo se puede tener la vida resuelta mientras se está vivo y más con a penas 33 años? Es una gran mentira: la ilusión de lo externo y lo material como vehículo de estabilidad (ahora regreso a esto). Luego llegó Luka (1) a conocer a este señor que es su padre, después de haber aprendido a base de aciertos y desaciertos el gigantesco esfuerzo que supone ser madre o padre y que, increíblemente, es una mezcla entre aquel de 19 y el otro de 33 que aún sigue en búsqueda de sí mismo pero ahora, parece, el camino es un poco más claro.

Foto: Daniel Jáuregui

La gran mayoría de las veces tomamos el ejemplo de nuestros padres, aquellos que nos heredaron sus patrones comportamiento para trazar la línea de lo que no queremos para nosotros, y Dios nos libre de heredarles a nuestros hijos. Pero eso es negar la existencia de la vida misma, de entrada la propia. No somos el cúmulo de traumas, problemas o virtudes heredadas, por lo menos no solo eso. A lo largo de los años nos vamos creando nuestros propios patrones de comportamiento que, en mi caso, se alejaron tanto del de mis padres que me dieron la falsa sensación de haberlo logrado, haber roto la maldita cadena y haber logrado establecer una personalidad chingona, libre, abierta y sobre todo sin los preconceptos establecidos por esa otra generación. Una generación anticuada y que no entendería de ninguna manera los tiempos que corren, y eso es lo que le heredaría a mis hijos. Grave error. Los patrones de comportamiento se pueden romper, sí, pero es sumamente difícil y en mi caso doloroso ya que significan hacer un trabajo a conciencia de quién soy realmente, que nada tiene que ver con la imagen que tengo de mí mismo y ciertamente no soy aquello que quiero que el mundo crea que soy, esas son mis mascaras y todos las tenemos, las necesitamos.

Siendo hombre y “proveedor”, como me ha enseñado la historia que es mi obligación, me fui con la finta de la “vida resuelta”, casarme con una gran mujer, tener un trabajo, una casa, coche, ahorros en el banco y tratar de dejarle a mis hijos lo más que pueda para facilitarles la vida una vez que ya no me tengan. Y ¿eso es todo lo que les voy a heredar?

Con los años me he ido dando cuenta que no, inconsciente y conscientemente les voy a heredar mucho más que eso, entonces me di a la tarea de hacerlo lo más consciente posible. Oh sorpresa, soy un desastre, estoy lleno de miedos, traumas, mentiras, y como lo suponía, estoy muy lejos de ser quien creo ser. Me di cuenta entonces que todo aquello que les heredara, sería el resultado de un trabajo interno profundo que me llevaría a deconstruirme e intentar, de alguna, forma reconstruirme. Esa vaga idea de ser una “mejor persona” tenía más que ver con mi vanidad y cómo me ven los demás y menos con un trabajo interno real. Si desnudarme y zafarme de mis propios demonios y patrones de comportamiento nocivos me haría una mejor persona ante el mundo, bienvenido, pero esa no es la finalidad.

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Foto: Daniel Jáuregui

La meta máxima es que mis hijos crezcan observando a un ser humano en una constante e interminable búsqueda de sí mismo. Es tan doloroso, como gratificante, ese momento en el que dejas de culpar a tus padres, a la sociedad, el dinero, al gobierno, los filósofos y hasta los dinosaurios de todo el daño que te han causado y asumes la responsabilidad de las buenas y malas decisiones que has tomado (y seguirás tomando) en la vida y que te han hecho lo que eres. Hoy, en ese trabajo propio, he descubierto que mucho de lo que quiero para ellos, lo quiero para mí y mucho de lo que no quiero para ellos, me estorba a mí también. No tengo la vida resuelta y cada vez me doy cuenta que habré resuelto la vida el día que muera, ese día acabará (o no) la búsqueda incansable, porque la vida es mucho, muchísimo más que encontrar a tu pareja, tener trabajo y casa.

La vida (para mí) es un interminable viaje de idas y venidas: que no se puede resolver, solo se puede vivir y dentro de esa lógica he encontrado que la consciencia gana la tan anhelada libertad. No me mal interpreten, invariablemente les voy a heredar algo de lo que no soy consciente, pero eso es parte de la vida y la evolución. Si ellos no recorren su propio camino de auto exploración emocional entonces habré fracasado como padre, si nos les dejo algo que corregir sobre lo que han aprendido, habré fracasado rotundamente como padre. Porque más que educar personas “perfectas” -cosa que sería imposible- quiero que mis hijos -los grandes amores de mi vida- se conviertan en adultos que cuestionen todo, empezando por la propia existencia y la necesidad personal de evolucionar y que si algo van a haber aprendido de su viejo es que somos mucho más de lo que se ve a simple vista y que siempre podemos hurgar un poco más en nosotros mismos y encontrar todo lo que nos estorba, y también todo lo maravilloso que no sabíamos que éramos pero que ahí está. Esa será su chamba, su camino.

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