Leyendo ahora
El cuerpo que habito: Una exploración de la desnudez en el encierro

El cuerpo que habito: Una exploración de la desnudez en el encierro

Avatar

Día a día, el primer esfuerzo al que nos enfrentamos es al de sobrellevar nuestra propia vida y todo lo que implica vivirla. Levantarse de la cama y comenzar a respirar los aires que anuncian un nuevo día deja ver que eso es lo único nuevo a lo que haremos frente, pues en cuanto a nuestro ser, a nuestro cuerpo, a nuestra esencia, no hay más que la cotidianidad impregnada en la piel. Pareciera ser algo a lo que nos acostumbramos a ver, a tocar, a sentir, pero la ironía es tan grande que nos dice que, en realidad, nos falta mucho para conocernos tal cual somos.

Nuestro primer hogar no es otro más que el cuerpo que habitamos, no es el único, pero sí el más sincero. Se dice que es un templo, pero no se nos dice cómo cuidarlo y quererlo, hay algunos que se encuentran con los cimientos aún firmes, mientras que otros están en ruinas, ¿cómo sucede esto? Puede ser que a través de las guerras que atraviesa, en las que la lucha diaria es de amarnos tal cual somos, de dejar de lado los complejos, miedos e inseguridades para comenzar a valorar cada centímetro de la piel que nos viste. 

La búsqueda de lo bello en nuestro cuerpo no sólo es agotante, sino que es fascinante. Para muchos es casi una responsabilidad adornarlo de ropa, maquillaje, tatuajes, pero va más allá de tratarnos como un lienzo en blanco, el cual debe comunicar algo a toda costa, lo que sea, pero que sea algo sincero y que diga quiénes somos. Realmente se trata de empaparnos de significados, de lo que ocultamos en la desnudez y de lo que nos cuesta tanto demostrar. 

¿Qué hay de diferente en el cuerpo desnudo de otra persona? ¿No es parecido al mío? Tal vez el mío es más alto, tal vez tiene más estrías, tal vez es menos velludo. Con todo eso, con más o con menos, siguen siendo templos que pelean consigo mismos para levantarnos; nuestro cuerpo nos pertenece sólo a nosotros, es lo único con lo que nacemos y lo único con lo que moriremos, no hay nada más personal e íntimo que eso. Entonces, ¿qué es lo que realmente vale la pena a la hora de adornar nuestro cuerpo?

Fotografía: Alejandro Ortega.

El encierro con el que hemos vivido poco más de un año abrió una importante puerta en nuestra mente, la que da apertura a que nos enfrentemos contra el espejo. El eterno autoacompañamiento nunca fue más notorio como en estos meses, los sentimientos más profundos salen a relucir, pues no es fácil admitir en qué nos equivocamos al juzgar tan duramente nuestro rostro, nuestro cabello, las piernas que nos permiten correr y bailar, las manos que nos han dado la posibilidad de sentir tantas texturas, como la suavidad de un abrazo o lo áspero del pasto, los labios con los que hemos probado tantos sabores -amargos y dulces-, con los que hemos reído y besado. Nuestro cuerpo nos ha dado todo eso, felicidad, dolor, cansancio, excitación, ¿qué mejor forma de descubrir el mundo que desde nuestro sentir?

Tampoco podemos decir que todo es hermoso, muchas veces hemos permitido que otros ataquen nuestro cuerpo y nos hemos vuelto más obscuros que la propia sombra, una sombra que oculta los detalles, las líneas, los colores y la sensación de estar vivo. No es justo que se use algo tan natural como la desnudez para señalar, juzgar y descalificar. Los pechos sin cubrir, las canas sin pintar, las ojeras sin cubrir y el cuerpo imperfecto no deben ser armas usadas en nuestra contra, en realidad son la más pura forma de expresar quiénes somos; en los duelos que hemos atravesado y en las metas que hemos alcanzado es donde está escrita nuestra historia.

La desnudez es tan compleja como significativa, para algunos es algo hermosa, para otros es algo vulgar, frívola, sensual o incluso ordinaria. Lo cierto es que hoy en día tiene otra connotación, aún nos sigue poniendo nerviosos vernos desnudos en un reflejo lo más cercano a la realidad, todavía es difícil mantener una mirada fija que analiza cada rincón de nuestro cuerpo, pero también nos enseña el poder que tiene, la fuerza con la que nos levanta, con la que nos deja respirar, saborear, oler, sentir y ser.

Estar desnudos nos da frío, produce cosquillas, la piel se nos enchina, nos sentimos frágiles y vulnerables. Es muy difícil estar desnudo, damos paso a cualquier tipo de pensamiento y emoción, a algunos los hará sentir bien, en otros producirá vergüenza. Es más común encontrar comunidades virtuales en las que la desnudez es más natural, sin tapujos ni prejuicios. Compararemos nuestro cuerpo con el de otros, dudaremos sobre si nuestro propio cuerpo nos asusta, o quizás nos enamoraremos más de nuestra propia figura. Lo único que nos debería importar es lo hermoso que es tener un cuerpo para nosotros solos, mirarlo todos los días, tomar confianza y creer que no hay nada más fuerte que salir a la calle a enfrentar cualquier reto desde la comodidad de nuestro primer hogar, de nuestro cuerpo lleno de vida.

Ver Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

© 2020 BADHOMBRE CREATIVE STUDIO S.A. DE C.V. Hecho en México.