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La caducidad de la moda o por qué tu ropa no debería envejecer más rápido que tú

Hay una página japonesa de “curaduría” de diseñadores japoneses que nunca habré de nombrar públicamente porque revenden prendas de marcas de los mejores exponentes de la moda japo de los últimos 50 años y no quiero que me anden ganando en futuras subastas de Junya Watanabe -en alguna de sus miles de colaboraciones con Levi´s, Schott, CdG, The North Face y demás incontables manufactureros maestros de su craft, cuando tenga el dinero para hacerlo. Mi nunca finito amor y respeto por Junya Watanabe -de entre pocos, viene de la obsesión por su única tarea de hacer ropa que en la superficie se vea “común”, pero realmente sea la pieza más compleja y perfectamente ingenierada (is that a word?) para una larga y sana vida en los clósets del consumidor. O mejor aún: en su cuerpo. Algunas de las piezas que he visto en esta mentada página tienen más de 17 años de haber sido pensadas, diseñadas, hechas, puestas en venta y usadas -seguramente muchísimas veces con infinidad de usos y mezclas y siguen teniendo ese allure no solamente por ser piezas de culto, sino también por la calidad tanto en el diseño como en la ingeniería que 17 años después son igual de su tiempo como entonces. Este tipo de prendas no tienen fecha de caducidad.

En 1954, Coco Chanel diseñó la “veste Chanel”, una chaqueta cuadrada bicolor en tweed bouclé que, a la fecha -y con variaciones por parte del Maestro Lagerfeld, sigue siendo la prenda de ropa más vendida de la marca. Prendas como estas, que trascienden su contexto y que la calidad permiten que aguanten el paso de los años, son el tipo de prendas a las que uno va gravitando con más fuerza mientras se crece, pero ¿cómo se llega a ese nivel de pensamiento que entrega este tipo de resultados? Honestamente no lo sé. Podría pensar que es una reducción del estilo a su estado más puro, ayudado de una impecable confección y selección de materiales, pero eso no lo es todo. En 2011, Miuccia Prada -junto a Fabio Zambernardi y su equipo, diseñaron mis prendas favoritas de la historia contemporánea de la moda: unas camisas con print de bananas enmarcadas en filigranas barrocas, coronadas con monos y piñas y rayas verticales bicolor -todo el algodón japonés, que es más grueso y absorbe mejor los colores. El trabajo de genios.

Eso fue hace siete años y las bananas -entre otros siete prints representativos de la historia de la marca de 1996 para acá, regresaron en formas aún más clasheantes en la colección de otoño 2018 y se ven mejor que nunca. Son más de su tiempo esos prints ahora que en 1996 ó 2011 ó 2003 ó 2007 ó 2012, lo cuál refuta mi idea de la reducción del diseño a sus bases más puras. Supongo que las chaquetas Chanel o las bananas de Prada tienen su propia fecha de caducidad por sus propios factores. Siete meses después del debut de los nuevos prints Prada, también comienzo a notar que su caducidad se deberá más a la sobreexplotación de las prendas que por la sobreexplotación de los algodoneros nipones. Chanel no sufre ese efecto.

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En el menswear, como pasa con Junya Watanabe, la ropa es menos basada en tendencias, lo cuál ayuda al efecto de timelessness que se supone que debería ofrecer un diseñador del calibre (precio) de él. Lo que destaco de piezas suyas como de su colección de primavera 2001, “Poems”, es la inmediata carga emocional que le pone a las prendas en la obviedad de traer poemas nimios estampados en clásicos como jeans azules y chaquetas de mezclilla y camisas de botones -de hecho la colección es una de sus muy recurrentes colaboraciones con Levi’s -maestros manufactureros de la mezclilla en sus propios derechos. La doble función de gran diseño más el know how de Levi’s para la manufactura son un combo ideal, porque hacen que las prendas perduren por -hasta ahora- 17 años con la misma calidad e impacto visual y emocional que en el 2001 y sólo son un ejemplo, entre muchos (y a la vez pocos), de lo que se debería aspirar al consumirse y diseñarse. Me gusta creer que en 17 años podré usar mis camisas favoritas del presente con la misma confianza con las que las uso ahora sin tener que pensar en su caducidad. Es mi responsabilidad saber elegirlas, pero es responsabilidad del diseñador darme esa seguridad en su calidad y manufactura, porque como lo puede atestiguar esa página japonesa, su valor monetario sólo aumenta con los años y, con eso, el valor emocional que provocan.

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