“Es una maestría que adiestra y controla al bochorno y al sudor, por medio de una vestimenta sofisticada” – es como resumiría la blanda sobriedad realizada por Armani, haciendo un silencioso eco en las paredes del Teatro Via Bergognone. Una caribeña musicalidad palpitaba en las sombreadas palmeras, que abrieron paso a una primaveral austeridad que sus rozagantes hojas amaron sombrear, con desacostumbrados e inquietos estampados.

La apaciguadora brisa sopló reconfortantes y livianas prendas que sintonizaba una exquisita convencionalidad. No hay un elemento de novedad inmediata, sin embargo, su permanente nostalgia, es un imaginativo llamado al pasado. Vigencia que corroe en cada reajuste, que se mantiene actual por la genialidad etérea de su elegancia tan vanguardista. 

Tal contención estoica estaba en una progresiva variación, que borraba las puntiagudas solapas, convirtiendo blazers en casuales estructuradas jackets, añadiendo en repetidas ocasiones, una doble fila de botones que eran reformados con útiles bolsillos a los costados, deslizando su esbelta rigidez ante unos pantalones flotantes con pliegues, que se extendían desde la cintura. Pañuelos amarrados en el cuello, otorgaban una actitud jactada y coqueta. Sus gentiles e inimitables texturas, se dispersaron en una pigmentación bronceada, plateada, beige y rosa. Al atardecer, una oscura nebulosidad ilumina con íntegros conjuntos, acompañados de lustrosos loafers de bambú.  

Esta colección es profundamente relajante. Curiosamente, sus prodigiosos instintos y mirífico talento, cumplirán 50 años de estar al frente de una reverente y grandiosa cíclica obra maestra, preparada para ser usada en nuevas historias y planos, que erigen la arquitectura de la moda.

 

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