Valentino Fall 2026: Un renacimiento muy ‘Dynasty’
Todos los caminos llevan en Roma … o querríamos decir, a Valentino. La ciudad eterna fue testigo del resplandor y fulgor de Alessandro Michele, quien decidió presentar la colección de otoño en el Palazzo Barberini. Entre las imponentes columnas de mármol y las grandiosas pinturas neoclásicas, reforzaban la narrativa de querer mostrar la grandeza hedonista de Garavani.
Tras el fallecimiento del emperador de la moda, resultaba prudente organizar un homenaje a un extraordinario ser que imaginaba tanto a las mujeres como hombres como dioses. Así pues, el show fluyó con mayor naturalidad. “Realmente quería presentarme en Roma, pero no de una manera demostrativa, sino para volver a los orígenes de la marca, recuperando su poder”, exclamó Michele ante la prensa. Y en efecto, los salones dorados resplandecían con la majestuosidad estilística de la casa.
Tras casi dos años, Michele afirmó que se ve a sí mismo como una “interferencia” en el legado que construyó el fundador. “Yo siempre he sido un poco torcido”, dijo. Tal lucha emocional y visual ha generado una tensión: una disputa que no se trata como un retroceso, sino más bien como una oportunidad de enfrentar a una sociedad exigente.




Sin embargo, eso también ha hecho que su opulencia barroca se modere. La frecuencia del maximalismo se contenía primeramente con ecos de los excesos de los años 80: hombros marcados y estructurados que acentuaban la silueta fluida de los looks. “La libertad que tenían las mujeres… eran más independientes”, remarcó.
Imponentes y frondosos abrigos de piel se remataban con faldas translúcidas de organza. Aunque la verdadera suntuosidad de la colección residía en los drapeados y pliegues. La finura eclesiástica de este moldeado revitalizó el encanto de túnicas con estampados florales y blusones largos en tonos cálidos y metálicos, realzados con fajines de satén y lazos de cuero.
Los pantalones bombachos de tiro alto se moldeaban con pliegues asimétricos y un efecto de planchado que resultaba exquisito. Una pieza en común que también unía al menswear. Sujeta a esa tensión, la parte superior se engrandecía con la delicadeza de vaporosas camisas drapeadas, camisas de tuxedo informales, blazers double-breasted de satén y batas tipo trench coat con incrustaciones.




Las blusas de encaje con pronunciadas aberturas, unidas a faldas de tafetán con remolinos ondulantes, y aquel vestido rojo largo final —cuyo escote en V en la espalda se extendía desde los hombros hasta las pompas— á la Alexis y Fallon Carrigton eran fielmente el puente que dejaba convivir dos ideas al mismo tiempo.
“Siempre estoy con los pies en dos lugares diferentes”, dijo Michele. “Hay que aferrarse, hay que soltarse”.



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