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La cultura del aguante: sobre fútbol y violencia, un refugio para el patriarcado

La cultura del aguante: sobre fútbol y violencia, un refugio para el patriarcado

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¿Quién manchó la pelota de sangre? ¿Las barras, la poca seguridad en los estadio, los hooligans, “los trapos”, las canciones, la sociedad o los medios? La realidad es que todo y nada aislado a la vez. En el fútbol, siempre se ha manejado la violencia desde narrativas bélicas que enmarcan a la masculinidad. 

Se habla de tener “awante”. El tener “awante”, para un barrista, es cantar los 90 minutos de juego, viajar y acompañar a su equipo en las canchas, ponerle color a las gradas, ya sean locales o visitantes, llevar tatuados los colores en la piel; pero lo que más valida a ese “awante” es no correr a la hora de una pelea con la barra rival.

Si bien, Sudamérica ha sido epicentro de las barras y sus occisas consecuencias, México es un país que se ha teñido de rojo a causa de los narco-estados, la pobreza, la desigualdad social, la impunidad, instituciones locales y federales disfuncionales y el abandono de un tejido social que parece descompuesto con múltiples muestras cada día: desde las autoridades y líderes políticos embarrados de sangre y corrupción hasta enfurecidos hombres dispuestos a matar a otros por la simple razón de tener una playera diferente a la suya.

Las imágenes de aquel sábado en el estadio Corregidora, dan muestra de lo que, como sociedad, en parte somos permitimos y normalizamos. Pero, ¿cómo es que llegamos aquí? Tal vez si nos ponen el problema en las narices seamos capaces de acercarnos a la solución. Así que vayamos por partes. 

Barras y Federativos 

Las barras fueron importadas del sur de nuestro continente. El color que imprimían a los juegos (con coreografías, bengalas, bombas de humo y papelitos, con los colores del equipo) era realmente vibrante. Un espectáculo aparte, que tenía como fin, la intimidación del equipo visitante y la sensación de orgullo en los locales.

Asimismo, los “trapos” con frases u oraciones, decoraban las rejas que contenían a los hinchas de cada club. En este sentido, los robos de aquellos “trapos” y playeras, que sirven de trofeos, entre las tribunas,  fueron un indicio de persecución; orgullo para los ladrones y humillación pública para los robados.

Todo esto sucedido frente a nuestros ojos, los cuales jamás se detuvieron a leer los desplegados; y cerca de nuestros oídos, los cuales nunca prestaron atención a las canciones entonadas, pues pensamos que eran cuestiones que formaban parte del ambiente pambolero.

Es así, como podemos ver que la violencia en el fútbol nunca incomodó a directivos o autoridades, siempre y cuando el saldo blanco se diera en el estadio y sus al rededores. Sin embargo, las narrativas bélicas siempre estuvieron presentes como un asunto inocente y de color.

Así, las barras se amenazaban por medio de redes sociales y nos limitábamos a decir que era lamentable para después olvidarse bajo el calor de la “pasión”. Algunos ejemplos de bote pronto, sobre focos rojos de violencia son: los nombres de barras como: La “Masakre” de Tijuana , El “Kartel” de Juárez (en el cual se habla de un secuestro hacia aficionados de León, un día antes del sábado negro del 5 de marzo); dos nuevas sedes de fútbol en estados con el rojo por el narcotráfico, y directivos que hacen mofa de ello en plataformas digitales.

Las propias barras tienen sus códigos: “aquí no se corre, aquí hay ‘awante’, aquí nadie abandona”. ¿No les suena a un discurso bélico? Y cómo no, si el fútbol dejó hace mucho su papel de deporte, de cohesión social, de comunidad para dedicarse a ser un negocio asquerosamente capitalista, donde lo que menos importan son las incidencias humanas, mismas que son rebasadas por el dinero y sus intereses. 

Por si fuera poco, en la era de Chivas del señor Jorge Vergara, se pusieron de moda los llamados desplegados, frases de burla, mofa y provocación al rival. México es un país que jamás ha entendido la diferencia entre humor y burla; así, la burla busca humillar y a través de la humillación, el poder jerárquico representado en fútbol; el de un club sobre otro y por tanto de su hinchada.

En la actualidad, cuentas de redes sociales oficiales de clubes, como los de Guadalajara y Puebla, mantienen una narrativa de humillación hacia sus rivales, dejando en el olvido el llamado juego limpio y la honorabilidad de ser un vencedor digno. Así, lo cambian por la burla, la provocación y animación al odio. ¿Hasta cuando las directivas verán esto con ojos de “son muchachos siendo muchachos”? 

Medios de comunicación 

“Párese que esto es para hombres” dice el periodista Christian Martinoli, pero ¿qué es “para hombres”? y ¿qué lo determina? Programas como “Fútbol Picante” o “La Última Palabra” que se anuncian como genero de mesas de “análisis”, basan su audiencia en polémica y comentarios incendiarios sin ningún filtro, sin ningún mensaje de conciliación ni conciencia. Para variar, ambos programas estelares, en la barra deportiva, están hechos y conducidos por hombres, cuya constante expresión de juego refiere a la metáfora de los genitales: “Hay que ponerle blanquillos”. 

De esta forma, pareciera que tenemos líderes de opinión incendiarios e irresponsables, y no es que los comentaristas inciten a los seguidores a golpearse entre ellos a las afueras del estadio, pero el único atractivo de esos programas es la pelea que se enfrasca entre el que es “Chiva” y el que es “Puma” o entre el que dice que a un club le ayudan y a otro no. ¿Cuántas veces hemos visto a dos analistas insultarse o “sacarse los trapitos al sol”,en vivo, solo para tener la razón?

Por otro lado, es importante mencionar que aún quedan comentaristas con esa capacidad de conciencia o responsabilidad social, pero son pocos. Así, recordemos que las palabras que usamos no son solo palabras, son la forma en la que verbalmente nos posicionamos política, social y culturalmente ante el mundo.

Mandatos masculinos 

Ya hablamos de los discursos bélicos en las barras de fútbol. Ya hablamos de la industria de la violencia en los medios, pero ¿cuál sería el origen de todo esto? En mi opinión, los mandatos masculinos. En este sentido, la masculinidad es un capital que debe verificarse constantemente en diversos contextos. Por ejemplo, aquel que no come carne, no bebe en exceso o gusta por la hipersexualidad, es enseguida un hombre cuya masculinidad no es suficiente dentro de la cultura codificada. Se espera de nosotros como hombres, por cultura, que debe gustarnos beber hasta perder, compartir mujeres desnudas vía WhatsApp o dar la vida por nuestro equipo dentro de un estadio, ¿suena absurdo no? 

Estos factores son variados y singulares, sin embargo, hay dos que tomaremos en cuenta para entender un poco más a fondo y de manera estructurada, cómo se manifiesta en la violencia.

Empecemos por el pilar de la fortaleza. Los hombres tenemos el mandato de la fuerza y la valentía. Cómo hombre, el tener miedo es un signo de inferioridad en el gremio masculino. Mostrarse fuerte y valiente es una regla que se debe seguir si se quiere pertenecer al “club de los machos”.  Así, los barristas de Querétaro subieron fotos a sus redes sociales con frases como “corrieron una vez más”. ¿Y qué esperaban?, si corrían por sus vidas.

Hace unos años se hizo viral el vídeo de un un aficionado de Atlas, en donde el autor con la cabeza completamente rapada, hizo frente a una decena de hinchas de Guadalajara a pie firme, recibiendo y dando golpeas, hasta que otros barristas de Atlas llegaron para equilibrar las cosas en cuanto a número de agresores. El tipo pasó a ser un héroe local y del club por su “awante”. ¿Qué hubiera pasado si en ese momento cambiamos la narrativa de un héroe a un hombre que por mandatos masculinos, no tuvo otra opción que plantarse? ¿Qué pasaría si aquella noche hubieran matado a un hincha de Atlas? ¿Acaso creen que las víctimas de ambos bandos no sintieron miedo, tristeza y vulnerabilidad? Por supuesto, pero una sociedad patriarcal, no deja espacio para ello. 

Qué peligro que como hombres, tengamos la obligación del ejercicio de la violencia para hacernos respetar. Y aquí llegamos al segundo mandato: la agresividad. ¿Has escuchado el “lo resolvemos como hombres”?, o mejor dicho a golpes. Porque los hombres somos sinónimo de agresividad y violencia. Por eso nos bajamos del auto a golpear a otro conductor por cerrarnos el paso. Por eso golpeamos la pared cuando nos frustramos. Por eso nos alcoholizamos, porque un hombre de verdad no toma una o dos cervezas, y mucho menos light. 

Para abrochar este tema, la responsabilidad de este lamentable suceso recae en los directivos del fútbol, que jamás se han preocupado por resolver temas tan puntuales como los mencionados arriba u otros constantes como por ejemplo, la simulación del grito homofóbico que se menciona en redes y medios, pero jamás es pronunciado por la misma Liga Mx. ¿Cómo pretenden solucionar algo que ni siquiera se atreven a mencionar como problema? 

Medidas y decálogos hay muchos para la prevención de la violencia en los estadios, pero no es más que una pequeña aspirina para un cáncer que nos hace delirar como sociedad cada día. Al escribir esto, les pido lectores, no olvidar que lo ocurrido en Querétaro es una barbarie, pero tampoco que es una situación aislada, pues todos los días, de la misma forma, asesinan a mujeres en este país, donde las causas están a la vista, pero pareciera seguimos ciegos ante ellas.

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