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No puedo salir de la cama

No puedo salir de la cama

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En ocasiones no puedo salir de la cama. El simple hecho de intentar descobijar, incorporarme y empezar mi día me resulta imposible. La energía no está, no tengo hambre ni deseo bañarme. Es extraño porque suelo ser una persona muy limpia, grado obsesivo, me baño dos veces por día si tengo que salir a la calle –no le digan esto a mis amigos ambientalistas–. Pero esos días simplemente no puedo. Pero tengo que poder. 

Puede resultar ridículo llamar al trabajo y decir: “hoy no tengo ganas de vivir, ¿puedo tomarme el día?” Tal vez si fuera una fractura o alguna discapacidad física no parecería tan ridículo pretexto mi argumento. “¡Hola! Me fracturé un brazo, creo que tendré que tomar unos días”, “Estoy en los últimos meses de mi embarazo, el doctor recomendó reposo”. ¿Notas la diferencia? 

Fui diagnosticado como maníaco depresivo y un grado leve de trastorno obsesivo compulsivo después de una larga lista de terapeutas, psicólogos, psiquiatras y neurólogos. Al principio mis padres religiosos pensaron que era tan sólo un niño rebelde y contumaz –así como lo dice la biblia– y necesitaba asesoría espiritual. Después me enviaron con un terapeuta cognitivo que me ayudaba a tener mayor control sobre mi día a día. Al crecer las depresiones empeoraron y las manías también. 

Mi padre –un poco menos religioso que mi madre. Siempre me gusta compararlos con los personajes de Ned Flanders y Maude de la serie Los Simpsons– decidió que lo mejor era llevarme con un profesional. Así di con la primer neuróloga, la cual me diagnosticó Epilepsia Parcial en el Lóbulo Frontal. Wow… eso suena complicado. Al parecer esta parte de mi cerebro no funcionaba bien. La epilepsia es algo así como un corto circuito y dependiendo la zona que afecta es lo que puede ocasionar. En mi caso, periodos de ansiedad y depresión. 

Fueron las terapias más incómodas de la vida. Tuve que mencionar frente a Sus Santidades –así es como llamo de cariño a mis papás conservadores– santo y seña de todos los vicios en mi vida. Cuánto alcohol consumía, desde cuando, cuanto fumaba, desde cuando, cuanto cogía, desde cuando. Después de un tiempo la doctora no pudo continuar con mi tratamiento y decidió transferirme con un neuropsiquiatra y psicoterapeuta que tal vez podría apoyarme de manera más integral. 

Entre más viejo el consultorio, mejor el doctor. Me lo dijo otro paciente mientras se frotaba compulsivamente las manos y me sonría de manera incómoda en la anticuada sala de espera en una casa antigua de la Colonia Americana. Había llegado temprano así que debía esperar una hora para mi cita. Esperar una hora con ansiedad, en un cuarto viejo, con revistas viejas y música anticuada vieja. 

Llegó el momento de entrar a consulta. El Dr Salvador era amable y directo, me hizo enfrentar muchos de los prejuicios que tenía sobre mi propia enfermedad y me ayudó a investigar sobre los alcances de la misma. Para ese entonces la OMS había declarado que la depresión sería la segunda causa de incapacidad en la población productiva a nivel mundial para el 2020. No estaban equivocados. Actualmente la Secretaría de Salud cree que aproximadamente el 15% de los mexicanos padece de alguna enfermedad mental y al menos 1 de cada 3 tendrá a lo largo un padecimiento –ya sea temporal o permanente– que lo lleve a este sector. 

La cifra me parecía aterradora. Sólo podía recordar a mi abuela materna al final de sus días lidiando con fuertes depresiones en medio de su bipolaridad. Por las mañanas reía de todas las bromas, por las tardes podía llegar a insultar y por las noches pedía perdón por todo. Creo que de ahí mi humor negro. En ese entonces sólo podía preguntarme si ese era mi destino; claro, en el mejor de los casos. México cuenta con un pésimo sistema de salud en cuestión de padecimientos mentales –bueno, no sólo en cuanto a eso– y en muchas de las ocasiones estos pacientes terminan en situaciones de calle o en instituciones de baja calidad.

Aún así no podía evitar darme de alta de vez en cuando sin autorización de mi médico. Abandonaba la terapia y el medicamento cuando me sentía mejor sin preguntar las consecuencias. Claro, a los meses o par de años regresaba con una fuerte crisis. Al parecer eso es también normal. Salvador me contó que la depresión clínica suele ser cíclica y puede regresar con fuertes episodios cada 3 o 5 años. Ese dato me conmocionó aún más. ¿Eso significa que seré un discapacitado mental por el resto de mi vida? Con periodos breves de funcionalidad, menos mal –léase con sarcasmo–. 

Y hablando de sarcasmo, no tienen idea como me encantan los discursos de motivación personal. Uno de los mayores problemas de los padecimientos mentales es la invisibilización y el negar su existencia. Cuando caemos en el positivismo exacerbado no tratamos de la manera adecuada un padecimiento que podría ser clínico. No, no vas a estar mejor echándole ganas. No, puede que no sea cuestión de sonreír más y cambiar tu actitud. Si tienes algo que necesita tratamiento profesional, nada de los discursos de tu amiga o amigo o influencer coach de vida te hará sentir mejor. Es incluso irresponsable este tipo de recursos, las consecuencias de una enfermedad mental mal tratada podría resultar en daño a uno mismo o a terceros. 

Continuando con la invisibilización, hablemos de los astros. A nadie ayuda que culpes de posibles traumas o afecciones mentales a las posiciones de estrellas y planetas. No, el hecho de que no puedas salir de tu cama probablemente no tiene que ver con la posición de la luna. Si necesitas ayuda o conoces a alguien que la necesite, no tiene nada de malo hablar. Eliminemos el tabú que existe en acudir a un profesional de la salud mental. Así como acudimos al dentista –o deberíamos– cada seis meses, normalicemos el sacar una consulta con un psicólogo o terapeuta para externar nuestras emociones. 

Han pasado 9 años desde que inicié mis terapias. No puedo mentir, ha sido agotador, pero también me ha enseñado mucho. Para empezar es importante recordar que no estamos solos. El hablar de este tipo de padecimientos no sólo nos ayuda a externar y poder procesarlos de mejor manera. Claro, el hablar desde la información. Ahora cualquiera en redes sociales se autodiagnostica sin siquiera acudir a un profesional a una necesaria revisión. También nos ayuda a dar visibilidad a enfermedades que en ciertos sectores de la población aún son un tabú, lo que ocasiona que no reciban la atención necesaria. 

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Hace algunos años durante una crisis escribía lo siguiente a partir de un informe que leí de la OMS: 

Es difícil, pero no imposible. Se aprende a vivir con ello, a usarlo en favor e incluso verlo como un aliado. Y es que en momentos de crisis es cuando emerge lo mejor de nosotros, la debilidad obliga a ser fuerte y cuando se ha tocado fondo no hay otra opción que subir una vez más. Se pueden canalizar los sentimientos y sensaciones por medio de actividades artísticas y físicas, rodearse de seres queridos, adentrarse en la naturaleza. Ayudar a otros puede resultar también bastante terapéutico. Pero sobre todo llevar un tratamiento y acudir con un profesional.

Y por más difícil que parezca la crisis, puede ser y será superada. 

Pero aún así, si no puedes producir tus propios neurotransmisores, no tiene nada de malo comprarlos en la farmacia. Claro, con la receta de un profesional de la salud mental.

Israel Vázquez. Tapatío en CDMX. Me gusta tomar tequila y escribir, siempre al mismo tiempo.

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