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Un nuevo rostro. La vida continúa después de un año de confinamiento

Un nuevo rostro. La vida continúa después de un año de confinamiento

Parece que desde hace casi un año la vida se detuvo, pues tras la necesidad de protegernos y defender nuestra vida de un virus con el que aún seguimos lidiando, y del que todavía aprendemos, hemos detenido nuestros días. La realidad es que no es así, la vida continúa, nada se ha puesto en pausa, simplemente cambiaron las formas de realizar las rutinas y resulta complicado atender las necesidades que teníamos antes y sumarle los sentimientos, los miedos, los aprendizajes por los que diariamente atravesamos.

¿Cuál es la prioridad hoy en día dentro de nuestro propio mundo en el que existen distintas preocupaciones? No es una sola, son cientas, ¿qué tan pacientes hemos sido? Es difícil creer que no hay otras realidades más duras que la propia, pero es en este punto en el que vale la pena mirar tras una ventana para darnos cuenta que nuestro vecino, nuestro amigo, nuestro compañero de trabajo, quien sea, tiene su propio relato.

El cambio tan repentino a los modos en que se llevaba con normalidad la vida resultó tan notorio que aún es difícil acostumbrarse a ello, y si bien no existe un instructivo, es cierto que no podemos estar a la expectativa de lo que ocurrirá, solo queda adaptarnos. El transcurso del tiempo únicamente ha ayudado a asimilar estas situaciones, pero no a convertirlas en algo aceptable o común. ¿Todo esto lo vive de la misma manera un chico de 19 años a un hombre de 50?

Para alguien tan joven parece que todo se ha terminado, frente a una situación que lo imposibilita a realizar las metas a las que siempre aspiró, es como un obstáculo para crecer y encontrar su lugar en el mundo. Con 19 años, este confinamiento llegó en el peor momento. En el peor momento para estudiar, en el peor momento para divertirse y en el peor momento para ser. Se dice que la madurez se alcanza con la experiencia, ¿qué sucede cuando, desde hace un año, las experiencias más notorias se viven en el mismo lugar de siempre, en casa, entre paredes quietas y contra el tiempo que corre sin hacerse notar?

Fotografía: Alejandro Ortega.

La confesión se entiende entre las palabras de desánimo y la visión negativa sobre esto. Para esta generación no hay mucho por lo cual motivarse. Sí, continúan con clases en línea, reuniones por videollamadas con sus amigos, un nuevo desplazamiento hacia lo virtual que les devuelve un poco la sensación de convivencia y normalidad, pero ni siquiera eso les deja una completa satisfacción ni ese gusto tan soñado de vivir. 

Los sentimientos de desesperación están cada vez más presentes y atacan en cada momento. Día con día tratan de descubrir un nuevo “yo”, una nueva forma de ser, pensar y sentir que les permita seguir adelante. Para alguien de 19 años, lo que lo puede motivar hoy en día es poder decir que frente a un momento tan crítico tuvo la fortaleza de continuar, de un día poder contar que fue parte de un acontecimiento que probablemente quede como uno de los más impactantes en la historia de la humanidad. Resulta ser que a esta generación el dejar huella, el haber sido partícipes de esto, es lo que compensa la falta de oportunidades por hacer algo más que quedarse en casa. 

No se pueden minimizar aquellas sensaciones de tristeza o desánimo que nacen en los momentos de reflexión, pues no es para menos llegar a experimentar una profunda melancolía por únicamente dedicarse a sobrevivir. Mirarse al espejo es un verdadero ejercicio de redescubrimiento en el que cada vez es mayor el esfuerzo por encontrar las voluntades que un día definieron su esencia; tal vez ya no existe, o tal vez cambió, y sólo tal vez se debe aceptar que ya nada será igual. La tecnología ya no parece ser la única amiga que necesitan estos jóvenes, pues el hecho de ver a un teléfono celular o a una computadora como la única opción de divertirse, aprender, comunicarse, implica ver esto como un muro que frena sus potenciales. A nadie le gusta sentirse limitado.

Fotografía: Alejandro Ortega.

Lo anterior deja pensar que en ningún momento la vida se detuvo, y mucho menos se terminó. Para alguien de 50 años esto queda muy claro, y además invita a analizar que la vida no se acaba a esa edad, que aún existen más cosas que ponen a prueba esa esencia que hace que se identifiquen con sí mismos y con lo demás. La vida aún sigue a los 50 años, los sentimientos no se fueron, permanecen latentes.

La madurez llegó hace tiempo, los propósitos ya se cumplieron, las metas de vida se alcanzaron; eso parece que es algo que se cumplirá por ley natural de la vida, pero lo cierto es que nada está escrito, todo puede cambiar sin siquiera tomar en cuenta lo que uno quiere. A los 50 años nada está dicho, y no es una opción quedarse en la espera de lo que sucederá sin hacer un esfuerzo por guiar ese cambio.

Las palabras de un hombre de esta edad dejan ver que quizá este es el momento para que una persona tenga la oportunidad de visualizar con mayor detalle su entorno, desde el silencio de su casa hasta el silencio que invade el exterior. Hace un año, todo era tan acelerado, a contra reloj, las cosas se hacían ya mecánicamente, como si no hubiese un fin en ello. Hoy las cosas recobran sentido, es como si ahora sí existiera algo por lo cual valga la pena esforzarse por salir adelante; la vida tiene un nuevo sabor, uno que invita a disfrutar los cambios, sin importar que tan amargos resulten ser.

Fotografía: Alejandro Ortega.

A los 50 años, el miedo aún existe, pero se advierte de diferente manera. Echar un vistazo atrás deja ver que todo por lo que se ha pasado nos prepara de una manera inmediata a un futuro no tan catastrófico. ¿Será cierto eso que dicen que tantos golpes al corazón, a la mente y al alma hacen que estas endurezcan, y lo demás ya no tenga importancia? Para mi ahora es cierto y entendible cuando me confesó que haber dado positivo a Covid no fue ni la mitad de impactante como cuando le diagnosticaron diabetes; son dos enfermedades diferentes, dos cosas con las que ya ha vivido, pero ninguna se parece, para él no. Para él fue un golpe de mala suerte, pero es una mala suerte con la que se aprende a vivir y es que, a los 50 años, ya se aprende a vivir con lo bueno y malo de la vida, ya nada es sorpresivo.

No sólo el miedo o la intriga se saborean de diferente manera, también las motivaciones, las ilusiones. Para esta generación, todo esto ha sido como volver a empezar, tener de nuevo la oportunidad de aprender cosas nuevas, tomar clases de cocina, pintura, música, y revalorar todo lo que se ha forjado. Es una segunda oportunidad para apreciar la soledad, aprender de ella, y saber cuándo es oportuna y cuándo no se quiere tener. 

Fotografía: Alejandro Ortega.

Lo último que queda por decir es que nada de lo que está escrito aquí es una verdad absoluta. Existen millones de experiencias individuales que nos hacen pensar que de esta pandemia no hay nada bueno ni malo, sino que todo lo que se ha vivido es íntimo, personal, sincero y real. Hay quienes han pasado este último año sin mayores problemas, y hay quienes se han enfrentado a verdaderas pérdidas, con golpes duros y permanentes. Cada persona tiene algo que contar, tiene una perspectiva diferente de lo que ha sido este último año; no se puede juzgar, no tenemos ese derecho, lo único que nos queda es ser empáticos, vernos en un espejo, reflexionar cómo hemos crecido, en cómo hemos caído, en ver que nuevas cosas aprendimos y qué cosas desechamos.

Debemos aprender a vivir con este nuevo rostro que siempre estuvo en nosotros, pero que hasta ahora nos damos cuenta que tenemos. 

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